Besos con sabor a Champagne

Capítulo 18

Dos años, casi tres. Ese fue el tiempo que estuve fuera del lugar que había sido mi hogar durante varios años, en donde viví tanto buenos, como malos momentos que me habían marcado sin piedad alguna. Volver después de tanto, recordar todo lo sucedido mis últimos días ahí, mi renuncia a la residencia y mi huida a Londres, me oprimieron el pecho.

No estaba segura de que haría. Lo único que tenía seguro era mi estadía en una pequeña posada que nos acogió una y mil veces a mis primos y a mí cuando no queríamos regresar a casa luego de una buena borrachera para evitar los regaños de nuestros padres.

Desde que puse un pie en el tren, evité con todas mis fuerzas no mirar hacia afuera. Sabía muy bien que, si lo hacía, me bajaría en ese mismo instante y como una cobarde regresaría a casa para arrepentirme de todas mis decisiones.

Intenté dormir. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos, los acontecimientos de la noche anterior inundaban mi cabeza. Así que solo jugué con los anillos en mis dedos por horas.

La luz del sol parecía golpearme con más fuerza de lo normal, como si me dijera que levantara la vista y apreciara lo que tenía a un lado. Con un poco de nervios, levanté la cabeza y el aire se escapó de mi pecho. Me quedé estupefacta observando el mar, chocar con la costa, con sus olas rompiéndose en los verdes acantilados. Siempre supe que Escocia era hermosa en todos sus aspectos, más nunca me percaté de que esa belleza era tan inverosímil, como si fuese sacado de un cuento de hadas.

Las lágrimas brotaron de mi sin voluntad mientras que la sonrisa inconsciente en mi rostro me hacía doler las mejillas.

Después de casi cinco horas, el tren se detuvo en la estación de Waverley donde debía esperar casi media hora para tomar el segundo hasta Linlithgow.

Me acerqué hasta la salida, dejando todos mis pensamientos negativos atrás.

Puedes hacerlo, Ava. Puedes hacerlo.

Es solo un sitio, un lugar nada más.

Toqué mi pecho, buscando con ansias la medalla de San Expedito. Cuando la encontré, la apreté con fuerza, como si al hacerlo, me daría la solución a todos mis problemas. Inhalé profundo y, después de mucho, puse un pie en Escocia.

Enseguida choché con alguien. Algo que tenían en común Londres y Edimburgo era el tumulto de gente. Me hice a un lado y avancé con prisa hasta quedarme al lado de una casilla de boletos sin saber qué hacer.

Bien, ya estaba ahí. Ahora la pregunta era ¿Qué haría?

Salí de la estación siguiendo mi instinto. Total, había tiempo. No tenía apuro. Edimburgo siempre me provocaba esa sensación rara, como si el vaso estuviese lleno, pero no lo suficiente para rebalsar, aunque siempre estaba el riesgo de que cayera la más mínima gota para desequilibrarlo todo.

Decidí caminar, recorrer las calles que en su momento las conocía como si fuesen las palmas de mis manos. Me detuve frente al edificio en donde viví durante mis años de universitaria y, para mi yo de años atrás, fue como un golpe en el rostro. La fachada seguía casi igual, solo que, con un color distinto, uno oscuro y con balcones que antes no se encontraban. Y la panadería, que muchas veces me salvó del hambre, había desaparecido; en su lugar, se encontraba un supermercado sin alma. Ya no quedaba nada de esa cálida panadería que siempre desprendía un delicioso olor a comida recién horneada que inundaba toda la calle.

Seguí mi camino, no me servía de nada quedarme ahí parada como si tuviese el poder de retroceder en tiempo.

El bar apareció casi sin aviso. El mismo de aquella noche en donde, en mi adolescencia, junto a mis amigos, habíamos usado identificaciones falsas para entrar, aunque nuestras estúpidas charlas muy seguramente delataban nuestra verdadera edad. Dudé un segundo, pero entré. Todo seguía casi igual: la barra de madera, las luces cálidas, las estanterías repletas de licores con más años de añejamiento que Henry Cavill, Como dicen, cuanto más arrugada la pasa, es más dulce la fruta. Como amaba a ese hombre.

—¿Ava? —dijo una voz detrás del mostrador.

Levanté la vista, sorprendida. Tarde unos segundos en reconocerlo. Era Ewan. El nieto de la señora MacGregor, quien atendía con amor la panadería. La última vez que lo había visto, era un adolescente.

—No puedo creer que te acuerdes de mí. Has crecido. —dije, sincera.

Él sonrió, con una mezcla de orgullo y timidez, e invitó a tomar asiento para disfrutar de un café. Me contó lo inevitable: su abuela había muerto un año atrás y la panadería ya no era la misma debido a que, sin su abuela, los sabores ya no eran lo mismo, por lo cual decidieron cerrar. El antiguo dueño del bar ya era demasiado mayor para seguir y se los había vendido. Ahora trabajaba ahí.

Estuve unos minutos más, escuchando las novedades. Ver las cosas cambiadas, lugares y personas que ya no estaban, verlo crecido solo me sirvió para darme cuenta de algo. El lugar avanzó, siguió su camino, mientras que yo me quedé estancada en los recuerdos.

Edimburgo quedaba atrás y el primer obstáculo superado. Ahora me quedaba el verdadero reto, Linlithgow.

Mi cuerpo temblaba a tal punto que sentía no tener el control sobre mi cuerpo. Eran nervios, estaba segura de eso. Nervios por volver al lugar donde había sufrido tantas tragedias, pero era parte de mi identidad que estaba cansada de dejar de lado cada vez que quería salir a luz.

Durante mucho tiempo, traté de ocultar quien era. Cambié mi estilo de vida a una sencilla, pasé de vivir en una gran casa a un departamento. Dejé de tener plantas porque sentía que, si no podía cuidarme a mí misma, cómo podría cuidar a una simple planta. Mi vida social se redujo a tal punto que ya no recordaba la última vez que vi a mis antiguos amigos. Decoloré mi cabello y cejas a un rubio tan claro, a tal punto de dañarlo extremadamente, porque no soportaba verlo colorado. Mi trabajo no me apasionaba, pero me aseguraba de que no volvería a pisar ningún hospital como médica, y eso me mantenía segura, aunque me parecía, en ocasiones, repetitivo.




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