Nelly se tomó el jugo de un solo sorbo. Casi eran las 8:10, y ahora, estaba en un problema de esos que solo se le presentan a los científicos locos: retroceder el tiempo, para cubrir en veinte minutos un trayecto de media hora.
Tomó su bicicleta, y pedaleó como si su vida dependiera de eso. Y lo peor es que, así era. Haberse mudado de vuelta a casa le habría restado una preocupación menos, pero, el préstamo que había obtenido del banco para su tienda de manualidades le había drenado los ahorros, a pesar de que el local ya había sido devuelto y ahora lo ocupaba una transnacional tras su quiebra.
Aún así, Nelly encontraba motivos para sonreír: el clima era perfecto, la lluvia había limpiado el cielo y su pedaleo seguía siendo impecable.
Evitaba mirar a las ventanillas de los autos. No quería encontrarse con nadie. De todo, aún le costaba encontrarse a la gente de su juventud con la vida calculada al milímetro, mientras ella sacaba cuentas para unas galletas de mediodía.
“Ya pasará” pensó, recordando cómo había pasado todo lo demás, sin detenerse demasiado a llorar por ello.
Se detuvo en la empresa. Cinco minutos más, y llegaba tarde. Revisó de nuevo la información en su celular: compañía PIMED, líder mundial en la manufactura de componentes para bolsas de aire para automóviles, y que en esa ciudad era el tipo de lugares donde trabajaban los papás de todo, y que nadie recordaba cuándo se habían instalado. Quizás al mismo tiempo que las pirámides en Egipto.
Nelly entró a la recepción. Las instalaciones eran una obra de arte minimalista: pasillos largos, formas onduladas sobresaliendo de las paredes, negro, blanco y crema combinadas en armonía.
El aire acondicionado era un oasis de comodidades. Afuera, la ciudad escupía vapor con sus acostumbrados 40°C, día y noche y hasta en sueños.
Nelly se sintió tranquila. No era lo soñado, pero era bastante bueno. Si lo intentaba, hasta podía sentir que trabajaba en la ONU.
Apenas cruzaba la puerta de vidrio cuando alguien la jaló hacia el calor de afuera.
-¡Llegas tarde!- exclamó Helga.
Nelly se dio vuelta para verla de frente. Helga, amiga de su madre, le había conseguido trabajo como secretaria de la empresa.
-Helga, estoy justo a tiempo- respondió Nelly.
-Estar “justo a tiempo” en este mundo es llegar tarde, Nelly- de un empujón la devolvió al piso de piedra que dividía los edificios-. Vámonos, que ya casi llega tu nuevo jefe.
-Pero ¿no son las oficinas allá?- dijo Nelly, señalando el edificio moderno a sus espaldas.
Helga lanzó un bufido burlón.
-¿Allá? Allá es el palacio del rey; a ti, querida, te toca en las caballerizas, con los del nuevo proyecto.
Caminaron hasta llegar a un edificio de tres pisos, pequeño, con la pintura dañada, una ventana cubierta con madera y otra con plástico, y una puerta corrediza que abría hasta que prácticamente tenías la nariz pegada al vidrio. Imposible distinguir entre este edificio y uno de una filmación sobre el mundo después de una plaga zombie.
-¿Y esto, Helga?
-Esto, esto es tu próxima oficina, Nelly.
-¿No había alguna cueva disponible?
-Ja, ja- dijo Helga sin ánimos, mientras planchaba la falda ajustada-. Bueno ¿lista para brillar? Bienvenida al mundo PIMED. No olvides sonreír, ok, no tanto.
Entraron al edificio, el cual parecía una auténtica cápsula de tiempo: los aparatos se veían amarillentos por el tiempo; los aires de rejilla apenas y expulsaban aire; las sillas se balanceaban de lado a lado, y todo parecía estar sostenido por cintas adhesivas y clamor al cielo.
Helga y Nelly pasaron por un lado del escritorio circula de la recepción rumbo a las escaleras.
-De acuerdo, Nelly, tu asignación es sencilla: vas a ser la secretaria del nuevo jefe del área. Le haces el café, le pasas llamadas, tomas notas en las juntas, y le escribes emails- comentó Helga mientras subían las escaleras-. No hables si no te preguntan, no opines, y no te muevas sin su autorización. Tú no existes hasta que él te llame ¿de acuerdo?
-De acuerdo- replicó Nelly-. Soy invisible y me materializo solo hasta que me llame.
-Exacto.
Al llegar al segundo piso del edificio, Helga comenzó a olisquear el aire.
-Nelly ¿por qué huele a sudor?
Nelly se levantó el brazo, y se olió la axila. El calor y el pedaleo la habían traicionado.
-Tuve que venirme a la bicicleta, Helga ¡lo siento! Tuve que vender el auto- juntó las palmas de sus manos-. Perdóname, por favor, estoy segura de que nadie va a notarlo. Aparte, el sudor es algo natural, y mira, esta gente aprecia lo orgánico.
Helga le quitó el polvo a la planta que Nelly había señalado.
-Es de plástico, Nelly.
El segundo piso constaba de un pasillo que rodeaba el almacén. Por toda la orilla se extendían pequeñas oficinas donde escritorios enclenques encontraban su equilibro con la ayuda de piedras, cajas y pañuelos. Al centro del pasillo había una máquina fotocopiadora, y al final, un escritorio polvoriento afuera de una oficina rotulada con las letras “JEFE DE DEPARTAMENTO” en dorado.
-Nelly, siéntate aquí, este es tu escritorio- Helga señaló el escritorio afuera de la oficina-. Cualquier cosa que necesite el jefe, te tiene a ti. Cualquier cosa que necesite el ingeniero de la oficina de enfrente, te tiene a ti. Cualquier cosa que necesites, te tienes a ti. Ahora, si me disculpas, voy a pretender arreglar el desastre aromático que trajiste a esta oficina.
-No exageres- dijo Nelly, oliéndose las axilas de nuevo-, huelo a hierbas frescas.
-Hueles a cebolla- respondió Helga, y procedió a rociarlas con aromatizantes de una lata.
-Rayos, Helga- dijo Nelly entre tosidos-, eso ni siquiera es para humanos, es insecticida barato.
-Tuve que improvisar.
-Ya lo respiré, me redujiste en cinco años la esperanza de vida.
Helga manoteó para disipar las gotitas que, insistentes, flotaban en el aire.