Cenizas en el Hielo

Capítulo 25.

El silencio de la cabaña, cuando salí, ya no era un refugio; era una jaula. La fotografía, escondida en el fondo de mi chaqueta, quemaba contra mi costado como un carbón encendido. Durante toda la noche, mis ojos se habían desviado una y otra vez hacia la puerta, imaginando la conversación que me esperaba al cruzarla. Camila dormía, o al menos eso parecía, pero yo no pegué el ojo. La imagen de mi madre sonriendo —una sonrisa que nunca fue para mí, que nunca fue para su familia— me perseguía.

¿Debía llegar con la verdad por delante? Si le mostraba la foto a Jeb, destruiría su mundo, el poco consuelo que le quedaba en su soledad, y, al mismo tiempo, me expondría a que él empezara a atar cabos sobre quién soy yo realmente. ¿Quién era aquel joven chofer que conocía tan bien a mi madre? ¿Y qué sabría él sobre el accidente que destruyó a mi familia? Mis dedos se cerraban sobre el papel oculto cada vez que mi pulso se aceleraba.

Estaba tan sumido en mis pensamientos que ni siquiera me di cuenta de en qué momento la tormenta dio paso a la claridad de la mañana, ni cuándo se despertó Camila.

—Estás muy callado hoy, Abe —dijo Camila, acercándose con una taza de café; su voz suave rompiendo la tensión de la mañana—. Desde que fuiste al cobertizo de Jeb, te noto... diferente. Como si estuvieras cargando un peso que no me quieres contar.

La miré, deseando poder decirle todo, derrumbar mis muros y dejar que ella viera el caos que bullía debajo. Pero el miedo a que mi pasado salpicara su vida —la vida sencilla y honesta que ella tanto valoraba— me detuvo. Ella buscaba paz, y yo era un vendaval de problemas rusos y secretos de sangre.

—Solo estoy pensando en Jeb —mentí, aunque esta vez mi voz sonó más vacilante—. Me dio curiosidad su historia. Creo que iré a verlo de nuevo. Siento que hay cosas que no me contó ayer y, no sé... creo que es bueno que se desahogue.

Camila me observó con esa mirada analítica de enfermera, buscando la verdad bajo mi piel. Finalmente asintió, aunque sus ojos mostraban sospecha.

—Solo ten cuidado. No sé por qué, pero desde ayer siento que el aire ha cambiado, como si algo estuviera por romperse.

Salí al frío. La nieve crujía bajo mis botas con un sonido metálico. El aire era tan puro que dolía en los pulmones. Cuando llegué a la cabaña de Jeb, lo encontré revisando unas trampas cerca del límite del bosque. Se detuvo al verme, con una expresión de desconcierto que rápidamente se tornó en una mueca de cautela.

—¿Otra vez aquí, Abe? —dijo, sin dejar de manipular una trampa metálica—. ¿Se te olvidó otra herramienta? ¿O acaso el café y la compañía de la dulce Camila te hicieron olvidar cómo ser un hombre independiente?

—No es eso —dije, tratando de controlar el temblor en mis manos mientras las metía profundamente en los bolsillos—. Pensé en lo que dijiste ayer. Sobre el cruce de caminos. Me quedé pensando en ella... la mujer de la que hablabas.

Jeb se tensó de tal forma que los tendones de su cuello se marcaron bajo la piel curtida. El aire entre nosotros se volvió gélido, y no solo por el clima de Alaska. Se puso de pie; su presencia era imponente, la de un oso herido que protege su territorio.

—¿Por qué te interesa tanto, muchacho? —preguntó, su voz bajando a un tono peligroso—. Ya te dije que eso es agua pasada. Cenizas enterradas bajo la nieve. No es asunto tuyo.

—Solo tengo curiosidad por saber si alguna vez descubriste quién era realmente —respondí, caminando lentamente hacia él, midiendo cada paso—. Digo, si era alguien tan "prohibida", como dices, quizás nunca supiste su nombre real, o si lo que te dijo para huir contigo era verdad. ¿Alguna vez te preguntaste si ella solo te estaba usando para escapar de su propia jaula?

Jeb me miró fijamente. Sus ojos, nublados por el paso de los años y el arrepentimiento, parecieron buscar algo en mi rostro. Se acercó un paso, invadiendo mi espacio personal.

—¿Qué buscas, Abe? Siento que estás haciendo preguntas que no te corresponden. Estás mirando hacia atrás, donde solo hay sombras. Eso es peligroso en este lugar.

—Solo intento entender por qué alguien como tú, con tanto corazón, terminó solo en este lugar —dije, poniéndome a prueba—. ¿Tienes algún recuerdo de ella? ¿Algo físico que te haga recordar por qué esperaste tanto tiempo en ese coche? ¿Algo que te pruebe que no fue un sueño?

Jeb bajó la vista hacia sus manos callosas. Se quedó en silencio por un tiempo que pareció eterno. El viento soplaba a través de los pinos, un murmullo que sonaba como lamentos.

—Tengo una foto —admitió finalmente, su voz apenas un hilo—. O la tenía. No sé, a veces el tiempo hace que pierdas hasta los recuerdos más preciados. La guardaba en el cobertizo, pero la busqué esta mañana y no estaba. Es extraño... nunca la muevo de su sitio.

Mi corazón dio un vuelco. Él no sabía que yo la tenía. Él creía que la había perdido o que simplemente se había traspapelado en el desorden de su cobertizo. Estaba frente a mí, confesando su vulnerabilidad, mientras yo guardaba su posesión más sagrada en mi bolsillo, como un ladrón.

¿Le digo ahora mismo? —pensé—. ¿Le digo que esa mujer fue mi madre y que su recuerdo me ha perseguido cada día de mi vida desde los quince años? ¿Le digo que esa sonrisa que ella tenía en la foto fue la que nunca me dedicó a mí?

—¿Crees que ella te quería de verdad? —volví a preguntar, empujando los límites de su paciencia—. ¿O crees que, al final, el miedo fue más fuerte que tú?




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