Cenizas en el Hielo

Capítulo 16.

Los tres días de tregua médica que Camila me había impuesto se sintieron más largos que todo el invierno de Alaska junto. Cumpliendo la orden de Jacob, pasé de la rampa de descarga a la cabina de la mesa de control, un espacio cerrado de cristal reforzado desde donde se manejaban las palancas hidráulicas que alimentaban la sierra principal. Ya no tenía que enterrar el gancho de hierro en la corteza helada ni arriesgar los dedos contra el acero, pero el esfuerzo psicológico era otro tipo de tortura. Mi antebrazo derecho, caliente y punzante bajo el vendaje impecable, me recordó con cada latido el roce de sus manos enguantadas y el filo de sus palabras.

Desde la altura de la cabina, el aserradero se veía como un tablero de ajedrez rústico. Abajo, los hombres se movían entre el vapor y el aserrín, y por primera vez, me di cuenta de que me miraban de otra manera. Cuando Tom pasó por debajo de mi ventanilla cargando un fardo de listones, levantó la mano y me saludó con un asentimiento firme. El “chico de ciudad” se había ganado el derecho a estar allí.

Al final del segundo día, el rugido de los motores finalmente se apagó, dejando un silencio denso en la cabina. Jacob entró arrastrando las botas, con dos tazas de peltre que humeaban con un café negro y espeso. Me entregó una y se apoyó contra el panel de control, observándome con esos ojos que parecían haber visto pasar demasiados inviernos.

—No lo haces mal con las palancas, Abe —dijo Jacob, dando un sorbo largo—. Tienes reflejos rápidos. Se nota a leguas que estabas acostumbrado a tomar decisiones en milisegundos, aunque tus pantallas de antes no tuvieran dientes de acero capaces de partir un camión en dos.

Sostuve la taza con la mano izquierda, sintiendo el calor directo en la piel. Sonreí de medio lado, con amargura.

—En Nueva York las pantallas también tenían dientes, Jacob —respondí, mirando el cristal empañado—. Solo que allá la gente sangra en silencio a través de sus cuentas bancarias y los despidos corporativos. Aquí el peligro es más honesto. Si te equivocas, la máquina te arranca un brazo y ya está. Allá te arrancan el alma y te piden que sonrías.

Jacob soltó una carcajada ronca que terminó en un carraspeo. Luego, se puso serio y me clavó la mirada.

—Sabemos que eres de ciudad, Abe. Desde el primer segundo en que bajaste de la camioneta de Jeb con esos zapatos caros y las manos blandas de quien nunca ha levantado nada más pesado que un bolígrafo. En Hollow Creek somos rudos, pero no estúpidos.

Dejé la taza sobre la mesa de control. El vapor me daba en la cara. Decidí que ya no tenía sentido seguir escondiendo lo evidente con los hombres que me habían recogido del suelo.

—Salí huyendo de mi vida en Nueva York —confesé, y la verdad sonó pesada, liberadora—. Lo perdí todo. O más bien, dejé que todo lo que era se fuera al demonio porque ya no podía respirar en ese lugar. Vine aquí porque necesitaba desaparecer.

Jacob asintió lentamente, sin mostrar sorpresa. Para él, mi confesión era solo la confirmación de una sospecha que ya tenía archivada.

—Se te nota en los ojos, Chico. El pasado te pesa en los hombros como un saco de arena húmeda —Jacob se acomodando la gorra de lana—. Por eso Jeb te dio su bienvenida típica. Esa forma de tratarte como a un parásito, de dejarte en la cabaña abandonada con lo mínimo y mandarte al muelle el primer día... Todo eso fue una prueba. Quería ver si aguantabas el frío, el dolor y el orgullo, o si salías corriendo en el primer avión de vuelta al sur.

—¿Una prueba? —arqueé las cejas, recordando el frío de las primeras noches.

—Una prueba de fuego —afirmó Jacob—. Aquí llega mucha gente de la gran ciudad creyendo que Alaska es un campamento de verano o un paisaje para tomar fotos. Al tercer día de congelarse los dedos, están llorando por un café con leche y un hotel con calefacción. Pero tú no te quebraste. Te abriste el brazo salvando a Tom y volviste al taller con los puntos sangrando. Te ganaste a Jeb, y te ganaste este aserradero. Por eso sigues aquí.

El calor del café ya no era lo único que me calentaba el pecho. Saber que la dureza de Jeb tenía un propósito me hizo respetarlo aún más.

—Martha me dijo que la doctora Elena regresó anoche —cambió de tema Jacob, con una chispa de picardía en los ojos—. Dice que su sobrina, Camila, estuvo a cargo de toda la clínica sola durante la tormenta. Al parecer, tiene el mismo temperamento indomable que la tía. No se le movió un pelo, a pesar de que tuvo que remendar a un necio testarudo que se abrió la costura por puro orgullo.

—Cumplió con su deber —dije, intentando que mi voz recuperara la frialdad corporativa—. Es una mujer estricta.

—Tiene carácter —sentenció Jacob, abriendo la puerta de la cabina—. Y en el norte, la gente sin carácter se la come el bosque antes del deshielo. Ella va a aguantar. Y tú también, si dejas de buscar peleas con los troncos. Baja ya, el turno terminó.

Al tercer día, la fiebre finalmente remitió por completo, dejando una costra dura y limpia sobre la sutura de mi brazo. Cuando la sirena del aserradero anunció el cierre de la jornada, bajé de la cabina sintiendo que había cumplido mi condena de aislamiento en las alturas. Jeb no pudo pasar a buscarme porque una de las ovejas de su corral estaba teniendo un parto complicado, así que decidí caminar el trayecto hacia el pueblo. Mis botas crujían rítmicamente contra la nieve compacta, y a los pocos minutos de internarme en el sendero flanqueado por pinos, una sombra gris apareció a mi costado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.