Cenizas en el Hielo

Capítulo 31.

El sonido del detonador fue apenas un chasquido, pero provocó que la montaña entera nos respondiera. La ladera norte se vino abajo como una muralla blanca que se tragaba todo a su paso. Las camionetas quedaron enterradas en segundos. Los hombres de Ivanov fueron barridos por la fuerza de la naturaleza. Yo me lancé tras una roca, protegiéndome mientras el viento blanco me golpeaba la cara con la fuerza de mil agujas.

Cuando el estruendo se apagó, solo quedó un silencio sepulcral. Entre los escombros de nieve y metal, vi una figura que se movía. Era Ivanov. Salió de la nieve con un gruñido, con el rostro ensangrentado y el uniforme hecho jirones. Al verme, sus ojos se iluminaron con una furia primitiva.

—¡¿Crees que esto te salvará, estúpido?! —gritó Ivanov, limpiándose la sangre de la boca mientras se ponía en pie con dificultad—. ¡Esto es solo un contratiempo!

—Tu tiempo terminó, Ivanov —respondí, poniéndome en guardia mientras sentía cómo el frío se colaba por mis heridas—. Ya no hay camionetas, no hay refuerzos. Solo tú y yo.

Ivanov lanzó una carcajada cargada de desprecio.

—¿Tú y yo? No me hagas reír. Eres un error de la naturaleza, un experimento que se salió de control. ¡Voy a acabar contigo aquí mismo!

No buscó su arma; se lanzó hacia mí con los puños en alto, desatando toda la rabia de quien se sabe acorralado. El primer golpe me dio en la mandíbula, lanzándome hacia atrás. Sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca.

—¡Eso es todo lo que tienes, heredero! —bramó él, lanzar un derechazo que logré esquivar por poco—. ¡Tu padre te enseñó a ser rico, pero yo te voy a enseñar a sufrir!

—Mi padre no me enseñó nada —le devolví el golpe con todo el peso de mi cuerpo, conectando un gancho directo a su mejilla que lo hizo tambalear—. ¡Y tú no eres nada más que un perro faldero!

Intercambiamos una lluvia de golpes sobre el manto blanco. Él era más fuerte, pero yo peleaba por mi vida, por mi madre y por el derecho a existir.

—¡Vas a morir en esta nieve, Adrián! —gritó él, intentando sujetarme por el cuello.

—¡Diles a tus jefes que el heredero murió en la avalancha! —rugí, empujándolo contra la chapa retorcida de una de las camionetas.

Él me respondió con un cabezazo que me hizo ver estrellas, pero no me solté. Lo derribé, montándome sobre él y descargando mis puños contra su rostro una y otra vez.

—¡¿Por qué luchas?! —jadeaba Ivanov, intentando cubrirse—. ¡Siempre serás un esclavo! ¡Sabes que nunca se sale del clan! No tienes opciones.

—¡Porque ya no te tengo miedo! —sentencié, sujetándolo por la chaqueta y obligándolo a mirarme a los ojos, que ahora estaban hinchados y vidriosos—. ¡Ahora, lárgate! ¡Vuelve con el viejo y dile que Adrián Volkov ya no existe!

Lo arrojé hacia el sendero que bajaba del valle. Lo dejé ir, sabiendo que, sin refuerzos y herido, apenas llegaría a la carretera principal para dar el mensaje. Jeb salió de entre los árboles, con la escopeta lista, observando cómo el enemigo desaparecía como un animal herido.

—Lo dejaste ir —dijo Jeb, con voz ronca, bajando el arma lentamente—. Debiste terminarlo, Adrián. Un hombre como él no conoce la palabra rendición, solo el odio.

—Tenía que dejarlo ir para enviar un mensaje —respondí, limpiándome la sangre de la frente mientras el agotamiento empezaba a pasarme factura—. Pero ahora tenemos un problema mayor, Jeb. Tengo esa cosa dentro de mí. Si no me la quitan, nunca estaremos a salvo.

Caminamos en silencio hacia la cabaña. A medida que nos acercábamos, la tensión en mis músculos se negaba a desaparecer. Mis manos, magulladas por la pelea, todavía temblaban. Al llegar a la puerta, Camila nos esperaba. A su lado, estaba Lobo, el perro guardián que parecía sentir la tensión del aire. Ella tenía el rostro bañado en lágrimas, pero al vernos llegar, se puso en pie con firmeza, aunque sus ojos buscaban cualquier herida en mi cuerpo.

—¿Lo lograste? —preguntó ella, acercándose a mí con cautela, como si temiera que pudiera desmoronarme al menor contacto.

—Logré sobrevivir —respondí, sintiendo cómo el cansancio me vencía—. Pero necesito tu ayuda. Hay algo en mi sangre, Camila. Algo que no debería estar ahí.

—¿Qué pasa, Adrián? Te ves terrible, tienes que entrar ahora mismo —dijo ella, guiándome al interior mientras Jeb cerraba la puerta y echaba el cerrojo, bloqueando el mundo exterior.

—Mi tía Elena podría ayudarte, ella conoce de muchas cosas que la medicina moderna ignora —dijo Camila, analizando mis pupilas con preocupación—. Pero, ¿de qué hablas? ¿Alguna enfermedad que contrajiste allí?

—Algo así, pero es peor —dije, sintiendo que las palabras pesaban como plomo—. Tengo un rastreador en mi sangre. Nanotecnología, eso fue lo que Ivanov me dijo. Me han estado rastreando desde que era un niño. Es como si tuviera una cadena invisible atada al corazón.

Jeb se acercó, cruzándose de brazos, su rostro sombrío bajo la luz tenue de la cabaña.

—¿Nanotecnología? ¿Quieres decir que ese viejo demonio de tu abuelo ha estado viendo cada paso que das durante décadas? —preguntó Jeb con incredulidad—. Eso explica por qué parecían saber dónde encontrarte. No era suerte, era tecnología.




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