El frío de la madrugada en Alaska no es un clima; es una presencia física que te aprieta los pulmones hasta que olvidas cómo se siente el calor. Me desperté en el suelo, envuelto en las mantas de lana áspera que olían a humedad y a décadas de abandono. La condensación de mi propia respiración se había congelado en las puntas de mi barba de varios días. No había despertador, ni café recién hecho, ni el zumbido reconfortante de la calefacción. Solo el silencio sepulcral de la nieve acumulándose sobre el techo y el crujido de la madera vieja.
Intenté ponerme en pie, pero mis músculos protestaron con una rigidez que me hizo soltar un gemido. El hambre era un agujero negro en mi estómago. Tenía sed, frío y, sobre todo, una sensación de inutilidad que me quemaba más que el hielo.
Salí al cobertizo trasero buscando el hacha que Jeb había mencionado. La encontré bajo una capa de polvo y telarañas congeladas. Era pesada, con el mango oscurecido por años de sudor. La tomé con mis manos —esas manos que alguna vez firmaron cheques de siete cifras y sostuvieron cristal cortado— y me sentí ridículo. Me acerqué a un tronco de pino seco y descargué el primer golpe con toda la rabia que tenía contenida.
El metal rebotó contra la madera con un sonido seco que me recorrió los brazos hasta los hombros. El tronco ni siquiera se inmutó; apenas tenía una muesca superficial, casi una burla. Lo intenté de nuevo, y de nuevo, con una furia desesperada que no nacía de la técnica, sino de la impotencia. Al décimo intento, mis palmas ardían y el sudor comenzaba a enfriarse bajo mi ropa fina de ciudad. Solté el hacha y apoyé la frente contra el tronco frío, jadeando.
—El hacha no tiene la culpa de que no sepas quién eres, muchacho.
Me giré con torpeza. Jeb estaba allí, envuelto en una parka de piel que parecía pesar una tonelada, observándome con una dureza que no daba tregua. Sostenía un termo de acero y una bolsa que desprendía un aroma a pan caliente que casi me hace llorar.
—No sé cómo hacer esto —admití, con la voz rota por la humillación.
Jeb se acercó y me miró fijamente a los ojos, buscando algo en el fondo de mis pupilas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó de repente.
Me quedé helado. El nombre que había llevado toda mi vida intentó subir por mi garganta. Pero al mirar mis manos sucias y el tronco intacto, comprendí que ese hombre ya no existía. Si pronunciaba su nombre aquí, el viento se reiría de mí. Necesitaba algo corto, algo que no pesara.
—Abe —dije finalmente. Mi voz sonó extraña, pero sólida—. Solo Abe.
Jeb asintió lentamente, aceptando la moneda sin preguntar por su origen.
—Bien, Abe. Bebe esto y come antes de que se te detenga el corazón. Pareces un pingüino en un nido de lobos con esa chaqueta de figurín.
Me entregó café negro, tan caliente que me escaldó los labios, y un trozo de pan denso. Lo devoré con una voracidad que me habría avergonzado en otra vida. Jeb no dijo nada; simplemente entró en la cabaña y volvió con un bulto de ropa pesada: una chaqueta de lona encerada y guantes de cuero grueso.
—Póntelo. Aquí la moda no te va a salvar de la gangrena. Si quieres pagar el desayuno y la ropa, vas a venir conmigo. Mis perros tienen más hambre que tú, y necesito a alguien que limpie el cercado y cargue los sacos de carne congelada. Si lo haces, habrá estofado al mediodía. Si no, puedes quedarte aquí peleando con ese tronco hasta que seas una estatua de hielo.
Me puse la ropa de Jeb. El peso y el calor me dieron una seguridad que no había sentido en días. Lo seguí hasta su propiedad, donde el sonido de decenas de aullidos rompió la paz del bosque. Jeb tenía una jauría de casi veinte perros de trineo: huskies y malamutes de ojos feroces.
—Escucha bien, Abe —dijo Jeb mientras me entregaba una pala—. Estos animales no son mascotas. Son atletas y son mi única familia. Si les muestras miedo, te morderán. Si les muestras debilidad, no te respetarán. Es un trabajo sucio, pero es lo que nos mantiene vivos.
Pasé las siguientes tres horas haciendo el trabajo más agotador de mi vida. Mis botas de marca se mancharon de excrementos y el olor a perro húmedo se me pegó a la piel. Cada vez que pasaba cerca de Jeb, él me evaluaba en silencio. Pero no me rendí. Había algo en el dolor de mis músculos que me hacía sentir que estaba pagando una parte de mi deuda.
Al final del cercado, había un espacio separado por una valla más alta. Allí, un animal de pelaje gris ceniza y ojos de un ámbar eléctrico me observaba. No ladraba. Solo me seguía con una mirada cargada de desconfianza salvaje.
—Ese es Sombra —dijo Jeb—. Es un cruce de lobo. Lo encontré atrapado en una trampa para osos hace dos años. Es un paria, igual que tú. Prefiere morir de hambre antes que aceptar comida de alguien en quien no confía.
Me acerqué a la valla. El animal soltó un gruñido bajo que vibró en mi pecho. Me detuve. Por un instante, nuestras miradas se cruzaron. Vi en sus ojos el mismo vacío que sentía en los míos. El mismo cansancio de llevar la soledad a cuestas.
—Él no tiene elección, Abe. Tú sí la tuviste, y elegiste terminar aquí —sentenció Jeb—. Mañana vendrás a la misma hora. Vamos a ver si tienes lo que hay que tener, porque si te vas a quedar en este pueblo, debes de aportar algo bueno a la comunidad, vas a necesitar que Sombra te acepte. Y él no acepta a parásitos.