Blooklyn

CAPÍTULO I

ADVERTENCIA; Este capítulo se narrará brevemente para proporcionar algo de contexto y ayudarle a comprender mejor la historia.

CAPÍTULO 01; ¿BIENVENIDA A BLOOKLYN?

Cuando era más pequeña, vivía en un pueblo a las afueras de Oregón. Es un lugar que no muchas personas conocen; ni siquiera aparece si lo buscas en Google Maps, pero ahí está, oculto muy dentro del bosque. Es como uno de esos pueblos que ves por la ventana cuando haces un largo viaje por carretera. Allí todos se conocen, pero nadie interactúa realmente; la única relación entre los vecinos es un saludo rápido y una sonrisa forzada por cortesía.

​En este pueblo nadie es normal, aunque todos pretendan serlo. Siempre han existido tres reglas que todos siguen como si fueran sagradas sin excepción: nadie las reprocha y nadie intenta desobedecerlas.

​El último recuerdo que tengo de este lugar es de hace nueve años, cuando tenía apenas ocho. Mi mamá entró a mi habitación con una expresión en el rostro que a esa edad me resultó imposible de descifrar. Sin darme ninguna explicación, empacó nuestras maletas y nos fuimos. Lo último que vi fue el rostro de mi abuelo mirándonos con preocupación mientras el auto se alejaba.

​Nos mudamos a California. Mi mamá trabajaba todo el día, así que solo la veía por las noches; tiempo después, yo también conseguí trabajo en un pequeño café para ayudarla con los gastos. Era una vida simple pero tranquila, y me gustaba. Todo cambió cuando nos llegó la noticia de que mi abuelo había muerto.

​Por eso ahora me encuentro de camino a Blooklyn, completamente sola. Mi mamá tuvo que quedarse por el trabajo, así que me tocó venir a mí para asistir al funeral.

​El autobús se detiene en la entrada del pueblo. Miro a mi alrededor y noto que nadie más hace el intento de bajarse. Tomo mis cosas, pago el pasaje y me bajo. En cuanto el autobús arranca y se pierde a lo lejos, me quedo sola en medio de la nada, con una vieja gasolinera al lado que parece llevar años sin recibir mantenimiento.

​Respiro hondo y entro a la gasolinera a comprar algunas cosas.

​Al entrar a la gasolinera, tomo algo de comer y un jugo. No hay nadie más aparte de mí. Me acerco a la caja, donde me atiende un hombre de aspecto cansado, con algunas canas y profundas ojeras. Le extiendo lo que voy a pagar.

​—¿Algo más? —pregunta el hombre.

​—No, solo esto —respondo con amabilidad.

​—Son cinco dólares con veintitrés centavos.

​Abro mi mochila para sacar la billetera, pero no me doy cuenta de que estaba abierta y se me caen varias monedas al piso. El hombre emite un suspiro de fastidio mientras yo me agacho rápidamente a recogerlas.

​Justo en ese momento, la puerta de la gasolinera se abre. Entra un chico a quien me resulta imposible dejar de mirar: es alto, de cabello negro algo largo, piel pálida y unos ojos oscuros que parecen la entrada misma al infierno. Él también me sostiene la mirada por un segundo antes de adentrarse en la tienda.

​—Aquí tiene, señor —digo al ponerme de pie, entregándole el dinero.

​Tomo mis cosas y salgo de la tienda a toda prisa. Al estar afuera, noto un auto de color negro, elegante y evidentemente muy costoso, estacionado cerca de la entrada.
​Asumo que es del chico que acaba de entrar, lo cual me parece sumamente extraño. En este pueblo nunca ha habido nadie con dinero; las personas con esa clase de recursos prefieren vivir en zonas mucho más lujosas.

Tomo otro autobús para llegar a la casa de mi abuela. Este me deja mucho más cerca, así que solo me queda caminar un poco. Las calles de Blooklyn están desiertas; no hay nadie por los alrededores y paso junto a algunas tiendas que parecen totalmente vacías.

​Al cabo de unos minutos, llego a la casa. Tiene una fachada de dos pisos, pintada de blanco y gris, con grandes ventanas en la planta alta y un amplio porche al frente.
​Subo los escalones y toco la puerta. Pasan unos segundos hasta que finalmente se abre.

​—¿Sí? —pregunta una anciana al asomarse.

​—Abuela, soy yo... Addison.

​—¿Addison? —Sus ojos se abren de par en par—. ¡Oh, por Dios! Mira cuánto has crecido, no te reconocí —dice riendo mientras me envuelve en un cálido abrazo—. Pero mira qué hermosa estás...
Pasa, pasa, que te vas a congelar afuera.

​Al cruzar el umbral, una ola de nostalgia me golpea de lleno. Los recuerdos de mi infancia vuelven de golpe: todas las veces que correteé por este pasillo y los momentos felices que pasé aquí.

​—¿Cómo estuvo el viaje? Qué bueno que no te perdiste —dice mi abuela mientras camino hacia la sala.

​Dejo mis cosas a un lado y me dejo caer en uno de los sillones.

​—Mi mamá me explicó el camino como cien veces —respondo sonriendo—. Hubiera sido imposible perderme.

—Oh, tu madre siempre ha sido tan meticulosa... —dice riendo—.

Vamos a tu habitación. Sigue justo como la dejaste; la limpié para que no tuvieras que hacerlo tú.

​Subimos las escaleras y llegamos a la que solía ser mi habitación. Está exactamente igual que antes: las paredes de un azul claro, la gran cama que a esa edad me parecía inmensa, una repisa con algunos peluches, una peinadora blanca, una pizarra donde aún cuelgan unos dibujos que hice de pequeña y mi rincón favorito: la ventana con sofá, o como solía llamarla de niña, la "ventana con cama".

​Me acerco a ella y la abro. La brisa fresca hace que cierre los ojos y exhale un suave suspiro. A lo lejos se divisa el bosque, que a esta hora comienza a cubrirse de niebla.

​—Gracias por mantenerla así, abuela, y por limpiarla.

​—Bueno, te dejo para que te instales. Iré a preparar la cena.
​Agarro mis cosas y comienzo a acomodarlas en el pequeño armario de la habitación. Luego de ordenarlo todo, entro al baño y lleno la tina con agua caliente. Me desprendo de la ropa y me sumerjo poco a poco, soltando un suspiro de alivio al sentir cómo mi cuerpo se relaja por completo después del largo viaje.




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