Cenizas en el Hielo

Capítulo 5.

El amanecer en Alaska no llega con una explosión de luz, sino con una transición lenta de un gris oscuro a un gris ceniza que parece pesar sobre los hombros. Me levanté de mi cama de cedro y paja, sintiendo por primera vez que el frío no me había ganado la partida durante la noche. La estufa seguía tibia, un momento de victoria que yo mismo había alimentado. Sin embargo, el hambre ya no era una molestia; era un dolor sordo y constante que me recordaba que mi despensa seguía vacía.

Caminé hacia la casa de Jeb, donde él ya cargaba un par de barrenos manuales y un cubo de madera en su trineo.

—Hoy vamos al lago —dijo, sin preámbulos—. Si quieres cenar algo que no sea aire y arrepentimiento, vas a tener que aprender a pescar bajo el hielo. Y te advierto, Abe: al pez no le importa cuánto dinero solías tener. Al pez solo le importa tu paciencia.

Caminamos en silencio hacia la extensión blanca del lago congelado. El viento soplaba con una fuerza que hacía que la nieve bailara sobre la superficie cristalina, creando remolinos que cegaban. Jeb se detuvo en medio de la nada blanca y me señaló el suelo.

—Empieza a perforar. Gira el barreno con el peso del cuerpo, no con los brazos. Si usas solo la fuerza, te agotarás antes de llegar al agua.

Tomé el barreno. Al principio, la resistencia del hielo me pareció insuperable. Mis brazos, todavía doloridos por la construcción de la cama, empezaron a temblar a los pocos minutos. Giraba y giraba, sintiendo cómo el sudor empapaba mi espalda bajo la parka de segunda mano, solo para congelarse en cuanto me detenía un segundo.

—Mi familia nunca me enseñó esto —solté entre jadeos, mientras el metal rechinaba contra el hielo—. En mi mundo, si querías algo, simplemente dabas una orden. El éxito era una línea recta. Nadie hablaba de lo que pasaba cuando la línea se rompía.

Jeb me miró con una sombra de algo que casi parecía compasión, pero que se transformó rápidamente en su habitual dureza.

—Ese es tu problema, muchacho. Te enseñaron a ganar, pero no a esperar. Te enseñaron que el fracaso es el final, cuando en realidad es el único maestro que no miente. El éxito te vuelve estúpido y arrogante; el fracaso te vuelve real.

Finalmente, el barreno atravesó la capa de hielo y un chorro de agua oscura y gélida brotó hacia la superficie. Me senté en el cubo de madera, sosteniendo una pequeña caña rústica, esperando. Pasó una hora. Luego dos. El frío empezó a filtrarse por mis botas, entumeciéndome los pies. Mis dedos se sentían como trozos de madera muerta.

No pasaba nada. El silencio del lago era tan denso que podía oír mi propio parpadeo. Empecé a desesperarme. Tiré del sedal con brusquedad, maldiciendo por lo bajo.

—¡Maldita sea! No hay nada aquí —grité, mi voz perdiéndose en la inmensidad del viento—. Es una pérdida de tiempo.

—La prisa es el lenguaje de los perdedores en Alaska, Abe —dijo Jeb, que ya había sacado un par de truchas pequeñas—. El pez siente tu ansiedad a través del hilo. Si no puedes dominar tu mente, nunca dominarás este lugar.

Lo intenté tres horas más. Mi espalda gritaba y mi estómago rugía con una furia casi animal. Finalmente, sentí un tirón. Mi corazón dio un vuelco. Tiré con toda mi fuerza, queriendo arrebatarle al lago mi premio. El hilo se tensó al máximo y, de repente, se partió con un chasquido seco.

Me quedé mirando el hilo roto bailando al viento. El pez se había ido, llevándose el anzuelo y mi última pizca de esperanza. Caí de espaldas sobre la nieve, mirando al cielo gris, sintiendo una humillación que me quemaba más que el frío. Había fracasado en algo tan simple como pescar para comer.

—Se escapó —susurré, con los ojos empañados—. Todo lo que intento aquí se rompe. Soy un inútil, Jeb. No sé hacer nada.

Jeb se acercó y se quedó de pie junto a mí. No me tendió la mano para levantarme.

—Bien —dijo con voz plana—. Ahora ya sabes lo que se siente al ser un hombre común. El fracaso es el primer paso hacia la verdad, Abe. Tu familia te dio el éxito en bandeja de plata y eso te dejó ciego. Aquí, el hambre te va a abrir los ojos.

Regresamos a la cabaña en un silencio sepulcral. Al entrar en mi hogar, encendí la estufa y me senté a la mesa tosca. No había cena. Me senté en la penumbra, mirando mis manos llenas de cortes, sintiéndome más solo que nunca. De pronto, un golpe seco en la puerta me sobresaltó.

Era Jeb. Traía un plato de peltre con una de las truchas que él había pescado, asada de forma sencilla, y un trozo de pan de centeno.

—Cómetelo —gruñó, dejando el plato sobre la mesa—. No quiero que te desmayes mañana. Tenemos que bajar al pueblo. Necesitas suministros y quizás encuentres algún trabajo en el muelle o en el aserradero si demuestras que sabes cerrar la boca y usar los hombros. En Hollow Creek nadie te va a preguntar quién eres, pero todos verán cómo trabajas.

Antes de que pudiera darle las gracias, Jeb ya se había ido, perdiéndose en la negrura de la noche. Me quedé mirando la comida. El olor del pescado asado era el aroma más glorioso que había sentido en mi vida. Comí con una desesperación silenciosa, saboreando cada bocado como si fuera oro puro.

Terminé de cenar y me acerqué a la ventana. Allí, justo en el límite del cercado donde la luz de mi cabaña moría en la nieve, estaba Sombra. El animal no estaba echado; permanecía de pie, inmóvil como una estatua de granito. Sus ojos ámbar brillaban con una intensidad hipnótica, fijos en mí a través del cristal.




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