Besos con sabor a Champagne

Capítulo 11

La oficina era un caos.

El evento tan esperado desde hacía tiempo había llegado y sería esa misma noche. Solo faltaba que el suelo fuese de tierra para que levantaran el polvo con cada paso dado.

Mientras tanto, yo observaba todo divertida, con el sorbete de mi batido de chocolate en mi boca y acompañada de una impactada Amber a mi lado.

—¿Esto es así siempre? —preguntó impactada al tiempo que acomodaba sus lentes con su dedo índice.

—Sí, en cada evento —respondí, le extendí galletas de chocolate y encantada agarró una—. A mi particularmente me causa gracia, me recuerda a Tom y Jerry. Eso sí, los entiendo a la perfección.

Con el paso de los días, Amber y yo nos habíamos vuelto particularmente cercanas. Pasábamos mucho tiempo juntas. Yo la entrenaba por así decirlo para que se adaptara adecuadamente a sus nuevas tareas y ella aprovechaba para contarme sobre ciertos problemas o dudas que tenía del trabajo y yo sin dudarlo la ayudaba. Me recordaba a mis inicios en la compañía. Además, era agradable tener a una compañera en el mismo pasillo, era aburrido estar sola.

—¿Por qué lo dices? —preguntó con su ceño fruncido, me había dado cuenta de que hacía eso con bastante regularidad.

—Si estas cosas salen mal, podríamos perder a grandes patrocinadores y sin ellos la empresa podría perder gran parte de su patrimonio. Después de todo los corredores son parte importante de la imagen de la empresa. Lo que significa que podría haber despidos.

—¿Qué?, ¿Qué estás diciendo? —en su voz dominaba la angustia.

—Tranquila, eso no sucederá. Aquí todos suelen exagerar —dije para tratar de calmarla—. Ya te acostumbraras.

—No sé si quiero acostumbrarme, pero supongo que no tengo otra opción ¿Qué te pondrás para esta noche?

—Tengo un vestido en casa y supongo que me alisaré el pelo ¿Y tú?

—Compré un vestido azul cielo hace unos días. No tengo idea de qué me haré en el cabello.

—El azul te quedara fantástico —miré el pasillo, donde Joey y Fabricia se acercaban—. Atención, ahí vienen los jefes. —avisé bajando mis pies del escritorio mientras Amber se quitaba las crocs para ponerse con rapidez sus tacones.

Me gustaba ir bien vestida al trabajo y utilizar prendas elegantes, solo que a veces era agotador utilizar zapatos y tacones altos. El dolor en los pies era insoportable y más de una vez caminaba descalza en la oficina y no era la única, con regularidad la mayoría de las mujeres caminaba descalza o con crocs. Claro que no delante de los jefes, aunque a Joey no le molestaba en lo absoluto, constantemente merodeaban patrocinadores y socios por el edificio y había que mantener la buena imagen.

—Amber, necesito que reorganices mi agenda para el martes y reserves un vuelo —Fabricia llegó hasta nosotras con un rostro serio y con su cabello anaranjado recogido en un perfecto rodete—. Acompáñame.

—Ava, te necesito en mi oficina. —dijo Joey igual de serio que su prima, a pesar de no tener el mismo color de cabello, ambos eran muy parecidos.

Los dos se marcharon a lados opuestos, cada uno a su respectiva oficina.

—Ellos me dan un poco de miedo a veces. —murmuró mi amiga.

—Tranquila —le dije al saber que tenían el corazón más dulce que el algodón de azúcar, tal vez Joey era un poco más dulce—. El deber me llama —me puse de pie—. Éxitos en su misión, soldado. —hice el típico saludo militar.

—Que vuelva sana y salva, soldado. —me devolvió el saludo.

Cerré la puerta y le regalé mi mejor sonrisa a mi querido jefe, quien me la devolvió mostrando esa hermosa dentadura, parecía teclas de piano.

¿Éxitos en su misión, soldado? —repitió con un tono de voz aguda—. Creí que me querías.

—Y no debes dudarlo, jamás —lo señalé y luego tomé asiento—. ¿Me necesitabas para algo?

—Así es, necesito que estés en mi casa a las seis —pidió con una sonrisa—, ni un minuto antes ni un minuto después.

—Pero ¿Para qué? —cuestioné cruzando mis brazos sobre el escritorio—. Necesito tiempo para arreglarme.

—Pues necesito tu ayuda para prepararme.

—No quiero sonar molesta, pero se supone que ya te había ayudado con eso.

—Lo sé, solo que tengo ciertas dudas sobre unas cuantas cosas sobre mi atuendo —me sonrió—. Por eso quiero que vengas a casa.

—Lo siento, Joey, pero necesito esas horas para mí. —le dije con cierta vergüenza.

Siempre fui muy tardada cuando se trataba de prepararse para un evento importante, me quedaba tiempo frente al espejo, preguntándome si estaba bien mi atuendo, si ese color me hacía ver gorda o pálida, si el peinado era el indicado o si mis pies eran demasiado anchos para esos zapatos. Parecía que solo transcurrían pocos minutos, pero terminaban siendo horas. Horas que hubiesen sido muy útiles.

—Bien, entonces supongo que me pondré ese hermoso traje verde agua y con esos bonitos zapatos naranjas. —mencionó con seriedad mientras revisaba sus papeles—. Tal vez lleve un sombrero marrón para no peinarme.

Abrí la boca impactada al escucharlo decir eso, era como si me dieran un golpe en mis pechos. No se atrevería.

—¡No te atreverías! —lo señalé—. Además, ¡Yo tiré ese espanto al que llamas traje!

—Hay más modelos de esos. No me desafíes, sabes que soy capaz.

—¡Parecerás Perry el Ornitorrinco! —exclamé al imaginármelo con ese atuendo—. Bien, está bien, iré a tu casa. —me puse de pie—. Tengo trabajo que hacer.

—Te espero a las seis.

°°°°°°°°

Llegué a la casa de Joey y abrí con la llave que él me había dado tiempo atrás cuando lo ayudé a remodelar ciertas zonas de su casa. Cuando quise devolvérsela, me dijo que me la quedara y que la utilizara cuando quisiera. En cuanto crucé el umbral, el aroma a lavanda invadió mi sistema.

Enseguida otro detalle robó mi atención, el sofá estaba cubierto por varios vestidos y una elegante mujer de cabello negro, que me recordaba a Elizabeth Taylor, acomodaba maquillajes, cremas y accesorios sobre un vanity.




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