Si el muelle olía a sal y gasolina, el aserradero de Hollow Creek olía a resina fresca, serrín húmedo y peligro. Era un complejo de naves abiertas donde las sierras circulares gritaban con un gemido metálico que te perforaba los oídos, un llanto constante de acero devorando madera que te advertía que allí la naturaleza siempre perdía contra el hombre, pero el hombre podía perder la vida contra la máquina.
Jeb me dejó en la entrada a las seis en punto, justo cuando el vapor de las máquinas se mezclaba con la niebla matutina, creando una atmósfera fantasmagórica.
—En el muelle solo cargabas peso —me advirtió Jeb antes de arrancar la camioneta—. Aquí, si te distraes un segundo, la maquinaria te quitará algo que no vuelve a crecer. Mantén los ojos abiertos y la mente en lo que haces, Abe. Alaska no te dará una segunda oportunidad si dejas que tus dedos se acerquen demasiado al acero.
Caminé hacia la oficina principal, una cabaña de troncos donde Milton me había dicho que encontraría a su hermano, Jacob. Era un hombre aún más grande que Milton, con una barba canosa que le llegaba al pecho y unos brazos que parecían troncos de abeto tallados por el tiempo. Me miró con la misma desconfianza que todos en este pueblo, evaluando el corte de mi mandíbula y la firmeza de mi postura.
—Milton dice que eres decidido —gruñó Jacob, dándome un peto de lona reforzada que pesaba casi tanto como mi parka—. Yo digo que pareces alguien que se desmayaría si se le rompe una uña o si el champú no tiene la temperatura adecuada. Pero necesito gente para mover los troncos de la rampa de entrada hacia la sierra principal. Son quince dólares al día y una comida caliente. ¿Te quedas o te vas, Chico?
—Me quedo —respondí, ajustándome el peto y sintiendo el roce áspero de la lona contra mi cuello.
El trabajo en el aserradero no era solo fuerza bruta; era ritmo, equilibrio y una danza macabra con la inercia. Teníamos que usar ganchos de hierro para guiar los enormes troncos de pino mientras bajaban por las rampas heladas. Un mal movimiento y el tronco podía rodar sobre tus piernas, aplastándolas como ramas secas, o peor, lanzarte hacia los dientes de acero que giraban a una velocidad que los hacía parecer invisibles.
Al principio, el ruido y el movimiento me paralizaron. Mientras forcejeaba con un gancho para detener un tronco que se desviaba, un recuerdo punzante me golpeó, disparado por el olor a aceite de motor.
—No llores, Adrián. Las lágrimas son para los activos que pierden valor —la voz gélida de mi abuelo Viktor resonó en mi cabeza, tan clara como si estuviera parado detrás de mí en el aserradero—. Un Volkov no siente dolor, solo siente la necesidad de ganar. Si no puedes controlar una empresa, no eres más que un estorbo biológico. Mi legado no se heredará a un niño débil que busca afecto; se heredará a una máquina de hacer dinero. Si mueres mañana, solo me preocupará el papeleo del seguro.
—¡Muévete, Chico! —gritó uno de los trabajadores, empujándome con violencia hacia un lado para evitar que un tronco de media tonelada me golpeara—. ¡Aquí no hay tiempo para las distracciones o terminarás siendo aserrín para el piso!
Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí el crujido en la mandíbula. No soy un activo, abuelo, rugí en mi mente. Soy este hombre que se ensucia las manos. Agarré el gancho de hierro y enterré el metal en la corteza del pino. No pienses, Abe. Solo siente la madera. Usé el peso de mi cuerpo, la rabia acumulada de años de humillaciones disfrazadas de "lecciones de negocios", y dirigí el tronco hacia su destino. El esfuerzo era agónico, pero cada tirón me hacía sentir que estaba arrancándole un pedazo de poder a la sombra de Viktor.
A media mañana, Jacob se acercó a observar. Me vio cubierto de serrín de pies a cabeza, con el rostro manchado de grasa y el sudor goteando a pesar del frío extremo.
—No lo haces mal —dijo, gritando por encima del estruendo—. Pero estás usando demasiado los brazos. Usa la cadera, deja que el peso de tu cuerpo haga el trabajo duro, o para el mediodía no podrás ni sostener la cuchara para el estofado.
Seguí su consejo. Dejé de pelear contra la madera como si fuera un enemigo en una junta de accionistas y empecé a trabajar con ella, entendiendo su gravedad. Para el mediodía, mis pulmones estaban llenos de polvo de pino, pero mi mente estaba extrañamente en calma. Fui al comedor comunal, un lugar atiborrado de hombres rudos que comían en un silencio que solo se rompía por el choque de los cubiertos contra el peltre.
—¿De dónde vienes realmente, muchacho? —preguntó un hombre sentado frente a mí, con las manos deformadas por décadas de trabajo—. No tienes cara de ser alguien que elige las astillas de Alaska por gusto.
—Vengo de un lugar donde todo era mentira —respondí, mirando fijamente mi plato—. Aquí, al menos, el dolor es real y nadie me pide que sea un número.
El hombre asintió lentamente. Esa era la moneda de cambio en Hollow Creek: la verdad del esfuerzo. Al terminar la jornada, Jacob me entregó mis quince dólares. Miró mis manos, donde la cinta protectora estaba destrozada y la piel empezaba a endurecerse bajo el callo.
—Mañana hay más madera —dijo simplemente—. Vuelve si quieres seguir demostrando que Milton no se equivocó contigo.
Regresé a la camioneta de Jeb sintiéndome físicamente destruido, pero mentalmente sólido. Al llegar a la cabaña, busqué a Sombra, pero el cercado estaba vacío. Miré hacia el bosque, buscando esos ojos ámbar, pero solo encontré el muro negro de los árboles. Por un momento, sentí un vacío opresivo; me dolía que el lobo no estuviera allí para presenciar que no me había rendido.