Canción sin Dueña

Prólogo

Tenía diez y nueve años, un potro que nadie quería montar y una guitarra con solo tres cuerdas buenas. La hacienda de Teotihuacán olía a tierra mojada.

El sonido tranquilo de la sierra húmeda después del chaparrón que acababa de caer, el movimiento y relinchos de caballos eran los únicos bajo la humedad. Mugido de vacas siendo arreadas, rancheros mojados de pies a montura.

No había amanecido, cuando dejando las vacas en su corral, Javier divisó un animal a la distancia. Como pena que se lleva el diablo, picado de la curiosidad, no se apeó del caballo como los demás arrieros entumecidos por el frío de la lluvia y del rocío. Al contrario.

Jaló de las riendas, echando andar al pobre caballo prestado que usaba para trabajar, para ir detrás del animal.

Ya estaba lejos de la hacienda cuando detuvo al caballo. Lo ato cerca de un huizache alto, procurando evitar que el animal ajeno se lastimara. Y solo con una reata de ixtle vieja en mano, su machete que a duras penas sabía forjar acercó dónde el ruido lo detuvo.

Cortando con el machete unas ramas encontró un bello ejemplar negro, prieto igualito que el carbón del fogón de su jacalito, de musculatura fuerte y ágil echado a las orillas del cauce desbordado. Era un equino de un año o dos tal vez, dudaba conocer.

Y Javier no era pendejo para dejar escapar el oro de la mina. Clavo machete al suelo. Firme. Con movimientos precisos sujeto la reata al tronco de un mezquite. Y le valió el frío de la mañana, el entumecimiento de haber montado bajo el agua fría toda la noche, se despojo de su sarape. Al menos el superior, dejando solo la camisa de manta pegada. Se metió al caudal, machete en mano de nueva manera clavando al suelo, como apoyo de la corriente.

Nadando, tanteando, mano en la reata, otra al machete bajo el agua y los pies como impulso llegó así donde el potro. El animal estaba hechado, y por lo que podría ver, era una espina en el casco tierno y virgen del potro.

No necesito esperar mucho al salir del agua, si no que con mano firme. Jaló la espina que por milagro, estaba a la vista y solo vasto jalar. Un relincho fue la primera reacción del potro para querer pararse, pero Javier ya le había hechado la tela que usaba en el abdomen de faja, alrededor del cuello.

El animal adolorido, no tuvo de otra que no poner mayor resistencia. No porque quisiera. Javier extendió la mano para darle una caricia en el hocico de forma calmante. Pero cuál fue su sorpresa al que por un pelo le hubiera atrapado los dedos.

—Que arisco eres caray, igualito que un General Imperial…




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