Cenizas en el Hielo

Capítulo 14.

La sala de curaciones parecía haberse encogido. El zumbido de la estufa de queroseno era el único sonido que competía con el ritmo acelerado de mi propio pulso. Me senté en el borde de la camilla de exploración, apoyando las botas sucias contra el peldaño metálico. Me quité el guante de piel de alce de la mano herida con los dientes, arrojándolo sobre la mesa auxiliar con un golpe seco.

Camila se acercó sosteniendo una bandeja de acero inoxidable. No me miraba a la cara; su atención estaba fija en la mancha de sangre que seguía extendiéndose por la lona de mi peto. Tenía esa barbilla alzada, esa rigidez en los hombros que delataba que preferiría estar en cualquier otro lugar antes que encerrada conmigo, pero su profesionalismo era un muro que no iba a dejar caer.

—Quítate la parka y la camisa —ordenó, con una frialdad que pretendía marcar una distancia segura—. No puedo trabajar a través de la lona.

—¿Vas a poder tú sola, auxiliar, o prefieres que esperemos a que tu tía regrese para que te tome de la mano? —la provoqué, arrastrando las palabras mientras me desabrochaba los botones con la mano izquierda, conteniendo un gruñido cuando el movimiento tiró de los puntos.

Camila dejó la bandeja sobre la mesa con un ruido metálico exagerado. Se plantó frente a mí, con las manos en las caderas y los ojos echando chispas.

—Si vuelves a usar ese tono de superioridad conmigo, Abe, te juro que te saco el serrín de la herida con un cepillo de alambre —siseó, dándome una mirada tan letal que me recordó a una felina acorralada—. Aquí no eres el rey de nada. Quítate la ropa de una vez si no quieres que use las tijeras de trauma para romperla.

Una sonrisa oscura apareció en mis labios. Me quité la parka y me deslicé la camisa pesada por los hombros, quedando en una camiseta de tirantes que dejaba al descubierto mis brazos y el torso curtido por los días de muelle. La lona de mi peto quedó abajo, en mi cintura. El antebrazo derecho era un desastre: la costura de ocho puntos estaba hinchada, rodeada de un halo rojizo, y un hilo de sangre mezclado con linfa corría hacia mi muñeca.

Camila dio un paso al frente. Su hostilidad pareció evaporarse por un segundo, reemplazada por esa concentración médica tan pura. Se inclinó sobre mi brazo. Al estar tan cerca, el calor de su cuerpo barrió el frío de la sala. Llevaba unos guantes de látex que chirriaron cuando tomó mis dedos para levantar el brazo.

—Esto va a doler —advirtió, mirándome fijamente a los ojos, como desafiándome a quejarme—. Y no pienso ser delicada.

—Haz lo que tengas que hacer —respondí, sosteniéndole la mirada.

Tomó unas pinzas y una gasa empapada en una solución y la presionó directamente sobre la herida abierta. El dolor fue un latigazo de fuego líquido que me subió por el hombro y me obligó a tensar la mandíbula hasta que me crujieron los dientes. Mis músculos se contrajeron, volviéndose de piedra bajo sus dedos. No aparté los ojos de los suyos. Vi cómo sus pupilas se dilataban al notar mi resistencia, una mezcla de sorpresa y algo más que no supimos nombrar.

Camila no retrocedió. Con una firmeza que me aceleró el pecho, usó las pinzas para limpiar con cuidado milimétrico el polvo de pino atrapado entre los hilos de la sutura. Su respiración, un poco más agitada que antes, me golpeaba la piel del cuello cada vez que se inclinaba un poco más. Podía oler el aroma fresco de su piel, el rastro sutil de su champú que contrastaba de forma salvaje con el olor a sudor y aserrín que emanaba de mí.

—Tienes una resistencia al dolor bastante estúpida —murmuró ella, sin levantar la vista, pero sus dedos, al limpiar la sangre sobrante, se volvieron extrañamente más suaves, rozando la piel sana de mi brazo con una lentitud que ya no tenía nada de médica.

—Vengo de una familia donde mostrar debilidad es una sentencia de muerte —respondí en un susurro ronco, sintiendo que la cercanía me estaba afectando más que la pérdida de sangre.

Camila se detuvo por un instante. Las pinzas quedaron inmóviles a milímetros de mi piel. Levantó los ojos lentamente, y la distancia entre nuestros rostros se redujo a un palmo. Sus ojos grandes, melancólicos y profundos, recorrieron las cicatrices de mis manos, subieron por mi cuello y se detuvieron en mis labios antes de volver a chocar con mi mirada. El aire en la habitación se volvió tan denso que costaba respirar. Había una corriente eléctrica, una tensión sexual tan salvaje y cruda que parecía congelar el tiempo fuera de la clínica.

Ella era fuego envuelto en hielo; yo era una tormenta buscando dónde estrellarse. Supe en ese segundo que, por mucho que nos atacáramos con palabras, nuestros cuerpos hablaban un idioma completamente distinto. Deseaba tomarla de la nuca con mi mano sana y borrar esa expresión de orgullo de sus labios con un beso que nos quemara a los dos, y por la forma en que su pecho subía y bajaba con rapidez, me quedó claro que ella estaba pensando exactamente lo mismo.

Camila tragó saliva, rompiendo el hechizo con un parpadeo rápido. Dio un paso atrás, aclarándose la garganta mientras dejaba las pinzas en la bandeja. Sus manos, siempre tan perfectas, temblaron ligeramente cuando tomó el frasco de ungüento antibiótico.

—La herida no está infectada todavía —dijo, y su voz sonó un poco más aguda de lo normal, perdiendo esa firmeza absoluta—. Pero si vuelves a hacer un esfuerzo así en el aserradero, los puntos se van a desgarrar y te va a quedar una cicatriz horrible. Aunque supongo que a un tipo como tú las cicatrices no le importan.




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