La lluvia caía como llanto dos días después del fallecimiento.
A Alondra le dieron descanso en la primaria. La hermana, Felicia estaba devastada. Aún así la vida cruel, seguía. El lunes tenía que ir al recorrido escolar a Teotihuacán y siendo la única que mantenía a las dos, no podía faltar.
No había más remedio que usar el viaje para mudarse a la casita que ahí les heredó la abuela. Ahora ya fallecida su madre que era lo único que las mantenía en la ciudad, era imposible quedarse más ahí. Debían volver a su pueblo.
No hubo problema a la hora de subir en el autobús del recorrido escolar, ahorrando así en el viaje. Felicia metió sus dos maletas al autobús. Una traía ropa, la otra traía el celular apagado que le habían regalado hace dos años, envuelto en un pañuelo. No lo usaba. Decía que las cosas de ahora hacían ruido y ella prefería escuchar el campo, como le enseñó la abuela.
Habiendo arrancado el autobús los niños empezaron a corear.
“Acelere le chófer que nos viene persiguiendo la mamá de su mujer"
“Con la escoba de barrer, para darle de palazos a usted quien más va ser"
Fue entonces que un escalofrío recorrió la columna. El camión entro a Teotihuacán, lodazal, neblina que solía bajar de la sierra virgen. Los niños se callaron para asomarse por el vidrio de las ventanas, viendo así las pirámides, Felicia sonrió con anhelo de estar donde siempre quiso estar. Alondra primero sale para bajar las maletas,. “Hubiera llevado botas" pensó al ver sus tacones ahora sucios de barro. Su mirada se pierde un instante en la arboleda. Un mezquite es el que llama su atención, ahí está atado un caballo negro. El encanto se acaba cuando un señor sale y se lo lleva montando.
Fue que volvió ese aroma tan peculiar a cempasúchil criollo. Jaló la maleta con fuerza, fue imposible sacarla.
—¿Gusta que le ayude señorita?