Cenizas en el Hielo

Capítulo 22

La claridad del día no trajo consigo el alivio de la tormenta, sino una luz grisácea y filtrada que se colaba por las rendijas de las cortinas de la cabaña, pintando el interior con tonos plomizos. Abrí los ojos, sintiendo un peso cálido y reconfortante a mi lado. Camila seguía dormida, con la cabeza apoyada en mi pecho; su respiración era un compás lento y pausado que parecía haberse sincronizado con la mía durante la noche.

Durante unos minutos, simplemente me quedé allí, observándola. Sin la barrera de su uniforme, sin las gafas de la clínica y sin esa mirada defensiva que siempre usaba como armadura, parecía una versión mucho más joven y desarmada de sí misma. Sus pestañas, largas y oscuras, descansaban sobre sus mejillas. Me pregunté qué habría soñado, si sus pesadillas sobre su pasado en la ciudad la habrían alcanzado o si, por fin, esa noche había logrado descansar de verdad.

Me sobrevino una oleada de culpa mezclada con asombro. Si esto hubiera pasado hace apenas un año, el "viejo Abe" —ese hombre que se movía por la vida como el “Carnicero” en un ambiente superficial—, simplemente habría utilizado la situación, habría tomado lo que quería y, al amanecer, se habría marchado sin mirar atrás. Esa vida mía, vacía y llena de rostros sin nombre, me parecía ahora un recuerdo borroso y despreciable. La superficialidad con la que trataba a las mujeres, el vacío de las noches en los clubes de lujo... todo eso se sentía como una película de la que finalmente había escapado.

Con mucho cuidado, para no despertarla, me incorporé un poco. Sombra estaba justo al pie del sofá, con los ojos entreabiertos, vigilando el entorno con esa lealtad silenciosa que solo los animales poseen. El lobo soltó un pequeño quejido al moverse, y de inmediato, Camila se tensó en sueños, su mano buscando instintivamente un ancla.

—Está bien, Sombra —susurré, acariciando el pelaje áspero del animal.

La mano de Camila se cerró sobre mi brazo, despertándose por completo en un segundo. Sus ojos, todavía un poco nublados por el sueño, se encontraron con los míos. Hubo un breve instante de desorientación, seguido rápidamente por el recuerdo de la noche anterior. Vi cómo se ponía rígida, cómo su mente empezaba a analizar la situación, pero esta vez no se apartó. Nos quedamos en silencio, dos almas heridas apenas reconociéndose en la penumbra de la mañana, sin necesidad de hablar de inmediato.

—Buenos días —dije, tratando de mantener la voz baja para no romper el hechizo.

Ella se pasó una mano por el rostro, deshaciendo la maraña de su cabello, y me miró con una mezcla de timidez y honestidad brutal. Sus ojos recorrían mi rostro como si estuviera buscando algo que no terminaba de creer.

—¿Sigue nevando? —preguntó, evitando cualquier referencia directa a lo que habíamos compartido.

—Peor que nunca. Jeb tenía razón, los caminos deben estar totalmente bloqueados.

Camila se sentó, envolviéndose en la manta, y sus ojos se posaron en Sombra. Se levantó con esa agilidad profesional que la caracterizaba, recuperando su rol de enfermera casi por instinto; pero pude notar la suavidad en sus movimientos cuando comenzó a revisar el vendaje del lobo. Ese cambio de energía, de la intimidad compartida a la tarea técnica, era su forma de poner orden en el caos de sus sentimientos.

—Su herida se ve mucho mejor, la inflamación ha bajado —dijo ella, hablando más para sí misma que para mí, aunque sabía que necesitaba ese lenguaje técnico para recuperar el control—. Si seguimos así, dentro de un par de días podrá empezar a apoyar la pata.

—Eres increíble —comenté. Me había apartado un momento a la cocina y regresé para apoyarme en el marco de la puerta, observándola trabajar—. Tienes esa capacidad de concentrarte en el mundo exterior mientras yo apenas puedo entender qué me está pasando por dentro.

Ella se detuvo, con el frasco de antiséptico en la mano, y me miró. Su expresión no era la de la mujer que intentaba huir, sino la de alguien que estaba empezando a aceptar que estaba exactamente donde debía estar.

—Abe... —comenzó, su voz temblorosa—. No quiero que esto sea incómodo. Lo de anoche... fue algo que necesitaba, pero no podemos forzar nada. No sé quiénes somos si quitamos este entorno, esta tormenta, el miedo. Soy complicada, tengo un pasado que todavía me duele, una familia que depende de mí, y no sé cómo navegar esto contigo sin salir herida. No estoy lista para ser algo casual.

—Camila —la interrumpí, acercándome para entregarle una de las tazas de café que traía conmigo—, no soy un experto en navegación, pero estoy dispuesto a aprender si tú estás dispuesta a guiarme. No tenemos a dónde ir, la tormenta nos da todo el tiempo del mundo. No tenemos prisa. Anoche, mientras dormías, me di cuenta de algo: no quiero ser el hombre que fui. No quiero ser alguien que usa a los demás para llenar sus propios vacíos. Si tú me dejas, quiero que esto sea real, paso a paso, sin presiones. Solo nosotros dos, intentando entender este nuevo mapa.

Ella tomó la taza; sus dedos rozaron los míos durante un tiempo innecesariamente largo. Por primera vez no hubo evasivas. Hubo una aceptación silenciosa. La tormenta afuera seguía rugiendo, los pinos se doblaban bajo el peso de la nieve, pero dentro de esas cuatro paredes, por fin, el aire se sentía menos pesado. No estábamos tratando de resolver el resto de nuestras vidas, ni de borrar nuestros pasados; solo estábamos ahí, dos supervivientes que, contra todo pronóstico, se habían dado cuenta de que, a veces, para dejar de estar herido, solo hace falta encontrar a alguien que sepa cómo sostenerte sin intentar cambiarte.




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