CAMILA
Los tres días de tregua médica que le impuse a Abe se habían transformado en una cuenta regresiva insoportable dentro de mi propia cabeza. Me quedé inmóvil ante el mostrador de la recepción, acomodando unos expedientes con manos torpes mientras miraba de reojo la puerta de cristal de la clínica. El recuerdo de esa tarde seguía intacto: el vacío eléctrico en el aire, el agua helada corriendo por mis manos tras atenderlo y la imagen de mis propias mejillas encendidas en el espejo.
Abe era una amenaza. Un peligro absoluto para la paz que tanto me había costado construir en este rincón olvidado de Alaska.
—¿Esperando a nuestro paciente favorito? —la voz de mi tía Elena me hizo dar un brinco. Estaba apoyada en el marco de la puerta de la sala de curaciones, observándome con esa mirada clínica que parecía diseccionar mis pensamientos más ocultos—. Tienes los nervios de punta, Camila. No es el primer paciente que remendamos, y ciertamente no será el último.
—Es un arrogante, tía —respondí, ordenando los frascos con excesiva energía para ocultar mi agitación—. Cree que porque viene de la ciudad tiene derecho a cuestionar cómo hago mi trabajo. Me mira como si supiera exactamente lo que estoy escondiendo, y eso me enfurece.
Elena soltó un bufido corto y se acercó para ayudarme.
—Ese muchacho no es de los que se quedan quietos, y tampoco es un obrero común, por mucho que Jeb lo intente hacer pasar por uno —mi tía me clavó esos ojos curtidos por los inviernos—. Tiene los modales de la gente del sur. Del tipo de gente con la que solías cruzarte en Manhattan.
Un frío repentino, que no tenía nada de meteorológico, me recorrió la espalda. Manhattan. El simple nombre de la ciudad me traía un eco de tacones sobre el mármol, contratos millonarios y la voz fría de mi padre recordándome cuál era mi deber con el apellido de la familia. Recordé la traición: el modo en que fui utilizada como peón, una pieza sacrificable en un juego para intentar destruir a Valeria, mi propia hermana, y a Dante Ricci. La humillación de descubrir que mi confianza, mi ingenuidad, había sido el arma con la que intentaron quebrar a las personas que más amaba.
Salí huyendo con el corazón hecho pedazos y una culpa que me pesaba más que cualquier abrigo de lana. Al principio, en Alaska, solo fui una camarera en un restaurante ruidoso, intentando olvidar el rastro de mentiras que dejé atrás. Pero los meses ayudando a Valeria en sus inicios como médica de rehabilitación me habían enseñado más de lo que yo misma quería admitir. Aquí, en la clínica de mi tía, atendiendo a gente que realmente necesitaba ayuda y no buscaba poder, había encontrado un silencio que me permitió respirar por primera vez en años.
—No es igual —dije, aunque mi propia voz sonó dudosa, casi una súplica—. Aquí no hay juegos de poder. Solo es gente sobreviviendo al invierno. Él... él es solo alguien que intenta encajar.
—¿Y tú? ¿Estás sobreviviendo o estás viviendo, Camila? —mi tía me puso una mano en el hombro, con una suavidad que casi me hizo romper a llorar—. No permitas que el miedo a otro error te convierta en piedra. Ese hombre... Abe... tiene las manos marcadas por el trabajo duro, pero sus ojos tienen el mismo peso que los tuyos. No lo mires como un enemigo. Míralo como alguien que, al igual que tú, está buscando dónde enterrar sus espectros.
Al mirar hacia la ventana de la recepción, saliendo del recuerdo de esa charla, vi los faros de un auto recortarse contra la nieve del pueblo, que parecía un espejismo de luces amarillas atrapadas en una cueva de hielo. Sabía que en cualquier momento la campana de la entrada volvería a sonar.
Pasará lo que pasará esta noche, la presencia de Abe lo cambiaba todo. Su cercanía en la sala de curaciones había despertado algo en mí que creía haber enterrado bajo la escarcha: el deseo, la electricidad de un roce, la necesidad de ser vista no como un trofeo o una moneda de cambio, sino como una mujer viva y real.
La tensión sexual entre nosotros había sido tan cruda que aún podía sentir el calor de su piel a través de los guantes de látex. Me obligué a respirar profundo, intentando despejar la imagen de sus labios cerca de los míos. No podía ilusionarme. La última vez que dejé que un hombre con secretos entrara en mi vida, el precio fue casi la destrucción de mi familia.
Pero la intensidad de su mirada, ese destello de inteligencia y dolor que compartíamos, era imposible de borrar. Abe creía que esto era un desafío de voluntades, un juego de "quién se rinde primero" entre un obrero y una "enfermera". Pero mientras observaba los copos de nieve estrellarse contra el cristal, supe la verdad: yo no tenía miedo de él. Tenía miedo de lo que pasaría si, por primera vez, dejaba de huir.
Abe me estaba obligando a bajar la guardia. Y en este pueblo, donde el invierno es capaz de congelar hasta la esperanza, el hecho de que mi corazón empezara a latir más rápido por alguien que debería ser un extraño, era la señal más peligrosa de todas. Estábamos a punto de entrar en un incendio, y por primera vez en años, me pregunté si estaba lista para dejar que el fuego me quemara.