Cenizas en el Hielo

Capítulo 10.

El aserradero no perdona los días de tormenta. El viento del norte soplaba con una saña que hacía temblar las naves de madera abierta, y el serrín volaba en remolinos que se te clavaban en los ojos como agujas de cristal. Mis guantes nuevos de piel de alce, ásperos y rígidos al principio, se habían convertido en mi posesión más valiosa. Sentir el agarre firme del cuero contra el metal helado del gancho de hierro me daba una falsa sensación de control, una que Alaska se encargaría de arrebatarme antes del mediodía.

Jacob estaba de mal humor. Las rampas de entrada estaban cubiertas por una fina capa de hielo negro, invisible y traicionera. Mover los troncos de abeto en esas condiciones era como empujar bloques de mármol sobre una pista de patinaje.

—¡Aseguren las cadenas! —rugió Jacob por encima del estruendo de la sierra principal—. Si un tronco se suelta con este viento, va a limpiar el muelle entero. ¡Muévanse!

Yo estaba en la línea de descarga junto a Tom, el hombre de las manos deformadas que se había sentado frente a mí en el comedor el día anterior. Tom era un tipo silencioso, un veterano del aserradero que se movía con la precisión de un reloj viejo. Trabajábamos en sintonía, usando nuestros ganchos para guiar un pino enorme de casi una tonelada que descendía lentamente por la rampa hacia la mesa de corte.

De pronto, el desastre ocurrió en una fracción de segundo.

La cadena trasera de la barcaza cedió con un chasquido metálico que sonó como un disparo. El tronco de abeto se ladeó violentamente, resbalando por el hielo negro de la rampa a una velocidad aterradora. Tom, que intentaba calzar una cuña de madera para frenarlo, pisó en falso. Su bota resbaló en la superficie congelada y cayó de espaldas, justo en la trayectoria del pino que bajaba como un alud de corteza y roca.

—¡Tom, muévete! —grité, pero el ruido de la sierra ahogó mi voz.

El pánico, ese viejo enemigo que solía congelarme en las juntas de Wall Street cuando las acciones caían, intentó apoderarse de mí. Mi mente calculó las probabilidades en un milisegundo: si me quedaba quieto, el tronco aplastaría las piernas de Tom; si intervenía, podíamos caer los dos. Pero el Adrián Volkov que solo pensaba en pérdidas y ganancias ya no existía. Ese parásito había muerto de hambre en el lago congelado.

Apreté los dientes y me lancé hacia adelante. No lo pensé. Clavé mi gancho de hierro con toda la fuerza de mis hombros en el costado del tronco en movimiento, usando mi propio peso como un ancla humana. El impacto me sacudió los brazos, un dolor lacerante me recorrió la columna y sentí cómo el cuero de mis guantes nuevos humeaba por la fricción. Logré desviar la trayectoria del abeto apenas unos centímetros, lo suficiente para que pasara rozando el costado de Tom antes de estrellarse contra la valla de contención con un estruendo que hizo temblar la nave.

El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el siseo de la sierra circular girando en el vacío.

Me dejé caer en la nieve, jadeando, con el brazo derecho temblando incontrolablemente. Al mirar hacia abajo, vi que un trozo de metal astillado de la cadena rota me había atravesado la lona del peto, dejando un corte profundo en mi antebrazo. La sangre roja y espesa comenzó a teñir la nieve blanca con una rapidez alarmante.

Jacob llegó corriendo, seguido por los demás estibadores. Miró el tronco desviado, miró a Tom, que se levantaba aturdido, y finalmente se detuvo ante mí, arrodillándose en el suelo.

—Te ha faltado un pelo para que te cortara en dos, Chico —gruñó Jacob, pero su voz ya no tenía la dureza de antes. Había un rastro de asombro en sus ojos—. Has salvado las piernas de Tom.

—El dolor es real, ¿no? —logré bromear, aunque el mareo empezaba a nublarme la vista.

Tom se acercó, me miró las manos ensangrentadas y luego me puso una mano en el hombro no herido. No dijo nada, pero el apretón fue tan fuerte que dolió. No necesitaba palabras.

—Ese corte es profundo, Abe. Necesitas puntos y aquí no tenemos cómo coserte —dijo Jacob, examinando la herida con el ceño fruncido—. El viento está empeorando y Jeb no está aquí con la camioneta. Tomó las llaves de su auto. Vamos a la clínica comunitaria, al otro lado de la colina. La doctora Elena es la única que puede remendarte antes de que esa herida se infecte con el serrín.

Quince minutos después, nos encontrábamos en el viejo jeep de Jacob por una carretera que parecía borrarse bajo la nieve. El dolor en el brazo era un recordatorio constante de que estaba vivo, pero mi mente estaba extrañamente concentrada en las palabras de Martha del día anterior. La doctora Elena trajo a su sobrina... Una tal Camila. Estacioné frente a la clínica, un edificio modesto de madera blanca con un letrero desgastado que apenas se leía bajo la tormenta. Al empujar la puerta, el tintineo de una campana rompió el silencio del interior. El lugar olía a antiséptico, a alcohol y a ese calor artificial y reconfortante de las estufas de queroseno. Me sostuve el brazo herido con la mano izquierda, dejando un rastro de gotas rojas en el linóleo limpio del suelo.

Detrás del mostrador de recepción, de espaldas a mí, una mujer de cabello oscuro ordenaba unos expedientes médicos en una estantería de metal. Su silueta contrastaba con la luz gris de la ventana.

—Buenas tardes, la doctora Elena se encuentra... —comenzó a decir Jacob, al girarse lentamente al escuchar nuestros pasos, el mundo se detuvo por un instante.




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