Dormir en el suelo es una lección de humildad que el cuerpo no olvida. Al cuarto día, mi espalda se sentía como una rama seca a punto de quebrarse bajo el peso de una nevada. Cada vez que intentaba cambiar de posición sobre las mantas ásperas, el frío que emanaba de las tablas parecía encontrar una nueva rendija por la cual succionarme el calor directamente de los huesos.
Me levanté antes de que el sol asomara tras las cumbres con una determinación nueva: no podía seguir viviendo como un náufrago en mi propia casa. Caminé hacia la propiedad de Jeb con el rostro encendido por el aire cortante, ese aire que en Alaska no se respira, sino que se muerde. Lo encontré en el cobertizo, afilando una sierra circular con una parsimonia que me resultaba insoportable.
—Jeb —dije, tratando de que mis dientes no castañetearan—, necesito una cama. Siento que el hielo se me está metiendo en los pulmones.
El viejo detuvo el movimiento de la sierra y me miró por encima de sus gafas empañadas. Me escaneó de arriba abajo, deteniéndose en mi parka de segunda mano y en mis manos manchadas de hollín y resina.
—Una cama, ¿eh? —soltó una risotada seca—. En mi mundo, Abe, si quieres un sitio donde caer muerto, tienes que fabricarlo tú mismo. Hay tablones de cedro en la parte trasera del depósito comunal. Están torcidos por la humedad, pero si eres capaz de cargarlos y aprender a usar un martillo sin perder un dedo, podrías tener algo que se parezca a un sofá para el sábado.
El depósito era un viejo cobertizo cerca del muelle donde los habitantes de Hollow Creek abandonaban lo que ya no necesitaban. Fui hacia allá arrastrando un pequeño trineo de mano. Cargar los tablones fue un calvario silencioso. Cada vez que uno se resbalaba de mis hombros, sentía que mi antiguo yo, ese Adrián Volkov que nunca había levantado nada más pesado que una pluma de oro, se burlaba de mí.
En la oscuridad de mi mente, la voz de mi abuelo Viktor resonaba con una nitidez aterradora: “Mírate, Adrián. Un activo de la familia reducido a un cargador de leña”. Apreté los dientes hasta que me dolió el oído. No soy tu activo, viejo, pensé mientras cargaba el siguiente tablón. Soy un hombre cargando su propia libertad. Prefería el dolor del cedro sobre mis hombros que volver a ser el esclavo de una ambición que me había dejado el alma hueca.
Al regresar, Jeb me esperaba con un puñado de clavos oxidados y un martillo pesado.
—La carpintería es como la vida, Abe. Si no mides bien antes de cortar, el error te perseguirá hasta que la estructura se venga abajo. Aquí no buscamos estética; buscamos que sea sólido. Alaska no entiende de elegancia, entiende de resistencia.
Pasé el resto del día luchando contra la madera. Fue una batalla de desgaste. Los clavos se doblaban como si fueran de papel al chocar contra el cedro y el sudor comenzaba a nublarme la vista a pesar de los diez grados bajo cero. En un momento de pura frustración, arrojé el martillo contra la pared. El estruendo metálico rompió el silencio y yo me dejé caer en el suelo, ocultando el rostro entre mis manos ampolladas. Me sentí un fraude. Un parásito que ni siquiera podía unir dos tablas para no morir congelado.
—Sombra te está mirando, Abe. Y él no tiene respeto por los hombres que tiran la herramienta antes de terminar.
Levanté la vista. El animal estaba allí, junto a la valla, observándome con sus ojos de ámbar eléctrico. No había burla en su mirada, solo una curiosidad salvaje, como si estuviera evaluando si yo era un depredador o simplemente una presa más que el invierno terminaría por consumir.
Me puse en pie lentamente, recogí el martillo y volví al trabajo. Esta vez fui más lento. Medí dos veces, tal como Jeb había dicho. Golpeé con cuidado, centrando toda mi voluntad en la cabeza del clavo. Para cuando la luz de la tarde empezó a desvanecerse, tenía una estructura básica terminada. Era un marco tosco, pero firme. No era una pieza de diseño, pero era mía. La había sudado centímetro a centímetro.
—No está mal para un pingüino —gruñó Jeb, apareciendo con un viejo jergón relleno de paja y lana apelmazada—. Pon esto encima. Mañana te despertarás sintiendo que un oso te ha pasado por encima de los riñones, pero estarás seco.
Subimos la estructura a mi cabaña entre los dos. Al colocarla en el rincón más cercano a la estufa, el pequeño espacio empezó a transformarse. Ya no era una celda de castigo; empezaba a parecerse a un hogar. Me senté en el borde, sintiendo la solidez de la madera crujir bajo mi peso. Era la primera vez en años que sentía que algo me pertenecía de verdad. No porque tuviera mi nombre en un contrato, sino porque mis propias manos habían dado forma a su existencia.
—Mañana —dijo Jeb, deteniéndose en el umbral— buscaremos una mesa. Un hombre no debería comer en el suelo como un animal si quiere recordar que todavía es un hombre. Y tú, Abe, parece que finalmente estás empezando a recordar.
Esa noche, mientras la estufa rugía con la leña de abedul, me acosté en mi nueva cama. La paja crujía y el olor a cedro fresco llenaba la habitación, borrando por un momento el aroma a abandono. Miré hacia la mesa donde mi teléfono seguía apagado, cubierto ahora por una capa de polvo que lo hacía parecer una reliquia de una vida anterior.
Ya no era el centro de mi universo. Mi mundo ahora se reducía al calor de las brasas y al silencio protector del bosque. Antes de cerrar los ojos, pensé en lo que la “rubia de farmacia” de mi pasado diría si me viera al orgulloso Adrián Volkov durmiendo sobre una cama de paja. El parásito estaba muriendo de hambre, y en su lugar, un hombre hecho de cicatrices y voluntad estaba empezando a ocupar su espacio.