Cenizas en el Hielo

Capítulo 18.

La caminata de regreso hacia el pueblo, que minutos antes parecía una escolta pacífica, se transformó en una pesadilla en un parpadeo. Sombra cambió su paso elegante por una carrera tensa hacia la espesura del bosque. Yo lo seguí de cerca, sintiendo el aire helado golpear mi cara, cuando un gruñido gutural, profundo y cargado de una ferocidad que no era la de mi lobo, resonó entre los pinos.

Un lobo solitario, enorme y de pelaje oscuro como el carbón, surgió de la sombra de un risco. No era Sombra. Este animal tenía los ojos cargados de una furia hambrienta, el lomo erizado y los colmillos expuestos en una mueca de desafío. Estaba bloqueando el camino. Sombra se colocó delante de mí, soltando un ladrido quebrado mientras sus músculos se tensaban para el salto.

El ataque fue un borrón de movimiento. El lobo oscuro se lanzó sobre Sombra con la fuerza de un proyectil. Los dos animales chocaron en la nieve, rodando en un torbellino de colmillos y gruñidos salvajes. Sombra luchaba con agilidad, pero el otro animal era más grande y salvaje. Vi con horror cómo el atacante lograba morder el costado de Sombra, haciéndolo aullar de un dolor que me desgarró el alma.

Sin pensarlo, saqué el cuchillo de caza que Jeb me había enseñado a usar. Mi brazo vendado protestó con un latigazo de dolor, pero ignoré la quemazón. Me lancé hacia ellos, no para atacar al animal, sino para obligarlo a soltar a Sombra. En el momento en que me interpuse, el lobo oscuro soltó a mi compañero y se giró hacia mí, bajando la cabeza para embestir.

Justo cuando mis dedos se cerraban sobre el mango del cuchillo, un estruendo seco rasgó el aire del bosque. Un disparo al aire. El lobo oscuro se detuvo en seco, confundido por el sonido, y antes de que pudiera volver a lanzarse, otro disparo más cerca lo hizo dar media vuelta y huir hacia la oscuridad.

Jeb apareció entre los árboles con su rifle todavía humeante. Se acercó corriendo a Sombra, que estaba echado en la nieve lamiéndose el costado sangrante.

—Nunca te acerques a un alfa solitario si no tienes una salida, Abe —gruñó Jeb, arrodillándose para revisar al animal—. Está perdiendo demasiada sangre.

Mi corazón dio un vuelco. Sombra no era solo un lobo; era lo único que me unía a esta tierra, mi única familia real. Mientras el miedo me atenazaba, una imagen cruzó mi mente con la velocidad de un rayo: las manos de Camila, su precisión quirúrgica, la forma en que su rostro se transformaba cuando tenía un paciente frente a ella.

—Jeb, tenemos que llevarlo con ella —dije, con la urgencia quemándome la garganta—. Camila. Ella sabrá qué hacer. Es la única que puede salvarlo.

Jeb me miró, viendo la desesperación en mis ojos, y asintió sin dudar.

—Vamos, súbelo a la camioneta. Nos daremos prisa.

Mientras conducíamos el último tramo hacia el pueblo, con Sombra gimiendo suavemente sobre una manta en la parte trasera, mi mente era un caos. Mis manos temblaban, no por el frío, sino por la posibilidad de perder a mi compañero. Y, en medio del pánico, el recuerdo de la clínica se volvió mi única brújula. Pensé en ella, en la frialdad que fingía y en la calidez que ocultaba, y una parte de mí se sintió aliviada de que fuera a ella a quien vería, aunque fuera bajo estas circunstancias.

Al llegar a la clínica, me bajé antes de que la camioneta se detuviera por completo. Cargué a Sombra con cuidado con la ayuda de Jeb y empujé la puerta principal, rompiendo el silencio del recibidor. Mi mente no dejaba de repetir: «Por favor, Camila, no me falles ahora».

El ambiente se tornó solemne de inmediato. Camila salió al recibidor, y al ver la sangre manchando la manta y mi mirada desencajada, su rostro cambió por completo. La frialdad profesional se esfumó, reemplazada por una alarma genuina.

—¿Qué pasó? —preguntó, moviéndose con rapidez para abrirnos paso—. Rápido, pónganlo en la mesa de curaciones. ¡Tía, necesitamos ayuda aquí!

Mientras Elena y Camila se ponían manos a la obra, yo me quedé en un rincón, sintiéndome inútil por primera vez en años. Mientras ella, con una destreza asombrosa, limpiaba la herida, pude ver su perfil concentrado. Era hermoso, aunque estuviera manchado de sangre ajena. En ese instante, ella no era la "enfermera" que me desafiaba con la mirada, era un salvavidas.

Una vez que hubieron estabilizado al lobo, y mientras Elena vigilaba el proceso de recuperación de Sombra, Jeb y yo salimos a la recepción para dejarles espacio. Fue allí, con el eco de los gemidos de Sombra todavía en mis oídos, donde nos sentamos en silencio, esperando.

—Sé que te traté con demasiada dureza al principio, Abe —dijo Jeb de repente, rompiendo el silencio y mirándome de reojo—. Pero necesitaba estar seguro.

—Jacob me lo contó —respondí, soltando un suspiro pesado mientras apoyaba la espalda en la pared—. Sé que era una prueba para ver si salía corriendo al sur. ¿Tú también llegaste huyendo, Jeb?

Jeb soltó una carcajada amarga, fija en el suelo de madera.

—Llegué hace treinta años, con el corazón destrozado tras trabajar para una familia poderosa y enamorarme de quien no debía. Fue una estupidez que me costó mi carrera y mi vida allá.

El silencio se apoderó de nosotros, denso y comprensivo.

—Todo lo que yo creía que era unión familiar resultó ser una mentira —confesé, con la voz quebrada por el cansancio—. Por creer en mi abuelo Viktor, por ser un peón ciego, lastimé a gente inocente. Destruí vidas por lealtad a un hombre que nunca supo lo que significaba la familia.




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