La puerta de la cabaña se cerró tras de mí, y con ella, el frío exterior. Pero el calor de la estufa, que hace apenas unos días me envolvía como un abrazo, ahora me resultaba sofocante. Caminé hacia la mesa y dejé caer la llave inglesa con un golpe seco. El ruido pareció despertar a Camila de sus pensamientos. Estaba sentada junto a la ventana, con Sombra dormitando a sus pies, observando la nieve que seguía cubriendo todo el horizonte como un manto.
—Tardaste mucho —dijo ella, sin darse la vuelta. Su voz tenía ese filo de preocupación que me taladraba los nervios—. Y cuando entraste... tenías esa expresión de nuevo. La mirada de alguien que está peleando una guerra que nadie más puede ver.
Me acerqué, pero mantuve la distancia. Mis manos, dentro de mis bolsillos, aún se aferraban a la fotografía. El papel, ya arrugado por el calor de mi cuerpo, era el recordatorio tangible de que mi pasado había decidido encontrarme incluso en el fin del mundo.
—Jeb estaba de mal humor. Ya sabes cómo es él, no le gusta que lo interrumpan —mentí, sintiendo cómo la falsedad se instalaba en mi garganta.
Camila finalmente se giró. El vapor de su taza le empañaba los ojos, haciéndolos parecer más vulnerables.
—No me mientas, Abe. No conmigo. He visto cómo te tensas cada vez que el viento golpea demasiado fuerte contra la madera. No es Jeb. Eres tú. ¿Qué está pasando?
—Nada, Camila. Solo estoy cansado del encierro. Como tú —respondí, ensayando una sonrisa que no llegó a alcanzar mis ojos, sintiéndome como un impostor.
Ella se levantó, dejando la taza sobre la mesa. Se acercó a mí lentamente, acortando la distancia que yo me había empeñado en mantener. Su presencia, esa mezcla de esencia de hierbas y calidez humana, era mi mayor debilidad.
—Tú no eres un hombre que se canse del encierro —murmuró, deteniéndose a centímetros de mi pecho—. Eres un hombre que ha aprendido a vivir ocultando quién es. Pero aquí no hay nada que esconder. Si algo te está preocupando... tienes que confiar en mí.
Sentí una punzada de dolor en el pecho. Si le decía la verdad —que yo era Adrián Volkov, que mi apellido representaba todo lo que ella repudiaba, y que en el pasado fui un monstruo que jugaba y desechaba a las mujeres—, ¿qué quedaría de nosotros? La luz de sus ojos se apagaría. El pasado que creía haber dejado atrás en Francia de repente se sentía vivo, respirando a mi lado.
—Solo quiero que estemos a salvo —dije, envolviéndola en un abrazo que intentó ser un refugio, pero que se sintió como una despedida—. Prométeme que, pase lo que pase cuando esta nieve se derrita, no dejarás de confiar en mí.
Ella se tensó en mis brazos, pero no se alejó.
—No puedes controlar el futuro, Abe. Lo único que tenemos es lo que somos ahora.
De repente, un sonido rompió el silencio del bosque. No era el viento. Era un eco metálico y seco que rebotó contra las paredes del valle, seguido por el crujido de una bota pesada sobre la nieve helada. Sombra se levantó de un salto, sus orejas erguidas, emitiendo un gruñido bajo que hizo vibrar el suelo.
Nos separamos instintivamente. Camila me miró, y vi el reflejo de mi propio miedo en sus ojos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó con la voz apenas audible.
Caminé hacia la ventana y aparté apenas unos milímetros la cortina. El valle seguía sumido en la luz grisácea del atardecer, pero a lo lejos, una silueta se recortaba contra la blancura. No era Jeb. Era alguien que escaneaba el terreno con una precisión militar que me resultó dolorosamente familiar. Era el tipo de paso calculador, de hombros anchos y mirada fija que recordaba de mis peores días en Europa.
—Apaga la luz —ordené, con la voz convertida en un susurro gélido—. Apaga todo. Ahora.
Camila, sin hacer preguntas, corrió hacia los candiles, dejando la cabaña en una penumbra total. El corazón me latía con tanta fuerza que sentía que iba a romper mis costillas. Si los Volkov o sus emisarios habían llegado tan pronto, Jeb ya no era el único problema en este lugar.
Me moví instintivamente en la oscuridad buscando un arma, pero mis manos solo encontraron madera fría. ¡Maldita sea! Había sido descuidado. Ahora, con la vida de Camila en mis manos, estaba desarmado. La impotencia me golpeó; si ese hombre entraba, yo solo tendría mi fuerza bruta. Saqué la foto de mi bolsillo por un segundo, rozando el contorno de la cara de mi madre en la penumbra. ¿Quién eres, mamá? ¿Qué peligro me heredaste?
—Abe, ¿qué está pasando? —Camila estaba a mi lado, tocando mis brazos, temblando levemente—. Ese hombre... no es del pueblo, ¿verdad?
—Alguien está ahí fuera —dije, tratando de mantener la voz firme—. No han venido a traernos provisiones. Es alguien que no se detiene ante nada.
El miedo comenzó a filtrarse por las rendijas de la puerta. Los Volkov no envían a uno solo; si él estaba allí, otros estarían cubriendo el perímetro, ocultos entre los pinos, esperando una señal.
—Escúchame —le dije, tomándola por los hombros en la oscuridad—. Si entran, no hagas ruido. Solo quédate detrás de mí y no salgas.
—No voy a dejarte pelear solo —dijo ella, su voz ganando una firmeza que me sorprendió. Sus ojos brillaban con una determinación que me hizo sentir indigno.