La cabaña, que antes me parecía un refugio seguro, se sentía ahora como una trampa de oxígeno. Afuera, el viento golpeaba los troncos con la fuerza de un gigante, pero el verdadero estruendo era el de nuestros corazones compitiendo contra el silencio. Sombra estaba acostado cerca de la estufa, respirando con dificultad, y Camila se movía a su alrededor con una eficiencia que me impedía mirarla sin sentir una punzada de deseo.
—Su temperatura sigue oscilando —dijo ella, arrodillándose en la alfombra, su voz firme como siempre—. Abe, necesito más mantas. El calor de la estufa no está llegando lo suficiente a sus patas traseras.
Me acerqué, pero al intentar tomar las mantas del baúl junto a la chimenea, nuestros hombros chocaron. Me aparté de inmediato, como si me hubiera quemado. Ella no se movió; solo se quedó allí, sosteniendo la manta entre sus manos, mirándome de una forma que no sabía interpretar. Empezó a hablar de repente, su voz ganando una velocidad inusual, como si necesitara evitar el silencio a toda costa.
—Es curioso, ¿verdad? —dijo, evitando mi mirada mientras empezaba a doblar las mantas con manos algo temblorosas—. Toda mi vida he sido de las que se mantienen ocupadas. Cuando vivía en la ciudad, después de que mi padre tuvo aquel accidente y quedó postrado, mi mundo se redujo a turnos dobles en un restaurante y llegar a casa para ayudar con su rehabilitación. Fue duro, pero ahí aprendí que el cuerpo humano es increíblemente resiliente. Luego, vi cómo mi hermana Valeria empezó a ayudar a la gente a rehabilitarse para que pudieran seguir con sus vidas, así que decidí que no bastaba con querer ayudar, necesitaba saber cómo. Por eso estudié enfermería a nivel técnico. ¿Quién iba a decirme que terminaría aquí, en Alaska, usaría esas habilidades para salvar a un lobo en medio de una tormenta? Es irónico, ¿no crees? A veces siento que mi vida ha sido una serie de eventos diseñados para que esté preparada para cosas que nunca imaginé que pasarían...
La escuchaba, fascinado. Sus manos se movían sin parar, arreglando una manta, luego la otra, hablando de su hermana, de la frustración de la burocracia médica, de cómo el cuidado técnico le salvó la vida a su familia cuando nadie más podía. Era un torrente de palabras, una confesión involuntaria que me estaba dando acceso a la parte de su vida que guardaba bajo siete llaves.
—¿Te pasa algo? —preguntó de pronto, deteniéndose y frunciendo el ceño al notar que la observaba en silencio—. ¿Por qué me miras así? Te has puesto rígido desde que entramos.
—Es solo el frío, Camila —mentí, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello—. O quizás el hecho de que no estoy acostumbrado a tener compañía en esta casa. Y mucho menos a alguien que sepa tanto de curar heridas, tanto físicas como emocionales.
Ella soltó una risita seca, una que no llegaba a sus ojos.
—Créeme, la sensación es mutua. La clínica es mi terreno; tengo mis protocolos, mis instrumentos, mi control. Aquí... aquí me siento como una intrusa. Por eso hablo tanto, supongo. El silencio me pone nerviosa.
—Entonces, ¿por qué viniste? —pregunté, acercándome un paso más, rompiendo la distancia de seguridad—. Podrías haber enviado a la doctora Elena o haber dejado instrucciones. Sabes perfectamente que podías haberte quedado en el pueblo.
Camila dejó caer la manta y se puso de pie, obligándome a retroceder. Sus ojos brillaron bajo la luz tenue de las brasas.
—Porque soy enfermera, Abe. También porque siempre he tenido debilidad por los desvalidos. Desde que rescataba gatos de la basura en mis tiempos libres en los refugios de la ciudad, siempre supe que mi lugar estaba donde me necesitaran. Pero más allá de eso... a pesar de tus aires de tipo duro y tu pasado misterioso, vi cómo te temblaban las manos cuando cargaste a ese lobo. No podía dejar que hicieras una estupidez por desesperación.
—¿Te preocupas por mí, entonces? —la reté, bajando la voz.
Ella invadió mi espacio personal, sin importarle que estuviera cruzando la línea que ella misma había dibujado. La calidez de su aliento me llegó al rostro, impregnada con ese ligero aroma a café y nieve que empezaba a ser mi perfume favorito.
—Me preocupo por que este pueblo no se convierta en una escena del crimen —respondió, desafiante—. Pero si quieres saber si me importas... quizás debieras preguntarme algo que no tenga que ver con mi profesión.
El aire se volvió espeso. La estufa crujió, lanzando chispas contra el hierro, y por un momento, el mundo fuera de estas paredes dejó de existir. Extendí la mano, dudando, y aparté un mechón de cabello que le caía sobre la sien. Sus palabras, ese torrente de historia personal que acababa de soltar, me hacían sentir que la estaba viendo por primera vez. Ella se quedó paralizada, conteniendo el aliento. Sus ojos bajaron a mis labios y luego, con una lentitud que me torturaba, volvieron a encontrar los míos.
—¿Y qué debería preguntarte? —murmuré, rozando apenas la línea de su mandíbula con los nudillos—. Porque mi cabeza dice que debería darte las buenas noches y dejar que duermas, pero mis instintos... me dicen que te has quedado atrapada aquí conmigo por una razón que va más allá de la medicina.
Camila soltó un suspiro tembloroso. Sus manos se apoyaron en mi pecho, no para empujarme, sino para sostenerse, como si estuviera a punto de caerse.
—Tu problema, Abe, es que siempre piensas demasiado. A veces, la tormenta es la única excusa que necesitas para dejar de pelear contra lo que es evidente. No busques respuestas complicadas a lo que simplemente es instinto.