Cenizas en el Hielo

Capítulo 29.

Jeb

La cabaña, mi refugio durante un cuarto de siglo, parecía haberse encogido. El aire estaba espeso, saturado con el olor a pólvora quemada, el aroma de la leña consumiéndose y el sudor frío de una desesperación que no conocía desde mi juventud. En la mesa, Camila permanecía en una esquina, observando a Adrián con una distancia que me partía el alma. Él no era el "Abe" que yo había visto trabajar la madera durante meses; era un hombre despojado de su armadura, un extraño con el rostro de la mujer que perdí hace una vida.

—Después de tantos años... —dije, con un hilo de voz, mirando al vacío, como si viera a Katia en la oscuridad de la cabaña—, ¿cómo está ella? ¿Cómo está Katia?

Adrián me miró, y en sus ojos vi el reflejo de una tragedia que apenas comenzaba a comprender. El silencio que siguió fue tan pesado que el crujir de la madera en la chimenea sonó como un disparo.

—Mis padres murieron cuando yo tenía quince años —dijo Adrián, rompiendo el silencio con una voz plana, desprovista de emoción—. Un accidente automovilístico. El coche se salió del camino en una noche de niebla. A partir de ahí, mi abuelo, Viktor, tomó el control total. Me encerró en su jaula de oro y me preparó para ser el sucesor de un imperio que yo detestaba con cada fibra de mi ser.

Al escuchar aquello, el mundo se detuvo. Sentí una oleada de náuseas que me obligó a sostenerme de la mesa. ¿Muerta? ¿Katia estaba muerta desde hacía diez años y yo había pasado todo este tiempo odiando su silencio, imaginándola feliz o cautiva, pero viva? El impacto me golpeó en el pecho, transformando el dolor en una furia ciega. Él creía en la mentira oficial, el relato que el viejo Viktor había fabricado para cerrar el capítulo de su "heredero" de la manera más limpia posible. Me puse en pie, obligándolo a mirarme a los ojos con la severidad de quien ha guardado un secreto por demasiado tiempo.

—¿Un accidente? —repetí, y mi voz sonó como un gruñido—. Adrián, escucha bien. Tu madre, Katia, y yo planeamos huir juntos, pero ella nunca llegó a la cita. Un año después, las noticias llegaron a mis oídos: celebraban la llegada de un "heredero" Volkov. Durante cuatro años intenté contactarla, envié cartas, busqué contactos en la capital, pero ella se había vuelto un fantasma tras los muros de esa mansión. Hasta que una noche recibí una advertencia directa: si seguía buscando, mi cuerpo aparecería en un río. Tuve que huir a Alaska para sobrevivir, y ahora me dices que... que ya no está.

Adrián dio un paso atrás, visiblemente afectado. La luz de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre su rostro, haciendo que sus facciones parecieran talladas en piedra. El peso de mi confesión y el dolor de mi pérdida parecían ser más densos que la nieve que nos aislaba del mundo.

—Siempre me pregunté cómo Katia quedó embarazada —continué, con la voz quebrándose por el peso del luto que apenas comenzaba a asimilar—. Viktor II era estéril, todo el círculo cercano de la familia lo sabía. Pero ella se llevó ese secreto a la tumba. Yo viví veinticinco años aquí, preguntándome si ella fue feliz, si te amó, o si simplemente el peso de ese imperio la aplastó hasta dejarla sin aliento.

Adrián se pasó las manos por el cabello, confundido, con una desesperación que se le escapaba por los poros, como si la realidad misma se estuviera fracturando bajo sus pies.

—¡Entonces, quién soy! —exclamó Adrián, su voz resonando en la cabaña como un trueno—. El abuelo siempre me martilleó con que soy un "Volkov puro", que mi sangre es la más importante de la estirpe, que, sin mí, el linaje se extingue. Si no soy un Volkov, si el heredero oficial era estéril... ¿qué soy para ellos? ¿Una estafa? ¿Un error que decidieron disfrazar de milagro?

Me acerqué a él, poniendo mis manos sobre sus hombros. Podía sentir el temblor que recorría su cuerpo. Era el temblor de un hombre que por fin despertaba de una pesadilla para encontrarse con la realidad.

—Eres el hijo de Katia. Eso es lo único que importa. Para ellos, eres el eslabón necesario para perpetuar un imperio que se desmoronaba. Viktor te reclamó como suyo para que nadie cuestionara el trono. No eres un error, Adrián; eres la pieza que un hombre cruel utilizó para construir su propio reino de mentiras.

Camila se acercó a nosotros, con el rostro pálido pero firme. Su presencia era un ancla en medio de aquella tempestad de verdades reveladas.

—Si ellos saben que eres el único "heredero" real, no te dejarán ir nunca. Eres su garantía de futuro.

Adrián se quedó en silencio por un largo momento, mirando hacia la ventana, hacia el manto blanco que cubría nuestra única seguridad. Luego, tomó una decisión. Su postura cambió; ya no era el muchacho confundido, sino el guerrero que siempre estuvo oculto bajo esa piel.

—No dejaré que quemen este lugar —dijo, con una calma que me inquietó—. Iré por mi propia voluntad. Si me presento ante ellos, se llevarán lo que buscan y no tendrán razones para tocar a nadie más en esta aldea. Ivanov dijo que volverían mañana. Ese es mi tiempo límite.

—¿Estás loco? —rugí—. Si te entregas, te matarán o te encerrarán de nuevo.

—No si me llevan a su terreno —respondió él con frialdad—. Pero hay una cosa que te voy a pedir, Jeb. Si me voy, te encargo a Camila. Y a Sombra. Cuídalos. Protégelos. No permitas que el mal que me persigue ensucie la vida de esta mujer. Ellos son lo único bueno que he conocido en este maldito mundo.




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