—¡Feliz Navidad! —salté a los brazos de Joey apenas abrió la puerta de su casa.
—Feliz Navidad para ti también —se hizo a un lado para dejarme el camino libre—. Adelante, pasa. Lamento tener que molestarte este día, pero en serio necesito ayuda.
—No puede ser tan malo ¡Oh, por Dios!
Me quedé de pie, en medio de la sala, observando cada rincón del lugar repleto de cajas, ropa, juguetes y un sin fin de cosas que hasta era difícil de distinguir cuando empezaba y terminaba cada objeto. Cuando Joey llamó pidiendo ayuda jamás me hubiera imaginado eso.
Lo miré estupefacta y me regaló una sonrisa chueca.
—Sí es para tanto. No te pido que me ayudes a ordenar todo, sino que me ayudes a clasificar algunas cosas, ya luego me encargo de lo demás.
—Pues bien—me arremangué el sweater—, ¿Qué tal si comenzamos por la ropa?
Todos los años, Joey organizaba una colecta anual para repartirlos por distintos comedores, escuelas, organizaciones, entre otros. Desde que comencé a trabajar para él, me ofrecía para ayudar y, como gran parte de mi closet fue vaciado, casi todo se fue a esos lugares.
Ese año la colecta se atrasó debido a su inesperado viaje a Irlanda, por eso la sala de su casa parecía el almacén de una tienda comercial.
Abrí una de las cajas, en donde encontré unas cuantas prendas tejidas a mano bastante bonitas que me recordaron a los que mi abuela hacía para mí. Saqué un sweater en particular. Tenía un cuello alto y mangas largas repleto de los colores del arcoíris. Como si fuese un impulso, lo pasé por mi cabeza, poniéndomelo. Era muy suave.
—¿Cómo me queda? —pregunté.
Joey levantó la cabeza y se concentró en mí. Por su cara pasaron varios gestos que no supe identificar del todo, eso sí, parecía confundido o, mejor dicho, desconcertado. Sacudió la cabeza y una sonrisa melancólica se instaló en él.
—Te queda bien —murmuró, yendo hacia la cocina—. ¿Te gusta?
—Es bonito. Hace tiempo que no veía uno tan lindo.
—¿Lo quieres?
—Es para donar.
—Hay mucha ropa. Si te gusta, puedes quedártelo. Te queda bien.
—Está bien, gracias. Por cierto, casi lo olvido —me puse de pie y me acerqué a mi bolso y saqué la pequeña caja—, tu regalo de Navidad.
Lo aceptó, encantado.
—¿Cómo encontrar tu estilo? Un libro de estilo y moda que te quita el mal gusto —leyó entre risas—. Muchas gracias. Pero déjame decirte que mi gusto es exquisito.
—Ve a la primera página. —le dije, entusiasmada.
Se dejó caer en el sillón y se llevó una mano al pecho en cuanto vio lo que contenía.
—Para Joey, uno de mis fans más fieles. Nunca permitas que la moneda deje de tocar. Con profundo aprecio, Brian May. P. D: A Freddie le hubiese encantado tu alfombra de estampado de cebra neón. —leyó en un suspiro y por fin me observó, impactado—¿Cómo lo conseguiste?
Fue gracias a Matteo Rizzo que pude conseguir el autógrafo.
Luego del evento de la oficina, me encontró en redes sociales y comenzó a seguirme, alegando que le caí de maravilla cuando bailamos juntos. Por supuesto, yo ya lo seguía en redes, pues siempre fui una fan alocada de su carrera.
Me dio mucha vergüenza pedirle ese favor, pero por Joey valía la pena pasar una y mil vergüenzas con tal de verlo feliz.
—Un mago jamás releva sus secretos —respondí.
—Me fascina, Ava. Eres la mejor —me envolvió en un bonito abrazo—. Bien, ahora es mi turno y ya te dejo libre.
Se perdió en una de las habitaciones y regresó poco después con una pequeña caja negra aterciopelada.
Con un poco de ansias, la abrí y lo que encontré me dejó sin palabras. Un precioso collar con el dije de un santo colgando de él reposaba sobre la almohadilla de la caja.
—Es un collar de San Expedito, el santo de tu mes. Da la casualidad de que naciste el mismo día que el de este santo —explicó, quitando el collar de la caja —. Es de plata, según la persona a la que se lo compré, la plata le da más intención a la oración. No sé si lo que me dijo sea verdad o simplemente me engañó.
—Es precioso, Joey. Me encanta —agradecí, dándome la vuelta para dejarlo ponerme el collar.
—Es el patrono de las causas justas y urgentes. Creo que en este momento de tu vida podría darte algo de consuelo y apoyo.
Acaricié con suavidad los relieves del dije mientras escuchaba sus palabras.
Patrono de las causas justas y urgentes...por favor, espero y me des esa señal que tanto necesito y espero. Amen...
En ese punto de mi vida, quería creer que algo o alguien me daría la fuerza que tanto necesitaba para afrontar lo que vida me estaba poniendo en el camino.
ØØØØØØ
No recordaba una Navidad en la que me sintiera plenamente feliz. Las risas, las voces, las personas, las historias...todas parecían pasar de mí. Como si la alegría de estas fiestas no quisiera apoderarse de mí. Nunca comprendía ese ánimo de los demás durante esas fechas y qué era lo que les daba esa felicidad que tanto rodeaba el ambiente.
Eso siempre me hizo sentir como si algo en mi interior no estuviese bien. Porque, por favor, no podía ser la única en no disfrutar algo que el resto de las personas parecían amar. Me era ilógica mi forma de pensar y de sentir durante esas fechas.
Durante horas me quedaba sentada en la cama, pensando qué era lo que me impedía estar contenta en esas circunstancias. Hasta que llegué a una conclusión que, en vez de darme la respuesta todas mis dudas, me dio un golpe de realidad que no quería admitir, aunque muy en el fondo lo sabía. No era feliz en ningún aspecto de mi vida y por eso, hasta en lo más mínimo me sentía infeliz e inconforme con lo que tenía porque ni siquiera en mis propios sueños parecía tener el control de mis decisiones.
Aun así, no dejaba que nadie viera mi aflicción. Ante todo, intentaba sonreír y fingir que todo estaba bien.
Alcé mi copa y brindé con los demás, otra vez fingiendo una de mis mejores sonrisas.