La plaza estaba rebosante de flores, de guirnaldas y sobre todo de alebrijes para los altares. Faltaban cuatro días para el dos de noviembre en la Ciudad de México.
Un aroma imposible de ignorar llegó hasta donde estaba Alondra Rivera, historiadora y profesora de historia en una primaria.
Era hora del receso. Estaba sentada en su escritorio, calificando trabajos con una mano y con la otra sosteniendo un bolillo con queso y aguacate. Mordida y firma, mordida y firma. Hasta que se detuvo en seco.
El aroma era extraño y familiar a la vez. Lógico e ilógico. A flor de cempasúchil, exactamente a tagetes, pero no a la grande de vivero. A la criolla, a la pequeña de cinco pétalos. Más intenso por sus hojas que por sus pétalos.
Era extraño, porque en la escuela no había esa planta. Mucho menos cempasúchil.
Y el aroma no se fue en todo el día.
Por la tarde, salió con rumbo a casa, pero antes debía pasar al mercado. Era viernes.
—Buenas tardes, doña Luz —saludó Alondra sacando su bolsa tejida del mandado—. ¿Me aparta un manojo de flor de calabaza?
[...] Pagó, guardó todo y caminó hacia la salida. Entonces chocó con un hombre. El mandado cayó.
—Discúlpeme, no fue mi intención... iba distraído en mis pensamientos.
Se disculpó él. Y cuando Alondra alzó la vista, su corazón empezó a bailar una danza que solo su conciencia más profunda sabría nombrar.
Lo que más la impactó fueron sus ojos. Azules, pero no un azul común. Un azul zafiro, como la gema. Aunque tampoco paso desapercibido ese extraño maquillaje de catrín. Mucho menos esa ropa que parecía del año de la revolución. Sombrero de charro bordado, moño rojo, botines de charol.
En plena tarde de viernes, en un mercado lleno de gente con bolsas del mandado y él parecía salido de un concurso de disfraces.
—¿Me piensa recitar una calavera literaria? —dijo sin gracia levantándose sin la ayuda del hombre—, porque tendrá que ser ingenioso si lo dice a una maestra de historia.
Y sonrió como si hubiera estado esperando todo el día. Dando un paso hacia ella tomó su mano con delicadeza que no coincidía con la anchura de sus hombros, y le besó el dorso. Cómo se hacía antes.
—“Es extraño —pensó alondra—. ¿Será un loco?”
La mano estaba caliente, pero la punta de los dedos fríos. Y olía, olía al mismo cempasúchil criollo de cinco pétalos que la había perseguido todo el día en la escuela. Una loca conclusión llegó a su cabeza. Loca he imposible
—Con su permiso
Alondra giró el rostro y se quitó dejando el paso a un comerciante con un diablito lleno de cajas de cebollas. Al volverse al hombre ya había desaparecido.
El fin de semana se la había pasado visitando a su madre en el hospital.
Cáncer terminal era el pesar de la madre de Alondra. Los doctores ya no le daban esperanzas, solo días y ella con 23 años, su hermana de 19 y una mano vacía, no podía hacer más que trenzar el cabello entrecano de su madre. Felicia, su hermana no había querido acompañarla. Decía, que no quería recordar a su madre en tal estado.
Y lo que más le dolió no fue eso, fue el que su madre aceptara la petición no dicha de su hija menor.
—Hija —suavizo la madre—, puedes cantar para mí la canción de mi cantante?
Alondra ato el final del cabello con un lazo rojo. Sonrió hacia su madre cálida y melancólica, su madre siempre quiso conocer al famoso Zafiro Calavera. Un hombre afamado por más de medio país por los descendientes que dejó regados, su atractivo y su algarabía al componer.
—¿Cuál de las tres te gusta más? —pregunto.
—Amor Jilguero —sonrio con tristeza recostando se en la camilla—, sabes cómo me la cantaba tu difunto padre cuando fuimos novios
Alondra empezó a cantar. Usando el karaoke de su móvil.
—”Regalando un clavelito, voy montado en mi caballo” —cantaba.
« “usando el pañuelo que va bordado por sus finas manos”
Iba a la mitad cuando ese pitido tan extraño de la máquina sonó. Todo se realentizo, solo miró como enfermeras entraban usando un electro shok con su madre. La sacaron ahí en rastras. Su madre no volvió a despertar.