Camila
El aire del aeropuerto JFK siempre me había parecido caótico, un laberinto de prisas y despedidas, pero al cruzar la puerta de llegadas, el sonido de la terminal me golpeó como un recordatorio de todo lo que había intentado dejar atrás. Llevaba una mochila desgastada y una chaqueta de montaña que todavía conservaba el olor a leña y al frío seco de Alaska; un contraste absurdo con el calor sofocante de Nueva York.
Mis manos temblaban, no por el clima, sino por el miedo. ¿Estarían ellos allí? ¿Había sido una trampa? Cada rostro en la multitud me parecía un posible espía de Jordan Miller. Pero entonces, al final del pasillo, los vi. Valeria, con su porte médico impecable, mi padre, sosteniéndose con fuerza, y Dante... Dante, cuya imagen en la televisión me había hecho llorar durante semanas. Estaba en una silla de ruedas, pero sus ojos seguían siendo los mismos.
—¡Valeria! ¡Papá! —grité, y el peso de mi huida se desmoronó.
El abrazo de Valeria fue como entrar en un refugio. Olía a antiséptico y a suavizante de ropa, el aroma de mi hogar. Lloré, no solo por el alivio, sino por la vergüenza de haber dejado que el miedo me alejara tanto tiempo. Mi padre me rodeó con sus brazos, y por primera vez en años, el silencio entre nosotros no fue de resentimiento, sino de perdón. Sentí sus manos sobre mi espalda, fuertes y protectoras, como si quisieran compensar cada día que pasé sola, cuestionándome si mi propia sangre me había olvidado.
Más tarde, en el ático, la realidad se asentó. Nueva York era brillante, ruidosa y opresiva. Mientras cenábamos, vi a Dante y a Valeria. Eran el retrato de una pareja que había sobrevivido a un incendio. Miré a Dante con timidez; él era el hombre por el que una vez sentí algo que me consumía, pero mirarlo ahora era como leer un libro antiguo del que ya conocía el final. La envidia que alguna vez sentí hacia mi hermana había sido reemplazada por una profunda admiración. Ellos habían luchado contra un sistema corrupto y habían ganado; yo solo había luchado por mi propia supervivencia en el aislamiento.
—Solo estaré unos días —dije, y mis palabras parecieron flotar en la mesa—. He vuelto para aclarar las cosas, pedirles perdón y ver que Dante esté bien mañana. Pero mi vida ahora está en Alaska.
Vi la confusión en los ojos de mi hermana. Ella no entendía el vacío que Alaska me había llenado, ni cómo el silencio de la nieve era capaz de acallar los gritos de mi propia mente. Para ellos, ese lugar era el fin del mundo; para mí, era el único rincón donde podía respirar sin sentir que alguien me observaba a través de una lente.
—¿Alaska? —preguntó Dante, con voz suave—. ¿Por qué alguien elegiría el aislamiento después de tanto tiempo huyendo? ¿No te sientes más segura aquí, rodeada de los tuyos?
—Se debe a que allí no soy la hermana de nadie, ni la hija de nadie, ni una pieza de ajedrez de Jordan Miller —respondió, pensando en Adrián—. En ese sitio soy simplemente Camila. Hay alguien allá, Dante. Un hombre que me mira y no ve una deuda, ni un problema, ni una herramienta. Ve a una persona. Y por primera vez, me gusta quién soy cuando estoy con él.
Esa noche, acostada en la habitación de invitados, no podía dormir. El contraste entre este lugar y la cabaña de Adrián era abismal. Aquí, todo estaba marcado por el pasado. Mi mente viajaba constantemente al norte. ¿Estaría Adrián preparándose para Rusia? ¿Habría logrado descansar después de la pelea con Ivanov? La ansiedad me apretaba el pecho como una prensa hidráulica. Me levanté y caminé hacia la ventana, observando las luces de Manhattan que parpadeaban como luciérnagas artificiales.
Me sentí como una extraña en mi propia ciudad. A través del cristal, vi a un guardia de seguridad caminando por el pasillo, siempre alerta. Me pregunté qué diría si supiera que la mujer que regresaba del frío no era la misma que se fue. Yo también llevaba mis propias cicatrices; no físicas como las de Dante, pero sí profundas e invisibles. Eran marcas de desconfianza, de haber aprendido que el amor no siempre es un refugio y que, a veces, el sacrificio es la única moneda de cambio en este mundo.
A la mañana siguiente, el aire en el apartamento era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Valeria estaba en modo profesional, coordinando todo para la cirugía. La vi a través de la puerta entreabierta mientras revisaba sus instrumentos; su concentración era absoluta. Me acerqué a ella, viendo en sus manos la misma determinación que una vez vi en mi padre, pero refinada por la ciencia y la angustia.
—Valeria, vas a salvarlo. Lo sé —dije, tratando de infundirle una calma que yo misma no sentía.
Ella se giró, con una expresión de fatiga que me rompió el corazón. Sus ojos, rodeados de pequeñas sombras, hablaban de noches sin sueño.
—Es más que salvarlo, Cami. Es borrar el rastro de Jordan de nuestras vidas para siempre. Es cerrar el ciclo de dolor que nos ha perseguido desde que éramos niñas.
A mediodía, el silencio era absoluto. Dante estaba siendo trasladado, y yo me quedé en el ático con mi padre. No pude evitar buscar mi teléfono, mi único enlace con la vida que dejé atrás. Mis dedos se deslizaron por la pantalla, pero me detuve antes de marcar. Adrián necesitaba estar enfocado; él iba a un lugar del que pocos regresan con vida. Cada mensaje mío, cada nota de voz, podría ser un riesgo.
—Él estará bien, ¿verdad? —preguntó mi padre, leyendo mis pensamientos mientras observaba el horizonte.