¿Alguna vez sintieron que lo que hacían no era lo que deseaban? Pues yo sí, y odiaba el sentimiento.
Desde hacía tiempo que no estaba a gusto con mi vida. Sentía que estaba atada en cada una de mis muñecas y que estas eran estiradas de cada lado. No me sentía conforme con mi vida, con mi día a día y me sentía cada día más hundida en la soledad.
Tenía a los chicos, a mis amigas, más no era lo mismo que quería sentir. Extrañaba el amor paternal, tan único que a veces tenía. Los muchachos también eran mi familia y habían sido un gran consuelo para mí en los momentos difíciles, pero al fin y al cabo yo no era su verdadera familia, no era su sangre y con el pasar del tiempo me daba cuenta que cada uno estaba haciendo su vida a parte era un desasosiego en mi alma. Jun estaba construyendo una gran carrera en medicina; Reece se centraba en crear su propia empresa; y Oliver…él formaba su familia con el amor de su vida.
Todos tenían un objetivo, un proyecto de vida y yo… yo estaba ahí, varada en medio de un vacío infinito. Me gustaba mi trabajo y, aunque a veces me estresaba la rutina ajetreada de la oficina, me encontraba bien hasta que el recuerdo de mis días en las clases de medicina, las noches sin dormir mientras estudiaba para algún examen y los años de estudio llegaban a mí.
¿Acaso fueron un error todos mis años de esfuerzo para dejar todo en la nada?
Mordí mi lengua para quitarme esos pensamientos de la cabeza y serví el café en las seis tazas, luego tomé el espresso que acababa de comprar y lo vacíe en la taza de Joey.
Alcé la bandeja y me dirigí a la sala de juntas donde Joey, mi encantador jefe, tenía una tediosa reunión. Repartí las tazas y después de preguntar si precisaban algo más me retiré.
Me dirigí hacia la recepción y me acerqué a la muchacha de cabello rubio sentada frente a la ventana.
—Tú debes ser Amber—me paré frente a ella, provocándole un sobresalto—. Lo siento, no era mi intención asustarte.
—Está bien, no te preocupes ¡Ay, no! Mi camisa. —trató de limpiar la mancha de café— ¡Dios! ¿Por qué arruino todo siempre?
—Tranquila, no pasa nada—traté de tranquilizarla—. Nadie muere por una camisa manchada.
—Sí, supongo. Tú eres Ava, ¿Cierto?
—Así es. Me presento, soy Ava Mackenzie. —extendí mi mano con una sonrisa.
—Amber Clark. —estrecho mi mano.
—Bien, es un placer—comencé a caminar—. Acompáñame, te mostraré el lugar.
La llevé por los pasillos, enseñándole cada lugar y área posible mientras le explicaba las normas y horarios del lugar.
Parecía una chica un tanto nerviosa y torpe, pero enseguida asumí que eran los nervios causados por su nuevo empleo.
—También tenemos normas de vestimenta—comenté llegando hasta la sala que utilizábamos como cafetería—. No son muy exigentes, pero si hay que cumplir ciertas normas. Nada de ropa reveladora, nada de estampados o diseños ofensivos o inapropiados. Esto aplica tanto para hombres como mujeres.
—¿Y los tatuajes?
—No hay problemas con ello, mientras no sean ofensivos. De lo contrario deberás taparlos con la ropa o maquillaje—le di una taza de café— ¡Oh! Antes de que lo olvide, si por religión o etnia debes utilizar cierto tipo de vestimenta no hay problema. —la llevé hasta su lugar de trabajo—. También se respetan los días festivos de las religiones, si perteneces a alguna de estas solo debes avisar con antelación a recursos y listo. ¿Alguna pregunta?
—No, creo que no—se sostuvo de la silla—. Lo siento, no estoy acostumbrada a los tacones.
—Si tienes problemas para usarlos puedes sustituirlos por botas—le dije—. Este es tu escritorio. Yo estoy en el de allá—señalé mi escritorio junto a la oficina de Joey—, cualquier duda o cosa que precises estaré ahí.
Las horas habían pasado, y mientras miles de documentos pasaban por mi mano me planteaba que hacer con mi vida. Miles de planes fantásticos pasaban por mi cabeza y llegué a tres que me parecieron fantásticas.
1.Sentarme a ver Outlander.
2.Comer y ver una roncom hasta llorar por no poder tener nada parecido.
3.Ahogarme en mis penas y replantear mi existencia.
4.Todas las anteriores.
Un hermoso viernes por la noche.
—¿Por qué tienes esa cara? Pareciera que tienes una espina en el trasero.
—La delicada Fabricia—le sonreí—. ¿Cómo te va con tu nueva asistente?
—Es un poco torpe, pero confío que con el tiempo ella mejorará—contestó mirándola, ambas hicimos una mueca al ver como casi tropieza, otra vez—. Pero no me cambies de tema, querida.
—Solo me estoy dando cuenta de que mi vida en muy aburrida—arrojé los papeles sobre el escritorio con furia—. Mi rutina es la misma desde hace tiempo, me despierto para venir aquí, salgo, llego a casa y me siento en el sofá sin hacer nada.
—No te ofendas, tú estas frustrada s…
—Ni se te ocurra decir que estoy frustrada sexualmente. —la señalé.
—No iba a decir eso, a lo que yo me refería es que estas frustrada siempre, es muy notorio…y sí estas frustrada sexualmente también.
Preferí quedarme callada, pues no sabía que decirle, a lo mejor tenía razón.
Agarró mi celular.
—¿Me lo prestas?—asentí sin darle mucha importancia—. Bien, bien. A ver…—comenzó a murmurar—sí, esta me gusta. Listo. —me lo entregó.
—Tengo miedo de preguntar.
—Entonces no lo hagas, querida. Aunque nunca dijiste nada de revisar. —me guiño un ojo y se puso de pie.
Antes de poder revisar, Joey llegó de su reunión y pidió mi opinión para el traje de gala que se podría para el evento del mes siguiente.
Algo que lo caracterizaba mucho era como planeaba las cosas con anticipación, le gustaba tener todo en orden, odiaba no poder hacer las cosas con tiempo y que no salieran como él lo planeaba. La más mínima cosa que saliera mal lo solía poner un tanto ansioso, especialmente con su extraño gusto, por eso solía pedirme ayuda con regalos, decoración y hasta su ropa. A mí no me molestaba, me encantaba ayudarlo y darle opciones.