Adrián
El amanecer en Alaska no trajo luz, sino un resplandor blanquecino y ciego que se filtraba por las rendijas de la cabaña. El frío era tan intenso que el aliento se congelaba en el aire antes de disiparse. Me puse mi abrigo, sintiendo el peso de la pistola que Jeb me había entregado; un metal frío que contrastaba con el fuego que sentía en mis venas desde la noche anterior. La revelación sobre Katia no me había destruido; me había clarificado. Ya no era un "error" ni un "milagro" de los Volkov. Era el hijo de Katia, y eso significaba que, por primera vez en mi vida, tenía algo por lo que valía la pena morir.
Camila estaba junto a la puerta trasera, con los ojos hinchados pero una calma antinatural. No hubo llantos, solo un gesto que me cortó la respiración: se quitó una pequeña cadena que llevaba al cuello y la puso en mi mano, cerrando mis dedos sobre ella con fuerza.
—Esto te traerá de vuelta —dijo, con voz firme, aunque temblorosa—. Es lo único real que tengo. No te atrevas a dejar que se pierda en la nieve.
—Si no vuelvo —le dije, mirándola a los ojos, intentando grabar cada detalle de su rostro en mi memoria para no olvidarlo nunca—, quiero que te vayas con Jeb hacia el norte, más allá de la cresta. No mires atrás. No busques respuestas donde solo hay muerte.
—No voy a irme a ninguna parte hasta que escuche tu voz —respondió ella, cerrando la puerta tras de sí mientras yo salía hacia el claro.
El aire crujía bajo mis botas. En la distancia, pude ver las siluetas de los vehículos de la organización recortándose contra la línea de los árboles. Eran tres camionetas oscuras, como manchas de petróleo sobre la nieve inmaculada. Ivanov estaba allí, de pie, con la misma arrogancia de la noche anterior, esperando que el "hijo pródigo" regresara a su jaula.
Mientras caminaba, mi mente repasaba las trampas que Jeb había dispuesto. Él conocía este terreno como la palma de su mano; sabía dónde la capa de nieve era apenas un velo sobre un abismo y dónde los árboles, cargados de hielo, podían convertirse en trampas mortales con solo una vibración calculada.
Al acercarme, Ivanov bajó el arma. Su sonrisa era gélida, una mueca que no llegaba a sus ojos.
—Sabía que vendrías, Adrián —dijo Ivanov, con esa voz que parecía lija sobre metal—. El señor Volkov estará complacido de tener a su heredero de vuelta. Aunque, debo admitir, me sorprende que no hayas intentado correr como un cobarde.
Me detuve a pocos metros de él, observando el despliegue a mi alrededor. Mis manos estaban visibles, relajadas, pero mis sentidos estaban a flor de piel, escaneando cada posible amenaza. Una duda me carcomía desde que decidí enfrentar este momento: la facilidad con la que me habían rastreado hasta este rincón del mundo, lejos de cualquier civilización.
—¿Cómo lo hicieron? —pregunté, interrumpiendo su monólogo triunfal—. Este valle no está en ningún mapa. ¿Cómo me encontraron tan rápido?
Ivanov rió, un sonido seco y sin gracia.
—¿De verdad crees que alguien como tu abuelo dejaría que su único heredero se perdiera en el vacío? No importa a dónde vayas, Adrián, tu abuelo siempre sabe dónde estás. No puedes huir de tu destino, porque tu destino está programado.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la nieve.
—¿Programado? ¿Qué demonios significa eso? —insistí, dando un paso hacia él.
Ivanov se acercó, invadiendo mi espacio personal, disfrutando de mi confusión.
—Tecnología, muchacho. Nanotecnología. Los líderes del clan la usamos para asegurar nuestra hegemonía. Es un rastreador subdérmico, un dispositivo tan pequeño que se integra en el torrente sanguíneo. Eres un GPS viviente, Adrián.
Sentí una náusea profunda. Recordé los años de adiestramiento, las revisiones médicas rutinarias, los controles de salud que mi abuelo exigía con una insistencia obsesiva.
—No es cierto —dije, negando con la cabeza, sintiendo que el mundo se desmoronaba—. Me habría dado cuenta. Lo sabría si tuviera algo extraño en mi cuerpo. No soy un robot, soy humano. ¡Me acordaría de una cirugía, de un implante!
Ivanov soltó una carcajada burlona.
—¿Una cirugía? Eres tan ingenuo. Te lo pusieron cuando eras solo un niño, la última vez que te enfermaste gravemente. ¿Recuerdas esa fiebre que casi te mata a los siete años? ¿Esas inyecciones que te pusieron para "salvarte"? Fueron ellos quienes te inyectaron el dispositivo. Han estado escuchando tus pasos y viendo cada lugar que visitas desde que saliste de Rusia. Has estado marcado desde que empezaste a caminar.
El horror de la revelación me paralizó por un segundo. Cada paso que di en mi huida, cada noche que dormí bajo las estrellas, cada momento de paz que vivió mi entorno en esta aldea... todo fue observado por ellos. Era una marioneta huyendo con los hilos bien sujetos al cuello. La rabia que sentí no fue solo por mi abuelo, sino por el hecho de haber vivido una vida que ni siquiera me pertenecía.
—Ya no tengo a dónde correr, Ivanov —dije, manteniendo mi tono estable, aunque mi sangre hervía por la traición—. Pero antes de que me lleves, quiero que sepas algo. No voy porque te tenga miedo. Voy porque es la única forma de que ustedes pisen este valle y no vuelvan a salir de él.
Ivanov se mofó, pero vi un parpadeo de duda en su mirada cuando escaneó el entorno. El silencio del valle era antinatural; ni siquiera el viento se atrevía a soplar.