Cenizas en el Hielo

Capítulo 7.

Antes de que el reloj de Jeb marcara la hora de volver al muelle, regresé al lago. El fracaso del día anterior me había perseguido en sueños, repitiéndose como una cinta rota: el chasquido del hilo, la tensión inútil, la oscuridad del agua tragándose mi cena. Pero esta vez no llevaba prisa. No había furia en mis movimientos, solo una necesidad silenciosa de demostrarme que podía ser algo más que un hombre que rompe cosas.

Me senté sobre el cubo de madera, rodeado por la inmensidad blanca. El frío era el mismo, pero mi mente estaba en otro lugar. Ya no pensaba en el tiempo que perdía, sino en el ritmo del agua bajo el hielo. Recordé las palabras de Jeb: el pez siente tu ansiedad. Así que respiré. Dejé que mis hombros cayeran y que la caña rústica se convirtiera en una extensión de mis dedos entumecidos.

Pasó una hora. El viento siseaba entre las grietas del hielo, pero yo me mantuve inmóvil, casi fundiéndome con el paisaje. Entonces, lo sentí. No fue un tirón violento, sino un roce sutil, casi un susurro en el sedal.

Mi antiguo yo habría tirado con la fuerza de quien quiere dominar el mundo. Pero Abe... Abe esperó. Dejé que el pez jugara, que se confiara. Solo cuando sentí que el peso era constante, di un tirón seco, pero controlado. El hilo se tensó, vibrando con la vida que luchaba al otro lado, pero esta vez no cedió. Empecé a recoger, sintiendo la resistencia, el baile desesperado de la trucha bajo el cristal de hielo.

Cuando finalmente la saqué del agujero, el pez aterrizó sobre la nieve, sacudiéndose con destellos plateados bajo la luz gris de Alaska. Me quedé mirándolo, jadeando, con el corazón golpeándome las costillas. No era un gran ejemplar, pero para mí, en ese momento, era más valioso que cualquier trofeo de caza o reconocimiento empresarial.

—Lo hice —susurré, y mi voz se quebró un poco—. Por fin lo hice.

No hubo aplausos, ni cámaras, ni un equipo de relaciones públicas para anunciar mi éxito. Solo estábamos el pez, el hielo y yo. Lo limpié allí mismo, con las manos temblando de frío, pero firmes de orgullo, y regresé a la cabaña antes de que Jeb llegara. Lo cociné rápidamente en la estufa, saboreando el primer alimento que mis propias manos habían arrancado de la naturaleza. Era una comida pequeña, pero me dio la fuerza que necesitaba para lo que venía.

Cuando Jeb apareció con la camioneta, yo ya estaba en el porche, con las botas puestas y el rostro limpio.

—Has desayunado —observó Jeb, notando el rastro de humo y el olor a pescado en el aire.

—He pescado, Jeb —corregí con una pequeña sonrisa, la primera que sentía de verdad en mucho tiempo.

Él no dijo nada, pero sus cejas se elevaron un milímetro, lo cual, en su lenguaje, era equivalente a una ovación de pie. Subí a la camioneta. El dolor en mis hombros por los sacos de sal de ayer seguía ahí, latente y agudo, pero la victoria del lago me servía de armadura.

Al llegar al muelle, el escenario era el mismo: el olor a gasolina, el griterío de los estibadores y la mirada burlona de Milton esperándome.

—¡Vaya, si ha vuelto el "Plata"! —gritó Milton, señalándome con un gancho—. Pensé que hoy te quedarías en la cama llorando por tus manos de seda. Hay una carga de madera de construcción que acaba de llegar. Es más pesada que la sal y el muelle está más resbaladizo. ¿Sigues queriendo los diez dólares o prefieres irte a casa a descansar?

Miré mis manos. Las ampollas del día anterior estaban cubiertas con cinta que Jeb me había dado, y mis músculos gritaban ante cada movimiento. Pero luego miré a Jeb, que me observaba desde la distancia, y recordé al pez plateado sobre la nieve.

—Dame la madera, Milton —dije, quitándome la parka y quedándome solo con el jersey de lana pesado—. Y asegúrate de tener el dinero listo para cuando termine.

El trabajo fue un infierno. Cada tablón de madera de construcción parecía querer arrancarme los brazos. El hielo en el muelle hacía que cada paso fuera una apuesta con el desastre. A mitad de la jornada, sentí que mis piernas cedían. Me apoyé contra un poste, con el sudor frío corriéndome por la nuca y la visión nublada.

—Ríndete, muchacho —me susurró un estibador viejo al pasar—. No tienes por qué hacer esto. Vuelve a donde sea que vengas.

Cerré los ojos y, por un segundo, vi el rostro de Elena. Vi su decepción, su dolor. Y luego vi a Sombra. No iba a volver. No podía volver porque ya no quedaba nada allá para mí. El único camino era a través del dolor.

Me obligué a levantarme. Cargué el siguiente tablón, y el siguiente. Para cuando el sol se ocultó, el camión estaba vacío. Milton se acercó, esta vez sin la sonrisa burlona. Me entregó los diez dólares y, por primera vez, me puso la mano en el hombro.

—Mañana no vengas al muelle —dijo con voz grave.

Mi corazón se hundió. ¿Me estaba despidiendo?

—Mañana ve al aserradero —continuó Milton—. Mi hermano necesita a alguien decidido para mover troncos. Paga quince dólares y te darán de comer caliente. Dile que te envía Milton.

Regresé a la camioneta de Jeb en silencio. El agotamiento era tal que no podía ni hablar, pero sentía una paz que nunca antes había conocido. Al llegar a la cabaña, Sombra estaba en el mismo lugar de siempre. Me bajé del vehículo y, por primera vez, el lobo no retrocedió. Se quedó allí, a escasos metros, olfateando el aire que ahora olía a sudor, a madera fresca y a esfuerzo real.




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