CAPÍTULO 03; LO QUE HABITA EN EL BOSQUE
-Addison, levántate... ¡ADDISON!
-¡Ah! Abuela, me asustaste... -la miro sorprendida, llevándome una mano al pecho.
-Oye, sé que no soy una reina de belleza, pero tampoco creo que sea para tanto -dice mi abuela con una sonrisa ligera-. Ahora levántate, que tenemos que ir al entierro -añade antes de salir de la habitación.
Me paso las manos por la cara, sintiendo el peso del cansancio. Todavía tengo muchísimo sueño; casi no pude dormir en toda la noche por estar armando teorías y pensando en un plan. Quería descubrir tantas cosas, pero mi prioridad ahora era entender por qué había tanto pánico alrededor del bosque y qué demonios se escondía en ese lugar.
Mis sospechas principales eran que no había nada allí fuera y que todo eran simplemente tonterías para asustarme.
Me levanté de la cama, me aseé, me vestí y bajé a desayunar con mi abuela en un silencio bastante pesado. Poco después, salimos de la casa.
Caminábamos por las calles del pueblo junto a un pequeño grupo de personas, todas con expresiones frías y serias. Buscaba disimuladamente a Aleksander entre la multitud con la mirada, pero no lo vi por ningún lado; solo alcanzaba a divisar al señor Morozova unos pasos más adelante.
Mientras avanzábamos por las calles de Blooklyn, me percaté de que todas las casas a nuestro paso estaban completamente cerradas y no se veía a ningún otro habitante afuera. Al pasar junto al pequeño parque donde solía jugar de niña, sentí una punzada de nostalgia amarga: ahora estaba cubierto de maleza, con los juegos oxidados y arruinados por el paso del tiempo.
Habíamos llegado al cementerio. Era un lugar inmenso, completamente despejado de árboles; solo a lo lejos y por los alrededores se alcanzaba a ver la tupida pared del bosque. En el terreno solo había hierba corta y lápida tras lápida, perfectamente ordenadas en filas simétricas.
Era la primera vez que venía al cementerio de Blooklyn y todo me pareció sumamente extraño.
No había cruces, no había flores, ni tampoco mensajes grabados sobre la piedra. Solo la roca tallada con el nombre del difunto, su año de nacimiento y su año de muerte.
Nos detuvimos frente al lugar donde ya todo estaba preparado: un foso abierto en la tierra y la lápida con el nombre de mi abuelo: William Hamilton. Nada más. Ni un solo ramo de flores para acompañarlo.
-¿Abuela, por qué no hay flores? -le pregunté en un susurro.
Mi abuela se quedó en silencio por un momento antes de responder:
-Porque si dejamos flores, luego se secan y alguien tiene que venir a recogerlas. Tratamos de que todo se mantenga siempre limpio.
Asentí con la cabeza, aunque la respuesta no me convenció en lo absoluto.
Metieron el ataúd en la fosa y lo cubrieron con tierra. Tan pronto como terminaron, las personas comenzaron a marcharse en silencio. Observé cómo todos se alejaban sin decir una sola palabra.
-¿Abuela, por qué todos se van? ¿No van a decir algunas palabras o hacer alguna oración?
-Aquí no se acostumbra a hacer eso, Addison. Vamos a casa.
-Quiero quedarme un rato más, por favor. Prometo volver a casa en un momento -le dije a mi abuela sin dejar de mirar la tumba.
-Está bien, pero recuerda regresar antes de que caiga el sol -fue lo único que dijo antes de dar media vuelta y marcharse.
Todos se fueron y me quedé completamente sola en aquel lugar. Todo se sentía tan solitario y sombrío que me causaba una extraña inquietud.
-Abuelo... siento haber vuelto tan tarde. Me hubiera gustado compartir más momentos contigo. Siempre recordaré los días en los que me enseñaste a montar en bicicleta o cuando armaste ese columpio para mí en el patio. Gracias por tan lindos recuerdos... Siempre te voy a querer -dije, sentándome en el césped frente a la piedra-. Señor, por favor haz que mi abuelo tenga el descanso que merece, perdona sus pecados y permítele entrar al paraíso... Dale paz a su alma y... -Detuve la oración de golpe porque una intensa sensación de incomodidad me recorrió el cuerpo. Me sentía observada de nuevo-. Amén.
Me quedé un momento más sentada frente a la lápida. La sensación de que alguien me miraba se desvaneció en cuanto dejé de hablar en voz alta, así que cerré los ojos y continué la oración en mi mente.
-Hola, corderita...
Di un brinco del susto y me levanté a toda prisa. Al girarme, me encontré de frente con Aleksander, quien llevaba una sonrisa juguetona en los labios.
-¡Casi me matas del susto, Aleksander! -exclamé llevándome una mano al pecho.
-Así que te sabes mi nombre, corderita... -dijo él, dando un paso hacia mí.
-No me llames así -respondí con fastidio.
-¿Por qué? «Corderita» suena tan tierno... Además, tu nombre es muy aburrido. Corderita -repitió con una sonrisa coqueta. Lo miré rodando los ojos.
-¿Qué haces aquí?
-Se me hizo un poco tarde y vine a despedirme del señor Hamilton. Para mi agradable sorpresa, te encontré aquí. ¿No es maravilloso?
-Oye... ¿puedo preguntarte algo? -lo miré fijamente. Él me devolvió la mirada con una sonrisa de lado.
-No, no tengo novia, pero tú podrías hacer que eso cambie -dijo riendo. Volví a rodar los ojos.
-Quería saber por qué en este pueblo existen costumbres tan extrañas... y esas reglas. ¿Por qué existen? ¿Qué hay realmente en el bosque y qué pasa si alguien las rompe?
La sonrisa que Aleksander tenía en el rostro fue desapareciendo poco a poco hasta volverse seria.
-Escucha, Addison... Entiendo tu curiosidad, pero te diré algo: a veces es mejor no saber nada y simplemente obedecer sin cuestionar. En este pueblo, la verdad es mucho más peligrosa que cualquier mentira -me dijo clavando sus ojos en los míos-. Además, no quiero que te pase nada, corderita. Sería muy malo que te sucediera algo malo...
La sonrisa de Aleksander volvió a asomarse en sus labios. Iba a responderle, pero en ese instante escuché que alguien lo llamaba. Volteé y vi a una chica pelirroja, muy hermosa y de gran figura, haciéndole señas desde lejos.
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Editado: 23.10.2026