El sol intentó abrirse paso entre la espesa capa de nubes, proyectando una luz pálida y fría sobre la nieve acumulada. La tormenta, por fin, había bajado su guardia. Camila seguía ocupada con sus cosas dentro de la cabaña, y Sombra, cuya mejoría era evidente, ya lograba mantenerse en pie por periodos más largos. Necesitaba una herramienta específica para reparar un mecanismo de la estufa que empezaba a fallar, y la única que podía servirme estaba en el taller de Jeb.
—Voy a casa de Jeb —anuncié, poniéndome la parka—. Necesito una llave de tubo específica para la estufa.
Camila, que estaba organizando algunas hierbas medicinales, dejó lo que hacía y se me acercó.
—¿Quieres que te prepare algo de comer para llevarle? Sé que Jeb ha estado trabajando duro en el porche; no creo que haya comido nada decente.
La idea me pareció bien. Camila preparó un guiso rápido con los suministros que teníamos; su eficiencia en la cocina era tan natural como su cuidado en la clínica. Cuando llegamos a la cabaña de Jeb, el ambiente era distinto. El hombre estaba encorvado sobre un motor, con las manos manchadas de grasa, luchando contra una pieza que se resistía.
—¡Jeb! —excluyó Camila, acercándose con el recipiente humeante—. Trajimos algo de comer. Tienes que parar un momento.
Jeb se limpió las manos en un trapo sucio, sorprendido. Su rostro, surcado por arrugas de cansancio, se suavizó al verla.
—Camila, no tenías que molestarte. Pero, la verdad, el estómago me está dando guerra.
Nos sentamos en la mesa de su porche. La conversación fluyó con una ligereza inusual. Camila, con su don de gentes, empezó a bromear sobre las habilidades culinarias de Jeb, quien terminó confesando que sus secretos para cocinar eran tan escasos como su paciencia.
—Mi madre solía decir que la comida es el lenguaje del alma —dijo Camila, riendo—, pero tú parece que hablas un lenguaje más cercano a las tuercas y los motores, Jeb.
Él soltó una carcajada ronca, algo que rara vez se le escuchaba.
—Tienes razón, niña. Mi alma hace tiempo que olvidó cómo cocinar cosas que no sean en una hoguera.
Mientras ellos charlaban, sentí una extraña punzada. Era extraño ver a Jeb tan relajado. Aproveché la pausa de la comida para abordar el asunto.
—Oye, Jeb, necesito la llave de tubo grande. La mía se rompió y la estufa se está apagando.
Jeb asintió mientras terminaba el último bocado.
—Claro, Abe. La tengo en el cobertizo, donde duermen los perros. Está en la caja roja debajo de la mesa de trabajo. Ve tranquilo, yo voy a terminar de recoger esto con Camila, que me está contando cómo logró salvar a una gatita y sus crías de una terrible tormenta.
Me dirigí al cobertizo. El lugar olía a perro mojado, leña seca y aceite de motor. Me moví entre herramientas oxidadas y sacos de alimento, hasta que encontré la caja roja. Al moverla para extraer la llave de tubo, un fajo de papeles viejos y una libreta de notas cayeron al suelo. Me agaché para recogerlos, pero mis dedos se detuvieron en seco al tocar una fotografía que se deslizó de entre las páginas.
Era una mujer joven, de una belleza melancólica que cortaba la respiración. Me quedé helado. El corazón me dio un vuelco tan violento que tuve que apoyarme contra la pared. Era mi madre.
La recordaba perfectamente, aunque siempre envuelta en una sombra de tristeza. Mis padres habían muerto en aquel accidente de coche cuando yo tenía apenas quince años, dejándome huérfano y a merced de la frialdad de mi abuelo Viktor. En todos mis recuerdos, ella siempre se veía abatida, con una melancolía que parecía devorarla por dentro. Pero en esta foto, ella estaba sonriendo. Era una sonrisa radiante, genuina; una expresión de felicidad absoluta que yo jamás le había visto en vida.
¿Qué hacía esta foto en manos de Jeb? ¿Cómo era posible que mi madre, una mujer que supuestamente vivía en un mundo de privilegios cerrados, tuviera un pasado que la conectara con un chofer de estas tierras perdidas?
—¡¿Abe?! ¿Encontraste lo que buscabas? —la voz de Jeb sonó desde afuera, acercándose.
El pánico se apoderó de mí, pero mi instinto de supervivencia fue más rápido. Guardé la foto en el bolsillo interior de mi chaqueta con manos temblorosas justo cuando la puerta del cobertizo se abría. Jeb entró, limpiándose el sudor de la frente.
—¿Todo bien?
—Sí, aquí está —dije, levantando la herramienta—. Gracias por la llave, Jeb.
Regresé a la cabaña con la mente en llamas. Camila me esperaba dentro, sentada junto a la chimenea, todavía riendo por algo que había dicho Jeb. Al verme entrar, me dedicó una sonrisa dulce, una de esas que me devolvían la vida, pero que ahora, ante la evidencia en mi bolsillo, se sentía como un recordatorio punzante de todas las mentiras que me rodeaban.
—Estás pálido —dijo ella, levantándose y acercándose a mí—. ¿Pasó algo? ¿Te has hecho daño en el cobertizo?
—Es el frío, Camila —mentí, sintiendo el filo de la duda cortarme por dentro—. El cobertizo es una nevera, eso es todo.
Me senté en el sofá, incapaz de mirarla a los ojos. Las piezas del rompecabezas estaban ahí, frente a mí: el secreto de mi madre, el pasado de Jeb y mi propio apellido, Volkov. Todo estaba conectado. Si Jeb era el hombre de aquel cruce y mi madre le había dado esa foto, ¿qué más me estaba ocultando el destino? Mientras Camila se sentaba a mi lado, intentando retomar la conversación sobre lo agradable que había sido charlar con Jeb, yo me sentía como un extraño en mi propia vida. Cargaba con el fantasma de una mujer que creí conocer, y que, al parecer, siempre fue una desconocida.