Cenizas en el Hielo

Capítulo 32.

El camino hacia la cabaña de la tía Elena fue una huida desesperada hacia lo desconocido. La nieve, que antes me parecía un manto protector capaz de ocultar nuestras huellas, ahora se sentía como un escenario completamente expuesto. Cada paso hacia el norte me hacía sentir como si caminara sobre un cristal delgado a punto de romperse bajo mi propio peso. El frío glacial se me metía bajo la piel, pero no era el clima lo que me congelaba la sangre, sino la certeza de que una pieza de tecnología extranjera emitía una señal invisible que me marcaba en tiempo real como una propiedad.

Jeb iba a la cabeza del grupo, manteniendo su escopeta lista y los ojos fijos en la densidad del bosque. Camila me seguía muy de cerca, sosteniéndome con firmeza de la chaqueta cada vez que mis piernas amenazaban con ceder debido al cansancio de la pelea. A cada minuto, yo miraba hacia atrás por encima del hombro, con la sensación punzante y desagradable de que un dron de alta gama o un equipo de mercenarios fuertemente armados nos observaba fijamente desde las sombras de los pinos.

—Deja de mirar atrás, Adrián —dijo Jeb en un susurro severo—. La paranoia es más peligrosa que el mismo Ivanov en este momento. Si aún no han decidido atacar, es porque el terreno escarpado nos favorece. Camina y concéntrate.

—No es paranoia, Jeb —repliqué, apretando los dientes mientras sentía una punzada ardiente en el brazo—. Puedo sentir la maldita señal latiendo dentro de mí. Es una vibración constante.

Horas después, la cabaña de Elena emergió finalmente entre los pinos cubiertos de escarcha. Era una estructura rústica y maciza que parecía esconderse deliberadamente del resto del mundo. Al acercarnos, Elena ya nos esperaba de pie en el porche; era una mujer de ojos afilados y expresión dura que claramente había sobrevivido a una vida entera llena de secretos peligrosos. No nos recibió con abrazos ni exclamaciones, sino con un asentimiento breve y analítico.

—Pasen rápido —ordenó con voz firme, observando los alrededores del bosque con evidente cautela—. El frío de Alaska no perdona a nadie, y parece que ustedes traen arrastrando problemas aún peores que el clima.

Al entrar, el interior de la cabaña olía intensamente a hierbas secas, tabaco y madera vieja. Nos sentamos alrededor de una mesa de madera maciza que mostraba el desgaste de los años. Camila tomó la palabra de inmediato, con la voz temblorosa pero decidida.

—Tía Elena, Adrián está en peligro mortal. Un grupo de delincuentes rusos lo rastreó hasta aquí. Él dice que tiene algo metido en su sangre, una tecnología extraña que lo localiza en cualquier lugar del planeta. Necesitamos tu conocimiento para saber exactamente qué es y cómo quitarlo.

Elena se acercó a mí en silencio. Sus dedos, fríos y experimentados, recorrieron mi cuello y mis sienes con una precisión estrictamente clínica. Sus ojos se entrecerraron por completo mientras encendía un escáner manual sobre mi cuerpo; era un dispositivo que, aunque lucía anticuado y desgastado por fuera, emitía una intensa luz azul que zumbaba con fuerza al acercarse a la base de mi cráneo. De pronto, la luz azul se tornó de un rojo violento y un pitido agudo y constante llenó la estancia.

—Maldita sea —susurró ella, retrocediendo un paso y apagando el artefacto—. Adrián, ¿qué clase de mentira te dijeron que era?

—Dijeron que era un simple chip flotando en mi torrente sanguíneo.

—Te han mentido con crueldad —respondió Elena con un gesto de horror en el rostro—. Esto no es un rastreador ordinario que se pueda disolver o cortar. Es tecnología de punta de grado militar, entrelazada directamente con tus nervios sensoriales en el tronco encefálico. Si intento hacer una incisión o extraerlo aquí, causarás una desconexión total en tu sistema nervioso. Quedarías en estado vegetal instantáneamente, o en el mejor de los casos, el dispositivo emitiría una descarga eléctrica letal al detectar la intrusión externa.

El silencio que siguió fue sepulcral, interrumpiendo incluso el sonido del viento afuera. Camila se cubrió la boca con ambas manos, ahogando un sollozo.

—¿Entonces no hay nada que podamos hacer? —preguntó Camila, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Está condenado?

—Solo hay una forma humana de lograrlo: llegar directamente a la fuente —respondió Elena, cruzándose de brazos—. Este dispositivo implantado es un receptor pasivo, pero necesita una llave de sincronización digitalizada que se encuentra únicamente en la mansión central de quien te lo puso. No conozco la identidad de quien te hizo esto, pero he visto tecnología similar en manos de hombres poderosos que juegan a ser dioses. Si quieren extraer esto sin morir en la mesa de operaciones, tendré que darles las herramientas y los planos de infiltración necesarios, pero tendrán que viajar al lugar exacto donde se instaló.

Me puse en pie bruscamente, sintiendo cómo una furia ardiente superaba por completo mi miedo al dolor.

—Si tengo que ir directo a su propia casa para arrancar esta basura de mi cuerpo, lo haré. He vivido bajo su maldita sombra toda mi vida. No dejaré que un hilo de metal decida mi destino ni un segundo más.

—Iremos a Rusia —sentencié, mirando fijamente a Camila y luego a Jeb—. Terminaremos esto en el mismo lugar donde empezó.

Camila me tomó de la mano con fuerza, pero sus ojos denotaban una preocupación distinta que parecía pesarle en el pecho.




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