Cenizas en el Hielo

Capítulo 9.

El aroma a conejo asado llenaba la cabaña esa mañana, un olor rústico y salvaje que se mezclaba con la fragancia del cedro y el humo persistente de la estufa. Comer lo que Sombra me había traído se sentía como un ritual sagrado de comunión con la tierra; no era solo alimento para mis músculos agotados, era la aceptación silenciosa de un lugar que, hasta hace poco, parecía querer escupirme de sus entrañas. Mis manos, sin embargo, eran el mapa de mi reciente guerra: los cortes del muelle y las astillas del aserradero habían formado costras duras que me impedían cerrar los puños sin soltar un gruñido de dolor.

Antes de que Jeb llegara con el rugido de su camioneta, salí al porche. Sombra estaba allí, sentado a unos metros de la escalera, lamiéndose con parsimonia la pata donde todavía colgaba el resto de un vendaje sucio. Me detuve en seco, conteniendo el aliento. Por primera vez, no hubo gruñidos de advertencia ni colmillos expuestos, solo un silencio cargado de una inteligencia animal que me superaba. Saqué un trozo del conejo que había guardado deliberadamente y, sin acercarme demasiado para no romper la tregua, lo dejé en el escalón superior. Luego retrocedí lentamente, manteniendo las manos a la vista.

El lobo me miró con sus ojos ámbar, evaluando el gesto con una intensidad que parecía leer mis pecados. Se acercó con un trote ligero pero cauteloso, tomó la carne con un movimiento rápido y volvió a su posición original. No me atacó. No huyó. Simplemente compartimos el desayuno en la quietud de la nieve, dos parias reconociéndose en el frío.

—Mañana te traeré algo mejor —le susurré, y me sorprendió la falta de aspereza en mi propia voz.

Jeb llegó poco después y, al subir a la camioneta, notó que mi mano derecha sangraba ligeramente por una ampolla que se había reventado mientras cargaba leña. Sin decir palabra, sacó de la guantera un bote de ungüento de grasa de oso y un trapo limpio.

—Póntelo —ordenó—. En el aserradero no quieren sangre en la madera, ensucia el corte. Hoy, después del turno, iremos a la tienda de suministros de Martha. Necesitas guantes de cuero de verdad si no quieres perder la piel antes del viernes.

El segundo día en el aserradero bajo el mando de Jacob fue una prueba de resistencia pura. Mi cuerpo ya no protestaba con gritos agudos, sino con un cansancio sordo que se instalaba en la base de mi columna y se extendía por mis extremidades como plomo derretido. Jacob me puso a trabajar en la cinta de salida, apilando los tablones terminados que escupía la sierra principal. Era un trabajo repetitivo, mecánico, que me permitía dejar que mi mente vagara hacia los fantasmas de Nueva York.

—Eres un Volkov, Adrián. No te distraigas con pequeñeces —la voz de mi abuelo Viktor volvió a aparecer, como un parásito que se alimentaba de mis dudas—. ¿Qué haces ahí abajo, entre el serrín y la gente corriente? Estás desperdiciando tu potencial en un agujero olvidado por Dios.

—Cierra la boca, viejo —murmuré entre dientes mientras lanzaba un tablón sobre la pila con una fuerza que hizo vibrar la estructura. Aquí, al menos, el serrín era más honesto que sus promesas de herencia.

Al terminar el turno, Jeb me llevó al centro del pueblo. La tienda de Martha era el corazón latente de Hollow Creek. Olía a café recién molido, a tabaco de pipa y a lana virgen impregnada de humedad. Al entrar, las conversaciones de dos hombres cerca de la estufa se detuvieron por un segundo. Yo ya no era el tipo del perfume italiano; era el "Chico" del aserradero, cubierto de una capa gris de polvo de madera y con el olor rudo del sudor y el pino.

—Abe necesita unos guantes, Martha —dijo Jeb, apoyándose en el mostrador de madera desgastada.

Martha, una mujer de mirada vivaz y gafas redondas que parecían lupas, me examinó las manos con una mezcla de curiosidad y respeto profesional. No me vio como un apellido poderoso, sino como un hombre que estaba aprendiendo a usar sus herramientas.

—Tienes manos delicadas parecen de pianista, pero voluntad de buey —comentó mientras sacaba unos guantes de piel de alce reforzada—. Estos te protegerán. Son cinco dólares.

Saqué los billetes de mi bolsillo con orgullo. Mis primeros cinco dólares ganados legalmente. Al entregárselos, Martha se quedó mirando a Jeb y luego me lanzó una mirada de soslayo, como si recordara algo.

—No eres el único rostro nuevo que ha aparecido por estos rumbos buscando silencio —comentó Martha mientras envolvía los guantes—. La doctora Elena, la que atiende la clínica de la comunidad, trajo a su sobrina desde el "Lower 48". Una tal Camila. Dicen que la chica viene huyendo del ruido de la ciudad, igual que tú.

—Elena es buena doctora —intervino Jeb con un asentimiento respetuoso—. Si la muchacha tiene la mitad de la sangre de su tía, aguantará el invierno. Pero Martha tiene razón, Abe. Alaska se está volviendo el vertedero de los que ya no encajan en el sur.

El nombre de Camila flotó en el aire de la tienda, pero para mí no fue más que un eco lejano, el nombre de otra náufraga en un mar de hielo. No la conocía, pero sentí una extraña punzada de empatía. ¿Qué clase de tormenta la habría empujado hasta aquí? Imaginé a esa desconocida en la clínica de la doctora Elena, rodeada de expedientes médicos y pacientes curtidos por el frío, buscando la misma paz que yo intentaba encontrar entre los troncos del aserradero. En Hollow Creek, las historias de los forasteros siempre se cruzan, pero por ahora, ella era solo una estadística más de la soledad.




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