Hollow Creek no era un pueblo de postal; era un asentamiento que se aferraba a la orilla del brazo de mar como un náufrago a una tabla. El olor allí era distinto: una mezcla penetrante de salitre, pescado congelado, serrín y gasolina. Jeb conducía su vieja camioneta con una calma que contrastaba con los nervios que empezaban a retorcerme el estómago. Yo, que había caminado por las alfombras rojas de Cannes y presidido mesas en Wall Street, sentía ahora el mismo pánico que un niño en su primer día de escuela.
—Mantén la cabeza baja y los hombros rectos —gruñó Jeb mientras estacionaba frente a un edificio de madera grisácea que decía Muelle Norte—. La gente aquí huele la desesperación, pero respetan el silencio. No busques amigos, busca que te den algo que cargar.
Bajé del vehículo. Mis botas nuevas —ahora manchadas de barro y ceniza— golpearon el suelo de madera del muelle. Las miradas cayeron sobre mí casi de inmediato. Eran ojos duros, acostumbrados a la luz escasa y al trabajo rudo. Para ellos, yo era una anomalía: un forastero con una parka demasiado nueva y un rostro que gritaba "dinero" a pesar de la barba descuidada.
Caminamos hasta el final del muelle, donde un hombre de barba rojiza y una cicatriz que le atravesaba la ceja supervisaba la descarga de una barcaza llena de suministros.
—¡Hey, Milton! —gritó Jeb—. Te traigo un par de manos extra.
Milton dejó de anotar en su tabla y me miró con una lentitud exasperante. Escupió un fajo de tabaco en el agua negra y soltó una carcajada seca.
—¿Este? —señaló con el mentón—. Jeb, si quiero un adorno para el muelle, compro una boya nueva. Mira esas manos. Ese muchacho nunca ha levantado nada más pesado que un tenedor de plata.
Sentí que la sangre me subía al rostro. El impulso de responder con mi antigua arrogancia, de decirle quién era yo y cuánto valía mi tiempo, me quemó la garganta. Pero recordé la mirada de Sombra a través del cristal. Recordé el hambre de la noche anterior.
—Dame una oportunidad —dije, tratando de que mi voz sonara firme—. No necesito que me hables, solo dime qué mover.
Milton me miró un segundo más, evaluando si me rompería a la primera carga.
—Está bien, "Plata". Hay cincuenta sacos de sal industrial en esa barcaza. Tienes que llevarlos al almacén del fondo. Si terminas antes de que zarpe el correo, te daré diez dólares y un vale para el comedor. Si te rindes a la mitad, no te quiero volver a ver por aquí.
El trabajo comenzó. El primer saco se sintió como si estuviera lleno de rocas. Al cargarlo sobre mi hombro, el peso me hundió los pies y sentí un tirón violento en el cuello. El camino hasta el almacén eran solo cincuenta metros, pero sobre la madera resbaladiza del muelle, se sentían como un kilómetro. A la décima vuelta, mis pulmones ardían. A la vigésima, mis piernas temblaban como gelatina. Los pescadores pasaban a mi lado, cargando el doble que yo con la mitad del esfuerzo, ignorándome o lanzando comentarios en voz baja. Me sentía patético, un intruso tratando de jugar a ser hombre en un mundo de gigantes de hierro.
—¿Ya te cansaste, Plata? —gritó Milton desde la distancia, con una sonrisa burlona.
No respondí. No podía gastar el aire en palabras. En mi mente, empecé a visualizar cada saco como una parte de mi pasado. Ese saco era la traición de mi abuelo. El siguiente era mi arrogancia en Nueva York. El otro era el dolor que le causé a Elena. Los cargaba todos. Los movía porque cada paso me alejaba del hombre que solía ser.
Para cuando el último saco golpeó el suelo del almacén, mis manos estaban en carne viva y mi visión se volvía borrosa por el agotamiento. Me apoyé contra la pared, jadeando, viendo cómo Milton se acercaba con un billete de diez dólares arrugado.
—No eres tan inútil como pareces —dijo, dejándome el dinero—. Pero mañana tendrás que ser más rápido si quieres el almuerzo completo. Vuelve a las seis.
Jeb me esperaba en la camioneta. No me preguntó cómo me sentía. Solo puso el vehículo en marcha y regresamos a la cabaña bajo un cielo que empezaba a soltar los primeros copos de una tormenta. Antes de entrar a mi refugio, miré hacia el bosque. Sombra estaba allí, apenas una mancha gris entre los abetos, observando mi regreso. Esta vez, por primera vez, no sentí que me estuviera midiendo. Sentí que, de alguna manera extraña, me estaba reconociendo.
Esa noche, mientras contaba los diez dólares sobre mi mesa de cedro, un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. Era Jeb. Entró cargando una pequeña olla de hierro que soltaba un vapor espeso y un par de mantas adicionales.
—Siéntate y come, Abe —ordenó, sirviendo un estofado de carne de alce que olía a gloria—. Has tenido un día largo en el muelle. Milton no regala cumplidos, y mucho menos segundas oportunidades.
Me senté a la mesa, sintiendo que mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener la cuchara. El calor de la comida empezó a recorrer mi cuerpo, devolviéndome a la vida. Jeb se quedó apoyado en el marco de la puerta, observándome con una mirada que ya no era tan afilada. Parecía estar viendo a alguien más a través de mí.
—¿Por qué me ayudas, Jeb? —pregunté finalmente, con la voz todavía áspera por el cansancio.
El viejo guardó silencio durante un largo rato, mirando las llamas de la estufa.
—Me recuerdas a alguien especial —respondió en un susurro, casi para sí mismo—. Alguien que tenía la misma mirada decidida cuando el mundo se le venía encima. Alguien que no sabía cuándo rendirse, aunque el hielo le estuviera quemando los pies.