Boligrafo

Pluma de Oro—PODER

Nadie desconfiaba de una pluma.

Era demasiado pequeña.

Demasiado elegante.

Demasiado inútil, a primera vista, para hacer daño.

Aquella descansaba sobre un escritorio de madera oscura, perfectamente alineada con los documentos que la rodeaban.

Su cuerpo negro devolvía la luz en reflejos silenciosos.

El oro atravesaba su superficie con una delicadeza casi obscena.

No parecía pertenecer a un lugar donde se decidían destinos.

Parecía pertenecer a un museo.

Quizá ese era el primer engaño.

La belleza siempre había sabido esconder bien sus intenciones.

Dentro de ella dormía la tinta.

No era mucha.

Nunca necesitó serlo.

Un pequeño depósito bastaba para llenar páginas enteras con órdenes que otros convertirían en realidad.

La tinta jamás salía de golpe.

Fluía.

Despacio.

Con paciencia.

Como las cosas que terminan pareciendo normales después de repetirse demasiadas veces.

La pluma no entendía el concepto de crueldad.

La crueldad necesitaba reconocer al otro.

Ella no reconocía personas.

Reconocía superficies.

Papel.

Nombres.

Firmas.

Fechas.

Propiedades.

Cifras.

Para ella, todo podía reducirse a una línea.

Y una línea era suficiente.

El plumín era fino.

Precisamente por eso era peligroso.

No necesitaba atravesar.

No necesitaba desgarrar.

Solo necesitaba tocar.

Una presión mínima.

Una gota de tinta.

Una palabra.

El mundo hacía el resto.

Había aprendido que el poder rara vez necesitaba mostrarse completo.

Una mano podía cerrar una puerta.

Una orden podía cerrar mil.

Una firma podía hacer que nadie volviera a abrirlas.

El plumín tocaba el papel.

Y el papel obedecía.

No porque tuviera voluntad.

Sino porque nunca se le había permitido tenerla.

Había personas que gritaban.

La pluma prefería los silencios.

Los gritos podían despertar dudas.

El silencio podía confundirse con aceptación.

Por eso las mejores órdenes no eran las que provocaban miedo.

Eran las que conseguían que el miedo pareciera responsabilidad.

Por su seguridad.

Por el bien común.

Por el orden.

Por un futuro mejor.

Palabras limpias.

Siempre palabras limpias.

La pluma las escribía con la misma tinta con la que escribía las condenas.

Nunca había comprendido por qué algunas personas insistían en separar unas de otras.

Una palabra no era culpable.

Una palabra solamente estaba escrita.

El cuerpo negro permanecía intacto.

Esa era su mayor virtud.

Todo podía ocurrir alrededor.

Las personas podían desaparecer.

Las calles podían vaciarse.

Las casas podían cambiar de dueño.

Los nombres podían desaparecer de los registros.

Pero la carcasa continuaba brillante.

Pulida.

Impecable.

El negro absorbía aquello que no debía ser visto.

El oro mostraba aquello que sí debía ser admirado.

No era necesario ocultarlo todo.

Solo había que decidir qué parte merecía ser contemplada.

Así funcionaba el poder.

No ocultando la verdad por completo.

Mostrando otra cosa en su lugar.

El capuchón cubría el plumín.

Entonces nadie podía saber de lo que era capaz.

Parecía tranquila.

Inofensiva.

Dormida.

Quizá así debía funcionar una nación.

Una parte de su poder siempre debía permanecer cubierta.

No porque fuera inexistente.

Sino porque nadie debía acostumbrarse a verlo.

El día que las personas dejan de sorprenderse ante la violencia, la violencia deja de necesitar esconderse.

La pluma había aprendido eso hacía mucho.

Por eso esperaba.

Dentro de su mecanismo existía un resorte.

Pequeño.

Metálico.

Paciente.

Lo comprimían una y otra vez.

Nunca protestaba.

La tensión se acumulaba.

Después desaparecía.

Después volvía.

Quizá la obediencia se parecía a eso.

Comprimir.

Esperar.

Liberar.

Comprimir.

Esperar.

Liberar.

Hasta que un día nadie recuerda cuándo comenzó a doler.

Entonces aparecía el sonido.

Click.

Tan pequeño.

Tan insignificante.

Pero siempre anunciaba algo.

La punta descendía.

La tinta comenzaba a correr.

Una ley nacía.

Y con ella nacía también una nueva frontera.

Una nueva prohibición.

Un nuevo permiso que alguien tendría que solicitar para hacer algo que antes podía hacer sin pedirlo.

Nadie lo llamaba pérdida.

Lo llamaban regulación.

Nadie lo llamaba vigilancia.

Lo llamaban protección.

Nadie lo llamaba miedo.

Lo llamaban respeto.

La pluma no discutía con las palabras.

Las palabras no eran responsables de aquello que ocultaban.

Con el tiempo, la tinta comenzó a desaparecer.

Eso debería haber sido una señal.

Pero nadie se preocupó.

La rellenaron.

Una vez.

Después otra.

Y otra.

Porque los sistemas que aprenden a alimentarse de sí mismos rara vez aceptan quedarse vacíos.

La corrupción no entró en la pluma.

Ya estaba allí.

Esperando una oportunidad para convertirse en escritura.

No necesitó romper ninguna puerta.

No necesitó derribar ninguna institución.

Solo necesitó una mano.

Y alguien dispuesto a decir:

—Es necesario.

Un día llegó una hoja diferente.

No tenía sello.

No tenía membrete.

No tenía ninguna firma importante.

Solo tenía nombres.

Demasiados.

Nombres de personas que habían perdido sus casas.

Nombres de personas que habían sido encerradas.

Nombres de personas que habían desaparecido.

Nombres de personas que todavía estaban vivas, pero que ya no existían oficialmente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.