Cenizas en el Hielo

Capítulo 19. La tregua del Lobo

La sala de curaciones estaba impregnada con el olor penetrante del antiséptico y la tierra mojada del pelaje de Sombra. Durante las dos horas que duró la sutura, el silencio de la noche solo fue interrumpida por el siseo del agua y el sonido metálico del instrumental de la Doctora Elena. Yo permanecí en la recepción, incapaz de alejarme, observando a través de la rendija de la puerta cómo Camila se movía con una dedicación que no le conocía. Sus manos, antes tan rápidas para lanzarme reproches, ahora eran suaves, firmes y precisas. En ese instante, verla trabajar borró cualquier rastro de la chica esquiva que me rehuía; era un faro en medio de mi peor pesadilla.

Cuando finalmente salieron, Sombra estaba sedado, con el costado envuelto en un vendaje impecable. Elena se acercó a mí con una expresión cansada pero satisfecha, mientras se quitaba los guantes de látex.

—La herida era profunda, Abe, pero no tocó órganos vitales. Tendrá una recuperación dolorosa, pero vivirá —dijo Elena, dedicándome una mirada comprensiva—. Pero no podemos tenerlo en la clínica. El espacio es reducido y los medicamentos que necesita requieren un seguimiento constante durante las próximas horas críticas.

Camila, que estaba limpiando una bandeja de acero, se detuvo y nos miró. Sus ojos se encontraron con los míos por un segundo antes de que ella desviara la vista, claramente incómoda con la situación.

—Lo llevaré a la cabaña —dije, tratando de sonar práctico—. Allí tengo espacio suficiente para mantenerlo caliente y vigilado.

—No —interrumpió Camila con su tono profesional estricto—. La herida necesita vigilancia cada cuatro horas para evitar una infección o que el tejido se abra. Si te lo llevas solo, Abe, ese lobo morirá por una mala praxis antes de que amanezca.

Jeb, que había permanecido en silencio, intervino con una sonrisa socarrona.

—Camila tiene razón, Abe. La cabaña es un congelador si no sabes manejar la estufa de leña durante toda la noche. Andas con el brazo herido y si Sombra desarrolla fiebre, vas a necesitar a alguien que sepa qué hacer.

Camila soltó un suspiro, frustrada, y se pasó una mano por el cabello, deshaciendo un poco su trenza.

—Tendré que ir yo esta noche. Es la única forma. Si el pobre lobo no puede venir a la clínica, la enfermera tendrá que ir al paciente. Después vendré cada noche para limpiar la herida hasta que esté fuera de peligro.

El ambiente se cargó de una tensión inesperada. La idea de tener a Camila en mi cabaña, bajo el mismo techo, compartiendo la vigilancia nocturna de Sombra, era un escenario que no me atrevía a imaginar en voz alta.

—Es un trayecto largo bajo la tormenta, Camila —dije, tratando de ser caballeroso, aunque mis manos empezaban a sudar—. ¿Estás segura?

—No es una invitación a tomar el té, Abe —respondió ella, dándome esa mirada desafiante que tanto me aceleraba el pulso—. Es un procedimiento médico. Si el clima empeora... bueno, ya veremos qué dice la seguridad del paciente.

La vi recoger su maletín. Había algo en su resolución, una especie de renuncia a seguir luchando contra lo inevitable, que me hizo sentir que esa "tregua" era el comienzo de algo mucho más peligroso que la misma tormenta.

Más tarde, mientras íbamos con Jeb y él nos llevaba de vuelta hacia la cabaña con Sombra envuelto en mantas en el asiento trasero conmigo, el silencio en la camioneta era denso. Camila miraba por la ventana, con la barbilla apoyada en su mano, observando el bosque que empezaba a cubrirse de nuevo por la nieve.

De pronto, las llantas de la camioneta patinaron sobre el hielo y Jeb soltó una maldición, reduciendo la velocidad. La visibilidad afuera se había reducido a nada; las luces altas rebotaban contra los copos de nieve, creando una pared blanca cegadora.

—Maldita sea —gruñó Jeb, limpiando el vaho del cristal—. No se ve absolutamente nada, muchachos. El viento está acumulando demasiada nieve y el camino del aserradero va a quedar bloqueado. Tendremos que dar la vuelta y tomar la ruta vieja por el bosque si queremos llegar enteros.

El pánico me atenazó el estómago al pensar en el tiempo. Miré a Sombra y luego fijé la vista en la nuca de Camila, notando cómo sus hombros se tensaban.

—Haz lo que tengas que hacer, Jeb. Vete despacio —le dije, tratando de mantener la voz firme—. Conozco esa ruta por los mapas de la empresa. Si pasamos el viejo puente de piedra, la entrada a mi cabaña debería estar justo a la derecha.

Jeb maniobró con destreza, corrigiendo el rumbo lentamente y adentrándose en el sendero alterno. Camila se giró a medias en su asiento para mirar hacia atrás, y por primera vez, no vi rabia en sus ojos. Vi fatiga, una fatiga que no era solo física.

—No tienes por qué hacer esto —rompí el silencio, con la vista fija en ella—. Sé que preferirías estar en cualquier otro lugar que no fuera mi cabaña.

Ella se giró hacia mí, y su mirada se suavizó al posarse sobre el cuerpo sedado de Sombra.

—Abe, me gusta la paz de esta clínica, pero a veces, el pasado se cuela en tus sueños sin que te des cuenta. Cuidar de él... —hizo una pausa, mirando hacia atrás— me hace sentir útil de una forma en la que mi antigua vida jamás me permitió. No es por ti. Es por lo que él significa para mí, y por lo que sé qué significa para ti.




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