El aire helado de la tarde me golpeó la cara en cuanto puse un pie fuera de la clínica, pero esta vez la ventisca no logró entumecerme los sentidos. El Jeep de Jacob arrancó con un quejido mecánico, y mientras conducía de regreso por la carretera blanca, el volante vibraba bajo mi mano izquierda. Mi antebrazo derecho, perfectamente vendado por los dedos temblorosos de Camila, era un foco de calor intermitente. Todavía sentía el rastro sutil del aroma de su champú metido en mis fosas nasales, un contraste ridículamente dulce frente al olor a hierro de mi propia sangre y al desinfectante que impregnaba la cabina.
Apreté el volante con la mano sana, maldiciendo entre dientes. Esa mujer era un peligro. Tenía la misma mirada indomable de las personas que no se doblegan ante nadie, una altivez que en Nueva York habría destruido a cualquier rival en una mesa de negocios, pero que aquí, en mitad de la nada, se convertía en un imán que me destrozaba los nervios. Sabía que no debía volver en tres días, tal como me había ordenado, pero la idea de pasar setenta y dos horas sin volver a retar esos ojos melancólicos se sentía como una condena que no estaba dispuesto a cumplir del todo.
Cuando estacioné el Jeep frente al aserradero para devolver las llaves, Jacob ya estaba esperándome junto a la rampa principal. Tenía los brazos cruzados sobre su enorme pecho y me observó bajar con detenimiento, evaluando la blancura del vendaje limpio.
—Te dejó como nuevo —gruñó Jacob, lanzándome una mirada de aprobación—. Me alegra que no pasara a mayores, Chico. Mañana te quiero en la mesa de control; no vas a cargar tablones con esos puntos reforzados, pero tu cerebro sigue intacto. Vete a casa, Jeb pasó por aquí hace un rato y me dijo que te esperaría en la cabaña.
Caminé el trayecto de regreso hacia la cabaña pequeña, dejando que la caminata bajo la penumbra del bosque apaciguara el torbellino de mi mente. Al acercarme al porche, vi la camioneta de Jeb estacionada de lado, con el motor apagado pero el humo de la chimenea de mi cabaña ascendiendo con fuerza hacia el cielo gris. Jeb ya había encendido la estufa.
Al subir los escalones de madera, una silueta se materializó desde el costado del cobertizo. Sombra.
El lobo avanzó con pasos lentos, con las orejas alzadas y la cola recta. Me detuve en seco en el último escalón. El animal no emitió ningún gruñido, pero sus ojos ámbar se clavaron en mi brazo vendado. Se acercó lo suficiente como para que pudiera sentir el calor de su respiración en el aire congelado. Alzó el hocico y olfateó el aire insistentemente. Sombra no solo reconocía el olor de mi sangre fresca bajo la gasa; estaba detectando algo más. Su nariz rozó apenas el borde de mi parka, justo donde el cabello de Camila se había apoyado unos minutos antes.
El lobo soltó un bufido corto, una especie de estornudo salvaje, y luego retrocedió dos pasos, ladeando la cabeza como si estuviera procesando la información.
—Es el olor de la clínica, amigo —le susurré, manteniendo la mano sana a la vista—. Nada de qué preocuparse. Seguimos siendo tú y yo.
Sombra me lanzó una última mirada analítica antes de dar la vuelta y echarse junto a la pila de leña, manteniendo su guardia, pero demostrando que mi nuevo aroma no rompía la tregua. Había algo en su aceptación que me dio una solidez que necesitaba con urgencia. El lobo ya no me veía como una presa o un parásito; me estaba leyendo como a un miembro de su entorno.
Empujé la puerta de la cabaña y el calor del queroseno me envolvió. Jeb estaba sentado a mi mesa de cedro, comiendo un poco de cecina. No levantó la vista de inmediato, pero su expresión seria me indicó que el reporte de mi necedad ya había llegado a sus oídos.
—Jacob me llamó por radio —dijo Jeb, con su voz de trueno ahogado—. Te di tres días de reposo tras el accidente de Tom, Abe. Te advertí que la lona del peto no protege los puntos si te pones a levantar abetos antes de tiempo.
Me quité la parka despacio, sintiendo el peso de su regaño legítimo. Sentarse frente a Jeb era como confesarse ante un juez que no aceptaba excusas.
—Necesitaba moverme, Jeb. No sé quedarme sentado de brazos cruzados viendo cómo se acumulan las facturas.
—Pues ahora vas a tener que aprender por las malas —Jeb se puso de pie, cruzando la habitación para dejar un plato de estofado caliente sobre la mesa—. Jacob me dijo que tuviste que ir de urgencia a que te remendaran el desastre. ¿Te atendió la sobrina de Elena?
El nombre de Camila pareció flotar en el espacio cerrado de la cabaña con la misma fuerza eléctrica que en la sala de curaciones. Me senté a la mesa, tomando la cuchara con la mano izquierda para evitar el dolor.
—Sí. La doctora no estaba. Ella limpió el serrín y aseguró la costura.
Jeb se apoyó contra el marco de la cocina, mirándome con esos ojos curtidos que habían visto pasar demasiados inviernos y demasiados secretos por Hollow Creek.
—Esa muchacha es como el hielo nuevo, Abe. Parece frágil por encima, pero si pisas con demasiada fuerza, te vas al fondo antes de que puedas gritar. Elena me confesó hace unos días que la trajo al norte para alejarla de un infierno en Nueva York, un entorno de esos donde la gente con dinero cree que puede comprar vidas. Ten cuidado. Dos personas que huyen de los mismos monstruos a veces terminan creando una tormenta peor cuando se juntan. Tu orgullo y el de ella van a terminar quemando el pueblo si no mides tus pasos.