Inhalé profundo, como si el aire pudiera sostenerme.
Me froté las sienes. No sirvió. Nada servía.
Un día más.
Solamente un día más.
Mentira.
—Ava... —la voz de Amber me atravesó como un ruido molesto, lejano e incómodo.
—Ahora no, Amber. —dije, largándome lo más rápido que pude.
El pasillo se extendió ante mí como un túnel interminable. Cada paso se sentía torpe y pesado, como si con cada bocada de aire se me pusiera un ladrillo sobre el pecho.
¿Por qué todo estaba tan borroso? ¿Por qué la luz parecía apagada?
Con una mano temblorosa, empujé la puerta del baño y la cerré con seguro. El clic de la cerradura sonó más fuerte de lo normal, casi como un estallido.
Y ahí, finalmente sola, sentí como el aire se me escapaba del pecho.
Mis piernas flaquearon y caí rendida al suelo. Ignorando el dolor en mi cuerpo a causa de la caída, abracé mis piernas, escondiendo la cabeza entre ellas.
No recuerdo haber llorado o gritando o lo que sea. No era consciente de nada. Me sentía acorralada, encerrada e incluso podría jurar que me encontraba en un pozo oscuro y sin salida, porque en ese momento ni siquiera podía ver algún destello de luz en ese encierro.
Alguien tocó la puerta. No respondí, a pesar de la insistencia de quien sea que se encontraba del otro lado. El sonido de la cerradura se escuchó; levanté la cabeza y me encontré cara a cara con Joey, el cual tenía una llave en su mano y me miraba con preocupación.
Sin decirme nada, cerró la puerta y se sentó a mi lado, pegando su brazo con el mío. Yo, al igual que él, no dije nada y apoyé la cabeza en su hombro.
—Ava —dijo luego de un rato —, vamos a mi oficina. —me extendió la mano para ayudarme a ponerme de pie.
Una vez en su oficina, tampoco dije una sola palabra y lo único que escuchaba era el agua que Joey servía.
—No es la primera vez que algo así te sucede —comenzó mientras se acomodaba en su asiento—. No te obligaré a que me cuentes qué es lo pasó para que tengas estas reacciones. Esta vez ha sido distinto...
—Lo lamento, no es algo que pueda evitar. Aprecio el que te hayas preocupado, solo que no era necesario. —murmuré.
—Desapareciste una hora, claro que íbamos a preocuparnos. Ava, no quiero incomodarte, mucho menos acorralarte con preguntas. Solo que esto no es normal.
¿Una hora? Jamás estuve consciente del tiempo que había estado encerrada.
—Joey, yo...
—Quiero que vayas al terapeuta de la empresa. —me interrumpió.
—¿Disculpa? No creo que sea necesario, estoy bien. Esto es temporal —me defendí—. Pasará.
—Tal vez tengas razón, pasará por un tiempo, pero ambos sabemos que esto se repetirá —me miró de manera amenazante o eso intentó; le costaba bastante ser ese tipo de persona—. No me gusta decir este tipo de cosas, pero si no vas, tendré que darte una licencia de manera indefinida.
—¿Qué dices? ¿Por qué?
—Porque no estás bien, lo sé. No puedo permitir que te hagas daño y mucho menos que trabajes de esta manera, sabiendo que tu mente está sobrecargada —abrió una pequeña caja y sacó un chocolate pequeño, y me lo extendió. Podría estar destrozada mental y físicamente, y, aun así, no podía rechazar un dulce—. Te seré sincero, me importa un bledo que te equivoques de papeles o que agendes mal una reunión. Me importa tu bienestar. Quiero que estés bien.
Era muy consciente del cariño que Joey me tenía. Siempre se preocupaba por mí y había sido de las pocas personas que me extendió la mano cuando más lo necesité. Jamás dudó de mí, de mis palabras o mis acciones. Me tenía una paciencia de oro.
Lo pensé por un segundo. Yo también lo quería, hasta podía jurar que lo adoraba. Podía hacer un esfuerzo, no por mí, a pesar de que lo que me decía lo hacía por mi bien, sino por él, porque quería esforzarme y demostrarle que era fuerte, a pesar de que mi apariencia decía todo lo contrario. Además, me haría bien, ¿Verdad?
—Está bien, lo haré, con una condición —su sonrisa de triunfo se borró—. Si no me gusta o siento que no funciona, lo dejaré.
—Si no tengo otra opción. —aceptó.
ØØØØØØ
El consultorio era simple, o eso creía. Nunca en mi vida había estado en el lugar de trabajo de un psicólogo. Las paredes pintadas de un amarillo claro, con diplomas enmarcados en ellas, un escritorio, una pequeña mesa ratona y un par de sillones.
—Bien, Ava Mackenzie —comenzó leyendo mi nombre—¿Puedo tutearte? —asentí mientras jugaba con el pequeño chocolate que Joey me regaló—. Excelente. Me presento: mi nombre es Arthur Jones, y también puedes tutearme. Te escucho.
¿Así de simple empiezan las sesiones? Bueno, en realidad no era fácil hablar. Tomar la decisión de ir con un terapeuta nunca fue una opción para mí. Solo lo consideré porque Joey me lo pidió y creía que se lo debía; era de las pocas personas en mi vida que de verdad sentía que me quería. Era como un hermano que la vida me puso en el camino, como una recompensa por haber salido adelante... o eso quería creer.
Me quedé en silencio. No supe qué decir. En realidad, no quería que decir nada, ni una sola palabra.
—Si no quieres hablar de lo que aflige, está bien. Todo a tu tiempo—dijo con voz calmada—. Cuéntame, ¿De dónde eres?
—Escocia —susurré tan bajo que me pidió que lo repitiera—. Escocia.
—Escocia. Es un país hermoso, siempre quise visitarlo. ¿Eres de la capital?
—No, soy de Linlithgow.
—Cuéntame más, aquí puedes hablar libremente de lo que quieras. —dijo con voz segura.
—Es un estado de Escocia, queda al oeste. Es un lugar pequeño si lo comparamos con Edimburgo —seguí; hacía tiempo que no hablaba de mi hogar, de donde venía—. Viví mi vida repartida en tres lugares diferentes cuando vivía allá.
—¿Se mudaban muy seguido?
—No, solo se mudaron una vez, antes de que yo naciera. Vivían en Inverness y luego se mudaron a Linlithgow. A los once me enviaron a South Queensferry, a un interno, y luego, para la universidad, estuve en Edimburgo.