Besos con sabor a Champagne

Capítulo 16

El pasado. Recordaba muy pocas cosas buenas del pasado: tal vez cuando conocí a mis amigos, cuando entré a la universidad o cuando me mudé sola por primera vez. Luego, todo era un desastre. Tenía momentos felices, por supuesto, los cuales siempre estaban marcados por desgracias o recuerdos inquietantes y desastrosos.

Mi vida siempre fue un desastre. Desde mi nacimiento hasta mi vida adulta. Sentía que jamás lograría obtener el amor, respeto y conformidad hacia mí misma. ¿Qué podía hacer? Nada. Esa era mi respuesta ante cada suceso que marcaba mi vida. ¿La solución? Nunca la encontraba.

Me encerré en mí misma, tapando mis penas entre dulces, películas y series de televisión como forma de escape, y guardando todo lo que me dañaba bajo llave. Intenté ocultar, olvidar todo, pero, al parecer, el pasado nunca me daría descanso y el baúl frente a mí era la prueba de ello.

«(...)Quizás te haría bien reorganizar un poco tus cosas. Ir de a poco, para que así encuentres un punto de equilibrio y vivas tu día a día con más calma y paciencia.»

Me arrodillé frente al pesado y antiguo baúl e intenté abrirlo. Aunque había olvidado un pequeño detalle: tenía un candado. No recordaba haberlo puesto.

Me puse de pie y comencé a buscar la caja que había encontrado la noche anterior. Estaba sobre un estante, una caja de madera que, para mi mala suerte, tenía una combinación. Al parecer mi yo del pasado hizo todo lo posible por olvidar hasta la más mínima pesadilla.

Aunque hubiese querido hacerme la tonta y convencer a mi mente de que no recordaba la combinación, mi mano comenzó a girar los engranajes hasta poner los números: 20/12/19. La caja hizo un pequeño clic, y la abrí. Tenía algunos aretes antiguos, algunas cartas viejas y dos llaves. Solo me interesaba una.

Me arrodillé frente al baúl nuevamente y, con un largo suspiro, giré la llave y lo abrí. El olor a encierro me chocó como una bomba. No recordaba lo que se encontraba dentro, era un misterio digno de Indiana Jones. Lo primero que vi fue un DVD gris con el título "Navidad del 2018", un casete titulado "1ra Navidad, 1995" y un montón más que decidí ignorar.

Encontré un álbum de fotografías. Con la primera casi me ahogo en llanto, pero me abstuve. No debía hacerlo, no valía la pena. Era de la primera vez que vi a Oliver y me reencontré con Reece después de varios meses sin vernos. Quién diría que se convertirían en mis compañeros por el resto de mi vida. Reece, con su cabello afro trenzado para mostrar su estilo "rapero", que, según él, lo hacían ver rebelde. Oliver, con una gorra de lana puesta porque la noche anterior quiso hacerse un nuevo peinado por su cuenta para tener un nuevo comienzo, solo que la máquina de afeitar era difícil de manejar para él y terminó con una franja pelada en medio. Y, por último, estaba yo, con dos trenzas como peinado, donde lo que más destacaba era mi cabello pelirrojo y, bueno, el pequeño moretón en mi labio. Recordaba eso, mamá se enfadó conmigo la noche anterior porque había dejado caer su labial favorito al suelo y, como castigo, me pellizcó el labio inferior.

Seguía desempolvando cosas. Una foto polaroid, de mis años de universidad, en una fiesta de Halloween, donde Reece, Oliver y yo nos disfrazamos de Los Cazafantasmas. Recordaba aquella noche, ya tenía claro mis sentimientos hacia Oliver y paleaba decírselo, solo que no contaba con que, en ese mismo momento, aparecería Riley con su luz para iluminar la vida de Oliver. En ese mismo instante me di cuenta de que lo que sentía no era correspondido y, por eso, decidí amar en silencio.

Llegué a una parte dolorosa y emocionante de mi vida. Mi diploma de Medicina. Una risita de escapó de mis labios al leer: "La Universidad de Edimburgo se complace en otorgar este mérito al mejor promedio de su generación, Ava Blair MacKenzie". Tanto esfuerzo y dedicación para nada.

Decidí que ya era suficiente, pero, antes de guardar todo nuevamente, algo llamó mi atención. Ahí estaba, esa tela gruesa y larga de tonos verdosos y azulados, con líneas blancas y rojas que en más de una ocasión me habían resguardado del frío; el tartán Mackenzie.

Finalmente, el llanto se apoderó de mi sin piedad. Todas las fuerzas que tenía desaparecieron en un instante y me hicieron flaquear. Me tiré al suelo, abrazando lo que alguna vez había sido mi identidad, como si el sostenerlo entre mis brazos me devolviera lo que tanto extrañaba. Me sentía desgarrada, herida, como si mil filos se estuvieran clavando en mi piel.

¿Cómo puede ser tan estúpida? ¿Por qué no hice las cosas diferentes?

"Hecho en Escocia" estaba grabado en la parte lateral del baúl.

Entonces, las palabras de Arthur me golpearon como un balde de agua helada.

«A veces, Ava, uno debe reencontrarse consigo mismo para encontrar lo que tanto anhela. Dibuja, lee, viaja, haz algo que te haga sentir bien o lo que creas necesario para encontrar eso que tanto buscas.»

En ese instante supe lo que debía hacer.

Escocia. Mi hermosa Escocia.

Debía reencontrarme y ahí, tal vez no conseguiría la respuesta que necesitaba, pero debía intentarlo.

ØØØØØØ

Veintitrés de diciembre. Faltaban tan solo dos días para Navidad.

Revisé si todos los regalos estaban en los asientos del auto y, una vez corroborado, procedí a abrocharme el cinturón. Antes de arrancar, mi celular comenzó a sonar. Sonreí al leer el nombre de Beurla gòrach en la pantalla.

—Hola, hola. ¿A qué se debe el honor de esta llamada?

No hables como si fuese una sorpresa recibir una llamada de mi parte. Casi siempre hablamos —la voz del Inglés transmitía indignación— ¿Cómo estás, Pelirroja Mackenzie?

—Estoy bien, a punto de ir a una cena de trabajo, por Navidad. ¿Y tú? —dije, ajustando el cinturón.

Me encuentro bien. ¿Una cena con Matteo Rizzo? Si es así, pídele un autógrafo de mi parte.




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