CAPÍTULO 02; EL FUNERAL
La luz de la primera hora de la mañana comenzaba a colarse por la ventana, sacándome lentamente del sueño. Hoy era el funeral de mi abuelo.
Un peso enorme se me instaló en el pecho al recordarlo. Los recuerdos regresaron en tropel: las tardes en que me llevaba al río de Blooklyn, las historias que me contaba antes de dormir y que me dejaban con los ojos abiertos de par en par, o simplemente su risa tranquila.
Cuando mi mamá me dio la noticia en California, me quedé tan congelada por el shock que no fui capaz de soltar una sola lágrima. Pero ahora, en el silencio de esta habitación, todo me golpeó de golpe. Sentí el nudo en la garganta y dejé que las lágrimas finalmente se deslizaran por mis mejillas. Lloré en silencio durante varios minutos, desahogando todo lo que tenía guardado.
Miré el reloj de la mesa de noche: las 6:04 a.m. Ya había amanecido por completo.
Me levanté de la cama, fui al baño, me lavé la cara con agua fría y me cepillé los dientes. Al bajar las escaleras en silencio, noté que la puerta de la habitación de mi abuela seguía cerrada; aún dormía. Fui a la cocina, me preparé una taza de café caliente y salí por la puerta trasera. No es que creyera ciegamente en esa tonta regla de no salir antes del amanecer, pero evitar que mi abuela se enojara a primera hora de la mañana me parecía una razón más que suficiente para respetarla.
El viento helado de la mañana me recibió de golpe en el patio. Caminé despacio hacia el viejo columpio de madera donde solía pasar horas jugando de niña. Justo detrás de él, imponente y oscuro, se alzaba el límite del bosque. Recordé las veces que me escapaba entre los árboles a buscar piñas secas y cómo mi mamá siempre salía furiosa a buscarme, aterrada por la sola idea de que me adentrara en él.
Sosteniendo la taza de café entre mis manos para calentarlas, me acerqué unos pasos hacia la linde de los árboles. El río no estaba lejos de allí. No pensaba ir profundo, solo quería asomarme un momento al agua para reencontrarme con esos recuerdos.
Caminé por el bosque. No era tan aterrador como lo recordaba; de niña solía tenerle miedo porque siempre me contaban historias sobre monstruos que vivían entre los árboles. Antes me asustaban, pero ahora las veía como simples cuentos de miedo para evitar que me adentrara en él. Poco a poco comencé a escuchar el ruido del río a lo lejos; ya estaba cerca.
Cuando llegué al río, me invadió un golpe de nostalgia. Recordaba perfectamente cuando solía bañarme aquí y jugar con el agua. Me senté en una roca a observar la corriente. Aún no salía el sol y el ambiente se sentía húmedo y frío. De pronto, el crujido de una rama hizo que me girara de golpe, pero no había nada.
«Tal vez es un animal», pensé, pero una extraña inquietud se instaló en mi cuerpo. Me sentía observada. Comencé a mirar hacia todos lados para ver si había alguien, pero el lugar estaba completamente solo.
Me levanté y empecé a caminar de regreso a la casa. No estaba asustada, pero no podía quitarme de encima la sensación de que alguien me seguía con la mirada.
Cuando llegué, mi abuela ya estaba despierta.
-Addison, ¿dónde estabas? -preguntó en cuanto me vio entrar.
-Solo salí a caminar un rato, abuela -respondí.
-¿Y hacia dónde fuiste? No me digas que fuiste al bosque, Addison...
-No, abuela, solo fui a caminar cerca de aquí, no estaba en el bosque -dije, un poco nerviosa.
-Bueno, voy a fingir que te creo porque aún es muy temprano. Ve a prepararte para el funeral.
-Sí, abuela.
Subí a mi habitación y la inquietud seguía ahí. No había sido un animal; no me sentiría así por algo así. Tal vez solo era mi imaginación que, después de recordar tantos cuentos, estaba empezando a alucinar. Cerré la ventana de mi cuarto, entré al baño, me quité la ropa y llené la tina con agua fría para intentar relajarme un poco.
Cuando bajé las escaleras, ya habían colocado el ataúd en la sala. Pero era raro; solo estaba el ataúd. No había asistido a muchos funerales en mi vida, pero normalmente solía haber flores o velas. Aquí no había nada de eso: ni flores, ni velas, únicamente el ataúd y una cruz de madera. Pensé que tal vez aún estaban preparando el lugar.
Poco a poco las personas comenzaron a llegar a la casa. No conocía a ninguna; si acaso recordaba vagamente a una o dos que llegué a ver de pequeña, pero a los demás no los había visto en mi vida. En cambio, todos ellos parecían saber hasta mi fecha de nacimiento. Mi abuela me fue presentando a algunos de ellos.
-Mi abuelo conocía a mucha gente, ¿no? -le susurré.
-Tu abuelo era muy conocido y querido por las personas del pueblo, por eso casi todos están aquí -respondió ella.
-Estas personas no parecen haberlo querido mucho... Tienen cara de susto o de aburrimiento.
-Addison, es un funeral, no esperas que estén todos sonriendo, ¿o sí?
-No me refiero a eso... Es que nadie está llorando. Todos tienen cara de no querer estar aquí.
-Nadie quiere estar en un funeral, Addison. Por Dios, deja de sacar conclusiones y ve con los demás invitados -dijo mi abuela tajante, antes de alejarse a hablar con alguien más.
Caminé hacia el porche de la casa y me senté en una silla. No tenía ganas de hablar con nadie; no conocía a esta gente y tampoco me interesaba interactuar. Este funeral no parecía un funeral. Solo lo llamaban así porque había un ataúd en medio de la sala. Nadie lloraba. Yo estaba triste, pero tampoco me salían las lágrimas. Tal vez por eso mi mente estaba buscando explicaciones donde no las había, porque la tristeza me hacía ver cosas raras donde solo había personas lidiando con la pérdida a su manera.
-Ay, voy a terminar paranoica -susurré para mí misma.
-Aburrida?....-escuché una voz a mis espaldas.
Me volté de golpe. Ahí estaba el mismo chico que había visto el día anterior en la gasolinera, apoyado en el marco de la puerta. De cerca se veía aún más atractivo.
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Editado: 23.10.2026