Adrián Volkov (Abe)
Dicen que el frío de Alaska no solo congela la piel; tiene la capacidad de detener el tiempo. Yo no buscaba el invierno; buscaba un lugar donde mis pecados pesaran menos que la nieve.
Al bajar de aquel camión, con el eco de un pasado de sangre todavía retumbando en mis sienes, entendí que no estaba llegando a un refugio, sino a mi propia sentencia. No traía equipaje. No se puede cargar con una vida que ya no te pertenece. Solo traía el silencio de un hombre que murió en París y el primer aliento de un extraño que aún no sabía cómo llamarse a sí mismo. Frente a mí, Hollow Creek se alzaba como un muro de hielo y madera carbonizada. Yo, el hombre que una vez tuvo el mundo a sus pies, me conformaba con que la montaña no me escupiera antes del amanecer.
El camión de suministros soltó un quejido hidráulico antes de detenerse en medio de una calle que era poco más que una cicatriz abierta en la nieve. El motor roncaba, enviando nubes de vapor gris hacia un cielo que se había rendido a la oscuridad hacía horas. El conductor, un hombre de piel curtida que no me había dirigido más de diez palabras en tres horas, señaló con el mentón hacia un grupo de estructuras que parecían amontonarse unas contra otras para no caerse.
—Última parada, forastero —dijo, sin mirarme—. Si buscas donde quedarte, pregunta por el viejo Jeb. Casa de chimenea de piedra, al final del camino. Él sabe qué cabañas están vacías. La mitad del pueblo se ha ido al sur buscando oportunidades que aquí ya no existen. Alaska no perdona a los que no tienen un motivo para quedarse.
Bajé de la cabina y el impacto del aire gélido me cortó el aliento como un puñetazo. Mis botas se hundieron en la nieve virgen hasta la pantorrilla. Observé el camión alejarse, sus luces rojas desapareciendo en la bruma blanca como dos brasas apagándose. Me quedé solo con mis cenizas.
Caminé siguiendo las instrucciones, sintiendo cómo mis pulmones protestaban por el oxígeno congelado. La casa de Jeb era fácil de reconocer; era la única que no parecía estar a punto de rendirse ante el peso del invierno. Al llamar a la puerta, un hombre de hombros anchos y rostro surcado por arrugas tan profundas como cañones me recibió. Sus ojos eran pequeños y astutos, los ojos de un animal que ha sobrevivido a demasiados depredadores.
—Vienes del camión de Mark —no fue una pregunta. Jeb me observó de arriba abajo, deteniéndose en mi chaqueta de corte europeo y mis manos desnudas que empezaban a tornarse azules—. Pareces un pingüino perdido en un nido de lobos, muchacho. ¿Qué buscas en Hollow Creek? Aquí no hay hoteles, ni gente que te abra la puerta del coche.
—Busco un techo —respondí, mi voz apenas un susurro que el viento intentó arrebatarme—. Me dijeron que usted sabe qué lugares están disponibles.
Jeb soltó una risa seca que terminó en una tos áspera. Se hizo a un lado, permitiéndome entrar a un recibidor que olía a tabaco viejo y a perro húmedo.
—Disponibles hay muchos. El problema es quién puede habitarlos sin convertirse en un bloque de hielo antes del martes. La gente se va, muchacho. Se rinden. Dejan las llaves sobre la mesa y huyen hacia el sur, donde el sol no es una leyenda urbana.
Se acercó a un tablero de madera donde colgaban llaves oxidadas. Escogió una con un cordel sucio.
—La cabaña de los Milton, al final del sendero norte. Es pequeña, huraña y tiene goteras cuando el hielo cede, pero es lo más alejado del pueblo que tengo. Supongo que eso es lo que quieres, ¿no? Estar lejos de los vivos.
—Sí —asentí, sintiendo cómo el calor de su estufa empezaba a hacerme doler los dedos.
—Diez dólares a la semana. Pago por adelantado.
Estiró una mano callosa, dura como el cuero de una silla de montar. Saqué billetes sueltos y arrugados de mi bolsillo; el último rastro de una fortuna que ya no significaba nada. Le entregué el dinero.
—Escúchame bien —dijo Jeb, cerrando su puño sobre los billetes—. No hay calefacción central, no hay agua corriente. Si quieres fuego, pica leña; hay un hacha en el cobertizo, aunque dudo que sepas de qué lado se sostiene. Si quieres luz, hay lámparas de aceite. Y una cosa más: no esperes que nadie vaya a ver si sigues respirando por la mañana. En Alaska, la muerte es silenciosa. Si te descuidas, simplemente dejas de ser parte del paisaje y pasas a ser parte del suelo.
Salí de nuevo al frío con la llave apretada en mi puño. Caminé hacia la cabaña bajo la luz de una luna que parecía de papel. Al abrir la puerta, el chirrido de las bisagras sonó como un lamento fúnebre. El interior olía a encierro, a polvo y a un abandono que me apretó el corazón. El mundo que yo conocía se había reducido a cuatro paredes de troncos mal sellados.
Entré y cerré la puerta, dejando el viento afuera, aunque el frío parecía haberse quedado a vivir dentro. Mis manos, antes impecables, temblaban violentamente. Me sentí un parásito, un intruso en un mundo de gigantes. Busqué en la pequeña alacena con la esperanza de encontrar algo que calmara el vacío en mi estómago. Solo había una lata de sopa, abollada y polvorienta.
Me quedé mirándola por lo que parecieron horas. En otra vida, un chef de tres estrellas Michelin habría preparado mi cena. Ahora, mis dedos torpes luchaban contra el metal del abrelatas, maldiciendo mi propia inutilidad. Comí la sopa fría, directamente de la lata, sintiendo el sabor metálico mezclarse con la sal. No hubo brindis, ni música de fondo. Solo el sonido de mi propia respiración y el crujido de la madera asentándose bajo el peso de la nieve.