Cenizas en el Hielo

Capítulo 21.

El beso se extinguió, pero el calor que dejó a su paso se instaló en el centro de mi pecho; una brasa que amenazaba con incendiar la poca sensatez que me quedaba. Me separé apenas unos centímetros, manteniendo mis manos en su cintura, sintiendo el latido errático de su corazón contra mis palmas. Camila tenía los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando con la misma urgencia que sentía yo.

Por primera vez, no era la enfermera estricta concentrada en un diagnóstico; era una mujer que acababa de admitir, sin palabras, que me deseaba. Pero cuando abrí los ojos para buscar los suyos, vi algo que me hizo detener el impulso de seguir. Camila no estaba solo excitada; estaba asustada. Sus manos, que hace un momento se aferraban a mí con urgencia, ahora temblaban sobre mi pecho, como si estuviera intentando decidir si empujarme o hundirse más en mi contacto. La luz de la chimenea proyectaba sombras largas sobre su rostro, resaltando la palidez de sus mejillas y esa expresión de incertidumbre que me partía el alma.

—Camila... —murmuré, mi voz apenas un susurro áspero que se perdió contra su piel—. ¿Qué ocurre?

Ella negó con la cabeza, desviando la mirada hacia las brasas que crepitaban en la chimenea, como si encontrara allí las respuestas que le faltaban. Su rostro estaba encendido, pero no solo por el calor del fuego.

—Espera —dijo con la voz quebrada, apartándose un poco—. Por favor, Abe. No podemos... no puedo hacer esto sí solo eres otro hombre buscando algo para pasar la noche mientras la tormenta se calma. No quiero ser un refugio temporal, ni un consuelo para tu soledad.

Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier ventisca. Me di cuenta entonces de que mi percepción inicial sobre ella había sido un error de principiante; ella no era una distracción en mi exilio. Era una mujer que cargaba con demasiados fantasmas. Me senté en el borde del sofá, atrayéndola hacia mis rodillas para que estuviéramos frente a frente, obligándola a conectar conmigo.

—No eres un pasatiempo para mí, Camila —dije, tratando de sonar tan firme como podía—. Llevo semanas viéndote desde la barrera, intentando descifrar por qué me atraes tanto. Y te aseguro que es algo que no me esperaba. Pensaba que eras solo una mujer fría de ciudad, pero ahora veo que tu frialdad es solo un escudo. Yo también tengo escudos, Camila. Estamos hechos de lo mismo.

Ella soltó una risa amarga y se cruzó de brazos, refugiándose en sí misma mientras miraba hacia donde Sombra dormía plácidamente. El lobo, ajeno a nuestra tormenta interna, exhaló un suspiro largo en sueños.

—Ese es el problema, ¿no? La sorpresa. Abe, he pasado gran parte de mi vida siendo "la hermana de Valeria". Fui la que se quedó atrás cuidando a nuestro padre, la que dejó de lado sus sueños para ser el soporte técnico y emocional de todos. En la ciudad, la gente solo me veía como alguien útil, alguien que podía resolver sus problemas o cubrir sus espaldas. Nunca como Camila. Siempre fui la sombra, la que arreglaba los desastres, la que sabía qué medicamento dar. Si voy a estar aquí, si voy a permitirme sentir esto... no puedo ser usada. No puedo ser otra historia que termina cuando te aburres o cuando los problemas te obligan a irte. Ya me han desechado antes por no ser suficiente, por ser solo la "chica que cuida".

La escuché, y cada palabra era una pieza de un rompecabezas que empezaba a encajar. Su miedo a ser usada y desechada no era solo una inseguridad; era una cicatriz de años de invisibilidad. Me puse de pie y caminé hacia la ventana. La nieve golpeaba el cristal como si quisiera entrar a buscarnos. Me di cuenta de que ella necesitaba ver que yo no era como los hombres que la habían lastimado, aquellos que la veían como una herramienta y no como una persona.

—No voy a desecharte —respondí, volviendo a ella y tomando sus manos entre las mías—. No sé qué pasará mañana, ni qué peligros nos acechan fuera de estas paredes, pero sé lo que siento hoy. Y lo que siento es que eres la primera persona en meses que me hace querer ser alguien mejor. No eres una herramienta para mí, Camila. Eres la única que ha logrado ver a través de mi propio hielo.

Camila me observó durante un largo minuto, buscando una fisura en mi discurso, una mentira que delatara mis intenciones. Pero yo estaba siendo brutalmente honesto. La contemplé en silencio; la forma en que su cabello caía desordenado, la honestidad de sus ojos. No era la mujer inalcanzable que yo creía; era alguien que necesitaba exactamente lo que yo estaba dispuesto a darle: paciencia y respeto.

—Valeria era la exitosa, la que tenía el futuro brillante —continuó ella, confesando lo que tanto le dolía—. Yo solo era la que sabía curar. A veces siento que toda mi vida ha sido una preparación para ser invisible ante los ojos de los hombres que solo buscaban a alguien que los sostuviera. Aquí en Alaska, al menos, soy alguien. And no voy a permitir que eso cambie solo por un momento de debilidad.

—No es debilidad, Camila. Es humanidad —la interrumpí, acercando mi frente a la suya—. Si quieres ir despacio, iremos despacio. Si quieres que simplemente estemos aquí, cuidando de Sombra y compartiendo este café, lo haré. Pero no me pidas que pretenda que no te deseo, porque eso sería la mayor mentira que te podría decir.

Ella exhaló un suspiro largo, y finalmente, la rigidez de su cuerpo se disolvió. Se inclinó hacia adelante, descansando la cabeza en mi hombro. Fue un gesto sencillo, pero significaba mucho más que cualquier beso: era confianza. Era ella, Camila, bajando la guardia conmigo. Me quedé inmóvil, sintiendo su peso, su calor, la fragilidad de su respiración contra mi cuello. En ese momento, comprendí que protegerla se había convertido en mi prioridad absoluta.




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