El olor a alcohol isopropílico siempre me había recordado a los laboratorios de las farmacéuticas que mi abuelo Viktor intentaba comprar, lugares estériles donde el dolor se cuantificaba en acciones y patentes. Pero aquí, mientras Camila me presionaba una gasa limpia contra el antebrazo para contener la hemorragia, el olor a desinfectante se mezclaba con el de la resina que llevaba pegada a la piel.
—Presiona aquí —me ordenó ella con voz suave pero firme, colocando mis propios dedos cubiertos por el guante de alce sobre la gasa—. No dejes que se mueva mientras busco a mi tía.
La vi alejarse hacia el pasillo del fondo, con paso rápido y seguro. Jacob se quedó de pie junto a la puerta de la sala de curaciones, quitándose la gorra con una timidez que nunca le había visto en el aserradero.
—Es una buena chica —susurró Jacob, mirando hacia donde Camila había desaparecido—. Llegó hace apenas un par de semanas. No habla mucho, pero se nota que tiene escuela. No pertenece a este barro, igual que tú, Abe.
No respondí. El dolor en el brazo empezaba a transformarse en un latido constante y ardiente que me subía hasta el cuello. Me obligué a mirar la estancia: paredes de madera pintadas de blanco, un par de vitrinas con instrumental médico antiguo y un cartel que explicaba cómo prevenir la congelación. Todo era austero, limpio y necesario.
La puerta se abrió de golpe y entró la doctora Elena, una mujer de unos cincuenta años con el cabello canoso recogido en una trenza estricta y unos ojos que parecían capaces de diagnosticarte el alma con solo mirarte. Venía seguida por Camila, que ya traía una bandeja metálica con los utensilios de sutura.
—Vaya, Jacob, parece que por fin encontraste a alguien que trabaja más rápido que tu sierra —dijo la doctora Elena, acercándose a mí sin preámbulos—. Déjame ver eso, muchacho.
Jacob dio un paso atrás, asintiendo.
—Le salvó las piernas a Tom, doc. Se interpuso entre él y un abeto de una tonelada.
Elena arqueó las cejas, pero no hizo ningún comentario de admiración. Me retiró la gasa empapada en sangre con un movimiento rápido que me hizo contener el aliento. Examinó el corte profundo, limpiando los bordes con una solución antiséptica que me quemó como fuego líquido. No me quejé; apreté los dientes hasta que sentí que me iban a estallar.
—Es un corte limpio, pero profundo. El metal de la cadena te desgarró la lona y la piel. Vas a necesitar al menos ocho puntos —dictaminó la doctora, mirando de reojo mis manos y luego mi rostro—. Camila, prepara la lidocaína y limpia el aserrín que tiene alrededor de la herida. No queremos que esto se infecte con madera de pino.
Camila se acercó con un frasco y unas pinzas con algodón. Al estar tan cerca, pude notar que evitaba mirarme directamente a los ojos, concentrada por completo en su tarea. Sus dedos eran delicados, pero se movían con una precisión técnica que delataba que, aunque fuera nueva en Alaska, no era ninguna improvisada. Mientras limpiaba los restos de aserrín de mi brazo, su cabello oscuro rozó apenas mi hombro, y por un segundo, el aroma sutil de su champú barrió el olor a grasa y sudor que me rodeaba.
—Va a doler un poco —dijo ella en un susurro, rompiendo su silencio mientras la doctora Elena preparaba la aguja.
—He tenido dolores peores —respondí, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.
Camila levantó la vista por una fracción de segundo. Sus ojos grandes y melancólicos se encontraron con los míos. Había una pregunta implícita en su mirada, una curiosidad latente al notar que mi acento y mi forma de hablar no encajaban con el peto de lona áspera ni con el ambiente de Hollow Creek. Ella reconoció en mí lo mismo que yo veía en ella: el rastro de la gran ciudad, el peso de un secreto.
—En el norte, el dolor es el único que te recuerda que sigues vivo —intervino la doctora Elena, rompiendo la tensión entre nosotros mientras clavaba la primera aguja en mi piel—. Jacob, puedes irte a atender tu aserradero. Este chico no se va a morir hoy. Camila o yo lo llevara de vuelta a su casa cuando termine de remendarlo.
Jacob se despidió con un rudo asentimiento y salió, dejando que el tintineo de la campana de la entrada anunciara su partida.
La sesión de sutura fue un calvario silencioso. Cada vez que la aguja atravesaba la carne, sentía la tentación de cerrar los ojos y dejarme llevar por el mareo, pero me obligué a mantener la vista fija en la ventana, donde la tormenta de nieve seguía golpeando el cristal. Camila se mantuvo a mi lado todo el tiempo, alcanzándole el hilo a su tía y limpiando el exceso de sangre con una gasa. Su presencia, extrañamente, se convirtió en mi ancla; no quería mostrar debilidad frente a esa forastera que parecía sostener su propio mundo con la misma fragilidad y fuerza que yo.
—Listo —dijo la doctora Elena después de lo que parecieron horas, cortando el hilo con un chasquido metálico—. Una costura digna de un traje de sastre. Camila, ponle el vendaje de compresión y dale dos pastillas para la fiebre. Va a tener una noche difícil.
Elena se alejó hacia su escritorio para anotar en el expediente, dejándonos solos de nuevo. Camila comenzó a envolver mi brazo con la venda, asegurándose de que quedara firme, pero sin cortar la circulación. Su cercanía me obligaba a respirar a su ritmo.
—Gracias, Camila —dije, leyendo el gafete de su solapa por segunda vez.