Besos con sabor a Champagne

Capítulo 15

Me encontraba sentada en el sillón, observando a Arthur con atención. Sostenía un tazón repleto de chocolates entre las manos. Con una pequeña sonrisa, él lo apoyó sobre la mesa, dejándolo a pocos centímetros de mi alcance.

—Buenos días, Ava —me saludó con amabilidad—. ¿Cómo estás?

—Estoy bien, gracias por preguntar —respondí, aunque mi mirada seguía atrapada en los envoltorios brillantes de distintos colores—. ¿Y usted?

—También estoy bien. Puedes tomar los que quieras—añadió, al notar hacia dónde se dirigía mi atención—. Bien, comencemos. Cuéntame, ¿Cómo estuvo tu semana?

—Estuvo... relativamente bien —murmuré mientras abría un chocolate con relleno de caramelo. Era uno de mis favoritos—. No hice mucho. Bueno, en realidad... No, no tiene importancia.

Arthur inclinó ligeramente la cabeza.

—Claro que tiene importancia, Ava. Si algo te ocupa el pensamiento, o te entretiene, es relevante. Sobre todo, si quieres contarlo.

—Bueno —me acomodé, pensando en cómo comenzar—, hice un amigo hace un tiempo —rasqué mi cabeza—. Se llama Charles.

—Es bueno hacer amigos. ¿Puedo saber cómo se conocieron? —asentí.

—Lo conocí en la boda de Oliver. Es mi mejor amigo—dije al notar su interés sobre la historia—. Es una anécdota poco interesante.

—Me gustaría oírla.

Tomé otro chocolate y comencé a relatarle todo. Desde mi estúpido enamoramiento por Oliver, su relación con Riley y cómo conocí a Charles. Me sentía tonta contando lo que pasó cuando nos chocamos en el pasillo de los baños y de cómo llegamos al beso. Hasta creo haber visto una fugaz sonrisa pasar por su rostro. Tampoco supe en qué momento terminé con el tazón entre mis piernas y los envoltorios tapándome las manos.

—Así que enamorada —susurró, anotando en su libreta.

—Nunca mencioné la palabra enamorada —señalé de inmediato.

—Fueron tus palabras exactas.

Abrí y cerré la boca, sin saber cómo defenderme, porque tenía razón; sí usé esas palabras.

Arthur dejó su lapicera sobre su libreta y me observó con calma.

—Ava, ¿puedo decirte algo? —preguntó con un tono suave.

—Claro.

—No es una crítica, solo una observación: siento que vives tus días de forma desordenada. No hablo de tu vida en sí, sino de tus ritmos, rutinas, tus espacios. Quizás te haría bien reorganizar un poco tus cosas. Ir de a poco, para que así encuentres un punto de equilibrio y vivas tu día a día con más calma y paciencia.

—¿Reorganizar mis cosas? —repetí, parpadeando.

—Sí —asintió—. A veces, pequeños cambios en el entorno ayudan a ordenar la mente. Haz algunos cambios, y no me refiero a que cambies todo de la noche a la mañana, sino a cosas simples que creas necesarias.

Ahí lo entendí. Se refería a mi hogar.

Bueno, eso sería complicado. Reorganizar mi casa sería un desastre. Más bien, eso provocaría un desastre mucho mayor. Tanto que podía llegar a perderme entre mis cosas y equipos especiales tendrían que ir a casa para buscarme o, mejor dicho, rescatarme.

—Perfecto —comenté, tomando nota mental—. Creo que puedo hacerlo.

ØØØØØØ

Si creía que reorganizar mi casa sería complicado, debo admitir que me equivoqué por completo. Sí había algo más difícil que mi vida, era la vida en la oficina en épocas festivas.

Joey, mi querido Joey, decidió que era una buena idea darnos la tarea de organizar la decoración navideña del edificio a Fabricia, Amber y a mí. Aunque tenía la leve sospecha de que me asignó esa labor para que me distrajera y, de paso, para que calme a la exigente de su prima. A pesar de que ella era una buena persona, amaba la Navidad y se ponía de malas si algo salía mal. Aun así, no me opuse y fui directo al depósito para comenzar a sacar las cajas.

Tener que ver cómo Fabricia daba órdenes como un militar mientras que los demás se ponían colorados ante sus palabras era algo divertido y un poco... ¿cómo decirlo? Desesperante. Sí, esa era la palabra.

Me acerqué despacio, le puse las manos sobre los hombros a mi amiga y la llevé hasta la máquina de café, aunque debería haberla llevado por un té para que se tranquilizara.

—Sé que te encanta hacer todo esto, pero deberías calmarte o, de otra forma, los del sindicato vendrán por ti ¿acaso quieres provocar una nueva Revolución Industrial? —dije con voz calma.

—Lo sé, solo que quiero que todo salga perfecto —suspiró al tiempo que abría una caja repleta de dulces—. Este año, a pesar de que fue fantástico para la empresa, no lo fue en lo personal. Quiero que sea lindo, memorable y que todos se sientan cómodos y felices.

—Pues ahora no se sienten cómodos y felices, querida. Hagamos esto: mejor yo me encargo de dirigir y tú, junto con Amber, se fijan si falta algo.

—Sí, tienes buen gusto. Confío en tu criterio —me miró con tranquilidad—. Me preocuparía que fuera Joey quien se encargue de todo esto —me tomó de la mano—. No permitas que se acerque, mucho menos que toque nada.

El resto del día pasó entre cintas rojas y verdes, guirnaldas brillantes, luces y cientos de decoraciones que daban la impresión de no tener fin. Cada caja parecía la bolsa de fondo infinito de Hermione. Ya hasta me estaba dando dolor de cabeza tantos colores. Esa fue la única petición de Joey: nada de decoraciones minimalistas. Aunque casi nunca estaba de acuerdo con sus gustos, aquella vez le di la razón. La Navidad debía ser colorida, viva y emocionante; no un hospital.

A mitad de la decoración, llegaron unas cajas desde el depósito. Eran grandes, rojas y con gruesas etiquetas que decían "FRAGIL-CRISTAL" en grandes letras color flúor.

—Por fin —exhaló Fabri con una sonrisa de oreja a oreja mientras abría una de las cajas—. Estas esferas tienen casi quince años. Son de cristal. Las hizo un gran artesano. Son mis favoritas.

Amber cargaba una de las cajas con ambas manos, tratando de mantenerse derecha.

—Son...pesadas —jadeó, con las mejillas sonrojadas.




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