Ser una persona que pasó bastante tiempo fuera de su lugar de origen, a veces te pasaba factura.
Volver a caminar por aquellas calles en las que algún día pasé desapercibida, como una más del montón, ya no se sentía tan bien. Me sentía observada y juzgada. No tenía idea de si era porque nadie me conocía, o todos me conocían, o sabían lo que pasó, o, tal vez, solo tal vez, me creían inglesa.
Cambié tanto en apariencia que creía posible que me creyeran una extranjera. A pesar de que Escocia pertenecía al Reino Unido, parte de los escoceses no se sentía parte de los británicos.
Por suerte, no recibí demasiados ataques por mi nacionalidad en vida y me tocó nacer en una época en donde la discriminación racial ya era bastante repudiada, pero sabía que muchos otros no corrieron con la misma suerte. Los escoceses e ingleses podían vivir en paz, sin embargo, esa paz era tan fina como la escarcha.
Cambié, claro que cambié. Eso fue algo que Eileen comentó, que estaba diferente. Quería creer que lo decía de buena manera. Solo que sabía que iba más allá que eso. No lo puso en palabras, me bastó con ver sus ojos brillosos que contenían cierta tristeza que me contagió.
No pude seguir allí con ella, así que, con la excusa de querer despejarme, me fui dejándola con la palabra en la boca. No estaba lista para escuchar sus palabras.
Me sentía una extranjera en mi propio país. Ya no quedaba nada de lo que conocía. No hablaba de los lugares, sino de las personas. Rostros nuevos, rostros envejecidos, rostros que ya no estaban.
No me había dado cuenta de lo rápido que pasó el tiempo hasta ese instante. Era triste darse cuenta de que el mundo cambia, aunque uno este atrapado en un bucle.
Frené frente a un bazar cuando el brillo de una caramelera de cristal se robó mi atención. Tenía forma de gota con relieves puntiagudos ascendentes que, reflejados a la luz, parecían alumbrar cientos de arcoíris en las paredes. Parecía mágico.
Sentí el impulso de entrar y comprarlo. En casa ya tenía muchos, no me servía uno más. Pero lo quería o, mejor dicho, lo anhelaba.
Descarté la idea a pesar de sentir esa opresión en el pecho que aparecía siempre que deseaba algo. Una característica que me acompañaba desde niña, cuando quería algo debía suplicarles a mis padres hasta por un pequeño dulce y la respuesta siempre era la misma, no. Porque para ellos nunca me esforzaba lo suficiente para obtener una recompensa. Ahí se hacía presente esa opresión, como si mi cuerpo quisiera implosionar. Ahora que era adulta y podía decidir y hacer lo que quisiera, jamás hice provecho de eso hasta que decidí regresar a Escocia.
Seguía sin entender mucho de la vida adulta y eso era terrible. Convertirse en uno era un golpe terrible. Pasar de una vida en donde casi todo es fácil, donde los grandes solucionan los problemas, a tener que ser autosuficientes en un abrir y cerrar de ojos para adaptarte a una sociedad acelerada era una realidad chocante.
En fin, la vida daba golpes duros y directos. Dolían mucho más cuando el mismo sistema parecía querer convertirte en un inútil.
Entré a una tienda cualquiera de ropa y sostuve un tapado largo con estampado de pequeños cuadrados ordenados en hileras de los colores primarios que me recordó a la obra de Piet Mondrian y sostuve otro igual, con la diferencia de que los colores eran bastante chillones.
—Buenas tardes, señorita. Si le interesa ese abrigo, tenemos variedades de ese en colores neutros...—se acercó una chica que parecía tener mi edad.
—Estos están bien, me gustan los colores chillones —se lo pasé y seguí moviendo las perchas hasta encontrar otra cosa que me gustara—. Y buenas tardes. ¿Tienen boinas?, me gustaría una roja o si tienen en tinto sería excelente. ¿Y sweaters azules o verdes? Un amigo dice que ese color combina con mis ojos y... ¡Oh! esa bufanda encaja perfecto con el abrigo. ¿Tienen cuellos de lana?
—Enseguida le traemos lo que nos pide.
Comencé a apilar las prendas una arriba de la otra sobre la silla mientras las dependientes me ofrecían café tras café. Ni siquiera observaba la ropa, si me gustaban al tacto, era suficiente para mí.
—Señorita, ¿No le gustaría algunos pantalones? Ya que se está llevando seis abrigos, doce sweaters y tres pares de guantes y bufandas.
—Oh, no, no. Prefiero las medias largas. Soy más de faldas—sonreí sin mirarla —. Hablando de faldas, ¿Tienen en fucsia? —por su cara me di cuenta de que tal vez me estaba excediendo —. Estoy comprando demasiado, ¿verdad?
—Puede ser. Aunque trabajamos por comisión.
Con esa respuesta me bastaba.
Estaba incómoda, no solo por los miles de bolsas en mis manos, sino que algo seguía inquietándome. En el fondo de mi corazón sabía qué era, una deuda pendiente que retrasé todo lo que pude. Siempre me perseguía como un fantasma. Ahora, estando allí podía resolverlo, hacerlo, pero de solo pensarlo, imaginarlo, desestabilizaba mi sistema. Debía hacerlo, más no podía. ¿Qué caso tenía?, hacerlo no solucionaría nada.
Preferí, al igual que el día anterior, no mirar demasiado a los alrededores. Tenía miedo de ver o encontrarme con algo que me se superara. No deseaba parecer una tonta entre la gente con la cabeza gacha mirándome los pies, ya me veía demasiado estúpida con las bolsas, solo que no estaba lo suficientemente preparada para afrontar un posible reencuentro.
Como si fuese un imán, levanté la vista al otro lado de la calle. Ahí estaba, la tienda de dulces artesanales que tanto amaba. Cada vez que salía con el señor Graham, debíamos detenernos para comprar, al menos, un chocolate.
No faltaba nunca el reclamo del señor Graham cuando le pedía parar un momento para comprar algo, diciéndome que se me pudrirían los dientes de comer tantas golosinas. Yo siempre volteaba la situación a mi favor, diciéndole que eso era su culpa, por haberme comprado los primeros bombones que probé de ese lugar y que, cada vez que compraba, él era el primero en arrebatármelas para comerlas. Toda la vida fue igual de dulcero que yo.