Cenizas en el Hielo

Capítulo 27.

Los tres golpes resonaron en la madera vieja con una cadencia deliberada, lenta, como el martillazo de un verdugo que sabe que el reo no tiene escapatoria. Sombra, con el pelaje erizado como si fuera una lanza, lanzó un gruñido profundo y gutural que parecía nacer desde lo más profundo de sus pulmones; un sonido que vibraba en las paredes de la cabaña y que yo sentía en mis propios huesos. Me mantuve inmóvil, con el corazón golpeando mis costillas con una violencia que temía fuera audible a través de la puerta.

—¿Quién es? —pregunté, esforzándome por camuflar el temblor de mi voz, intentando sonar como el simple habitante de Alaska que había fingido ser durante semanas, aunque el pánico me quemaba la garganta.

No hubo respuesta inmediata. Solo el aullido lejano de un lobo y el silbido del viento gélido que se filtraba por los marcos de las ventanas. El silencio que siguió fue peor que cualquier amenaza; era el silencio de alguien que sabe que tiene a su presa acorralada y se toma el tiempo de saborear el terror. Le hice una seña frenética a Camila para que retrocediera hacia la oscuridad de la cocina, lejos de la línea de fuego de una posible bala.

—Abre la puerta, Adrián —dijo una voz desde el otro lado.

El vello de mi nuca se erizó. No era un desconocido. Era una cadencia que pertenecía a un mundo de excesos y sangre que juré no volver a pisar. Era la voz de alguien que trabajó bajo las órdenes de mi abuelo, alguien que conocía cada rincón de mi antigua vida en Europa. La sangre se me heló. No eran cazadores comunes; eran de la organización. Eran los fantasmas de un pasado que me había perseguido a través de océanos y montañas para reclamar su deuda.

Miré a Camila, y en la penumbra vi el horror y la confusión en sus ojos. Su expresión me destrozó mucho más que la amenaza externa. Sin pensarlo, mis manos buscaron a ciegas un pesado atizador de hierro junto a la chimenea. Mis nudillos se pusieron blancos al apretarlo. No era un arma de fuego, pero en mis manos, servía para igualar, aunque fuera mínimamente, las probabilidades.

—Vete —susurré hacia la puerta, ignorando el miedo, intentando invocar al hombre que alguna vez fui—. No sé quién eres, pero si no te largas, juro que te arrepentirás de haber puesto un pie en este territorio.

—Sabes perfectamente quién soy, Adrián —la respuesta llegó suave, cargada de una burla letal—. Y sabes perfectamente que el señor Volkov no tiene mucha paciencia con los nietos que deciden desaparecer sin decir adiós. Abre la puerta ahora mismo. No queremos que la doctora sufra por tus errores. No queremos que este refugio tan acogedor se convierta en una escena de crimen.

El nombre "Adrián" resonó en mis oídos como un disparo a quemarropa. Vi cómo Camila se quedaba petrificada. Sus ojos se abrieron de par en par, pasando de la confusión a un choque absoluto que pude sentir casi como un golpe físico. Ella solo conocía a Abe, el hombre con el que había compartido sus miedos, sus silencios y sus noches de invierno.

—¿Adrián? —susurró ella, su voz temblorosa mientras me miraba con una intensidad que me hizo sentir aún más miserable—. ¿Quién es Adrián, Abe? ¿Por qué te llama así?

Sentí cómo la grieta que había temido desde el primer día se abría y el abismo nos tragaba a ambos. No podía responderle sin destruir el poco respeto que aún sentía por mí. Me di la vuelta hacia ella, bloqueando su vista hacia la puerta como si mi cuerpo pudiera protegerla de la verdad.

—No abras —dije, con la desesperación haciéndose hueco en mi pecho—. Camila, escúchame. Lo que sea que te digan, no es la verdad. Ellos son parte de un mundo que no puedes entender. Un mundo de mentiras.

—¡Abre la puerta! —volvieron a golpear, esta vez con una fuerza que hizo que las bisagras protestaran—. Tenemos órdenes, Adrián. Y créeme, no queremos arruinar la decoración de esta bonita cabaña. Tenemos todo el tiempo del mundo para esperar a que el frío haga su trabajo contigo.

Me moví con la rapidez de un depredador, empujando una pesada mesa de roble contra la puerta para reforzarla, aunque sabía que era inútil contra hombres entrenados para romper cualquier resistencia. El tiempo se agotaba y el oxígeno en la cabaña parecía escasear. Mis ojos recorrieron la estancia buscando una salida, un plan, algo que me permitiera sacar a Camila de ahí antes de que entraran por la fuerza. Pero estábamos atrapados, rodeados por la nieve y la oscuridad.

El intruso soltó una carcajada del otro lado, una risa fría y desprovista de cualquier humanidad.

—Tu perro tiene más instinto que tú, Adrián. Sal de ahí. Si lo haces ahora, si sales solo, quizás podamos discutir el destino de la chica. Quizás ella pueda vivir para contarle al mundo dónde te escondiste. Pero si entramos, no garantizo que ella pueda volver a ver la luz del sol.

La amenaza sobre Camila fue el interruptor final. El miedo se disipó y fue reemplazado por la frialdad absoluta de mi antigua vida. El "Carnicero" no había muerto; solo estaba esperando bajo las capas de humanidad que ella me había ayudado a construir. Miré a Camila una última vez antes de prepararme para lo inevitable. La culpa me desgarraba: yo era el portador de la muerte, y ella era la luz que intentaba salvarme.

—Quédate detrás de mí —ordené, y mi voz ya no temblaba; era la voz de un hombre que había aceptado su destino—. Pase lo que pase, no mires. No escuches nada de lo que digan. Solo corre hacia el bosque si yo caigo.




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