Cenizas en el Hielo

Capítulo 12.

La tormenta había decidido borrar los límites del mundo. Al salir de la clínica, el viento blanco golpeaba con tanta furia que los pinos del fondo parecían espectros difuminados en la nada. La doctora Elena se había quedado atendiendo una emergencia de última hora por radio, así que fue Camila quien tomó las llaves de la vieja camioneta equipada con cadenas.

Subir al vehículo fue un triunfo de la voluntad sobre el dolor. El entumecimiento de la lidocaína empezaba a desvanecerse, cediendo el paso a un latido ardiente y rítmico que me recordaba los ocho puntos de sutura en mi antebrazo. Me acomodé en el asiento del copiloto, sosteniendo mi brazo vendado contra el pecho como si fuera un tesoro frágil.

Camila subió al lado del conductor. Se quitó la bata de enfermería, quedándose con un suéter grueso de lana oscura que hacía resaltar la palidez de su rostro y la profundidad de sus ojos melancólicos. Encendió el motor, que rugió con una vibración pesada, y puso la calefacción al máximo.

—¿Hacia dónde vamos, Abe? —preguntó, manteniendo la vista fija en el parabrisas, donde los limpiaparabrisas luchaban contra una capa de escarcha.

—Cerca de la propiedad de Jeb —respondí, y notar la vibración de mi propia voz me recordó lo exhausto que estaba—. La cabaña pequeña que está junto al linde del bosque.

Ella asintió y puso el vehículo en marcha. Avanzamos a vuelta de rueda por la carretera que Jacob y yo habíamos cruzado quince minutos antes, pero que ahora parecía un páramo completamente distinto. El silencio dentro de la cabina era denso, pero no incómodo. Era el silencio de dos personas que sabían lo que era cargar con demasiado peso en la espalda y agradecían que nadie les hiciera preguntas.

Miré de reojo sus manos sobre el volante. Eran firmes, decididas, pero la tensión en sus nudillos delataba que manejar en mitad de un temporal de Alaska requería una concentración absoluta.

—Martha tenía razón —soltó ella de repente, rompiendo la quietud sin apartar los ojos del camino blanco—. No eres de por aquí. Tu acento... la forma en que hablas. Hueles a ciudad a kilómetros de distancia.

Una pequeña sonrisa amarga curvó mis labios.

—¿Y a qué huele la ciudad, Camila?

—A prisa —respondió ella de inmediato, y por primera vez sentí un matiz de nostalgia, o quizás de rechazo, en su tono—. A gente que camina rápido sin mirar a los lados. A ruido constante que te impide escuchar tus propios pensamientos. Aquí el silencio es tan fuerte que al principio asusta. Pero luego te das cuenta de que es lo único que te permite sanar.

Apoyé la cabeza contra el cristal frío de la ventana, sintiendo cómo sus palabras resonaban en el mismo lugar donde las críticas de mi abuelo Viktor solían hacerme daño. Ella tenía razón. En Nueva York, el ruido de las transacciones, las órdenes y las falsas lealtades me habían dejado el alma hueca. Aquí, el dolor de mis manos y el latido de mi brazo eran reales. Eran míos.

—¿Y tú por qué estás aquí? —pregunté, arriesgándome un poco, buscando saber qué tormenta la había empujado al fin del mundo.

Camila guardó silencio durante un largo tramo. La camioneta patinó ligeramente en una curva, pero ella corrigió la dirección con una destreza heredada de su tía Elena. Cuando volvió a hablar, su voz era un susurro que casi se perdía con el siseo de la calefacción.

—Vine buscando un lugar donde mi nombre no importara —dijo de forma simple—. Un lugar donde el invierno fuera lo suficientemente fuerte como para congelar los errores de otros. Mi tía me dijo que aquí el hielo no miente. Y yo necesitaba algo de verdad en mi vida.

No añadí nada más. No hacía falta. En ese cruce de palabras mudas, entendí que ambos éramos náufragos que habían elegido el mismo desierto blanco para reconstruir sus naves rotas. No nos conocíamos, no sabíamos de dónde veníamos ni qué escándalos habíamos dejado atrás en el sur, pero esa tarde, bajo la tormenta de Hollow Creek, éramos los únicos que entendíamos el lenguaje de la huida.

La camioneta finalmente se detuvo frente a mi pequeña cabaña. La luz de la estufa que había dejado encendida en la mañana parpadeaba débilmente a través de la ventana, como un faro rústico.

—Llegamos —dijo Camila, apagando las luces largas, pero dejando el motor en marcha.

Me giré hacia ella, sosteniendo su mirada oscura.

—Gracias por el viaje, Camila. Y por los puntos.

—Asegúrate de tomar las pastillas para la fiebre, Abe —respondió ella, y esta vez su sonrisa fue un poco más visible, suavizando las sombras de sus ojos—. Y recuerda lo que te dije: los hombres buenos no crecen silvestres en Alaska. Cuida ese brazo.

—Lo haré.

Bajé de la camioneta, recibiendo el impacto del aire helado directo en el rostro. Caminé hacia el porche con paso pesado, sintiendo que el cansancio acumulado de los días en el muelle y el aserradero finalmente me pasaba la factura completa. Al llegar a la puerta, miré hacia atrás. La camioneta de la clínica dio la vuelta lentamente y sus luces traseras rojas desaparecieron en la cortina de nieve, dejándome a solas con el invierno.

Pero no estaba solo.

Al pie de la escalera, resguardado bajo el pequeño tejado del porche para protegerse del viento, estaba Sombra. El lobo se puso de pie en cuanto mis botas pisaron la madera. No hizo amago de retirarse ni mostró los dientes; simplemente se acercó un paso, alzando su hocico gris para olfatear el olor a antiséptico, a sangre y el rastro sutil del champú de Camila que aún llevaba pegado a la parka.




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