Cenizas en el Hielo

Capítulo 13.

La fiebre de la primera noche se había llevado los últimos restos del Adrián Volkov que dependía del lujo para sentirse poderoso. Despertar en la penumbra de mi cabaña, con el brazo latiendo bajo el vendaje que Camila había colocado con tanta precisión, me recordó que cada día en Alaska se pagaba con sangre o con sudor. Las pastillas que me dio la doctora Elena habían hecho su trabajo, pero el verdadero analgésico era saber que, al abrir la puerta, Sombra seguía allí, una silueta gris que custodiaba mi entrada antes de perderse entre los árboles con el primer rayo de sol. La tregua con el animal era el único territorio seguro en mi mente.

Pasaron tres días antes de que me permitieran volver al trabajo pesado. Jeb me había obligado a quedarme en la cabaña limpiando pescado y afilando herramientas, mirándome de reojo como quien vigila a un animal herido que no sabe cuándo detenerse. Pero para el cuarto día, el aserradero de Jacob me llamaba. Necesitaba el dinero, sí, pero sobre todo necesitaba mantener la mente ocupada para no pensar en los ojos melancólicos de la chica de la clínica.

Cuando Jeb me dejó en la entrada del complejo, el aire del norte soplaba con una saña helada que congelaba el aliento. El rugido de las sierras circulares seguía siendo el mismo, el olor a resina y gasolina continuaba impregnando el aire, y yo me dispuse a demostrar que mis ocho puntos de sutura no me hacían menos útil.

Sin embargo, para el mediodía, el esfuerzo empezó a pasarme la factura. Al cargar un tablón de abeto especialmente pesado, sentí un tirón violento en el antebrazo. Un calor líquido y punzante me recorrió la piel. Al mirarme de reojo, vi que la lona del peto empezaba a mancharse de un rojo oscuro. El polvo del pino y el sudor se habían filtrado bajo la venda, y la herida protestaba con furia.

Jacob, que supervisaba la línea, me vio detener de golpe el gancho de hierro y apretar los dientes. Se acercó con el ceño fruncido y me examinó el brazo sin delicadeza.

—Estás goteando, Chico —gruñó, señalando la mancha—. Te dije que usaras la cadera, no los brazos. Si esa porquería se infecta con el aserrín, la doctora Elena me va a colgar de la sierra principal. Deja el gancho. Toma las llaves de mi jeep y ve a la clínica ahora mismo. Es una orden.

No quise discutir. El mareo empezaba a flotar en la periferia de mi visión y el brazo me quemaba como si tuviera brasas debajo de la piel.

Manejar hasta la clínica comunitaria fue un calvario silencioso. Al empujar la puerta de madera blanca y escuchar el tintineo de la campana, el olor a antiséptico y el calor de la estufa de queroseno me recibieron como un bofetón. Detrás del mostrador de recepción no estaba la doctora Elena. Estaba ella.

Camila llevaba el cabello oscuro recogido en un moño descuidado, del que escapaban algunos mechones que enmarcaban la palidez de su rostro. Anotaba algo en un expediente con una concentración absoluta. Al escuchar mis pasos pesados y ver entrar mi silueta cubierta de aserrín, con la mandíbula tensa y sosteniéndome el brazo ensangrentado, sus ojos grandes se achicaron con una desconfianza inmediata. El ambiente se volvió eléctrico en un segundo.

—¿Qué haces aquí, Abe? —preguntó, cruzando los brazos sobre la bata limpia. Su voz no tenía la suavidad del otro día; era un látigo de firmeza—. Te dije que tenías que descansar ese brazo si no querías arruinar la costura. ¿Eres tonto o simplemente te gusta venir a molestar a los que sí trabajamos?

La hostilidad en su voz me tomó por sorpresa, pero despertó mi antigua arrogancia, esa que intentaba enterrar en la nieve pero que salía a flote cuando me sentía acorralado.

—Vengo a ver a la doctora, no a ti, Camila —respondí, dando un paso hacia el mostrador, dejando deliberadamente que el olor rudo a sudor, resina y madera invadiera su espacio estéril—. Y si trabajo o no, no es asunto de una auxiliar de enfermería que parece estar aquí acomodando papeles solo para huir del aburrimiento.

Camila se puso de pie de inmediato, con las mejillas encendidas por una indignación vibrante. Sus ojos melancólicos se transformaron en dos brasas de desafío puro. Salió de detrás del mostrador, encarándome sin dar un solo paso atrás. Me llegaba apenas al pecho, pero su postura tenía una fuerza que me obligó a sostenerle la mirada.

—¿Huir del aburrimiento? —su voz bajó un tono, volviéndose peligrosamente afilada—. No tienes la menor idea de por qué estoy aquí, "Chico del aserradero". Así que guárdate tus comentarios de sabelotodo. Si volviste a abrirte la piel por querer jugar al macho alfa con los troncos, puedes buscar una aguja y coserte tú mismo en el porche.

—La herida está bien —mentí, aunque el brazo me daba latidos insoportables—. Solo vengo porque Jacob se puso paranoico con el aserrín.

—Déjame ver eso —ordenó, dándose cuenta de mi mueca de dolor.

Antes de que pudiera retirarme, me tomó del antebrazo con firmeza. Al notar la rigidez de mis músculos y el temblor involuntario de mis dedos, su agarre se volvió un poco más cuidadoso, pero su mirada no cedió ni un milímetro de su orgullo.

—Pasa a la sala de curaciones —sentenció, soltando mi brazo—. Mi tía salió a atender una emergencia en una granja lejana. Te atiendo yo o te vas a tu cabaña a esperar que la infección decida por ti. Tú eliges, Abe.

Nos quedamos parados a escasos centímetros, respirando el mismo aire tenso, midiendo nuestras fuerzas invisibles. La atracción estaba ahí, agazapada y peligrosa, disfrazada de rabia y de una profunda desconfianza mutua. Su mirada me decía que yo era un tipo rudo y arrogante con secretos oscuros que pretendía pasar por encima de sus reglas; yo sabía que ella era una mujer con un pasado tan pesado como el mío, defendiendo su nuevo territorio con uñas y dientes. Y verla así, tan indomable, solo hacía que deseara descifrar qué había detrás de sus muros.




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