Cenizas en el Hielo

Capítulo 34.

El aire de Alaska, que durante semanas había sido mi único consuelo, se sentía ahora como una advertencia gélida que se filtraba por las costuras de mi ropa. Dentro de la cabaña, el zumbido de los dispositivos de la Doctora Elena era el único sonido constante, una sinfonía de tecnología antigua y desesperación humana. Jeb estaba junto a la puerta, con las manos apoyadas en su escopeta, y a sus pies, Lobo dormía con una oreja erguida, sintiendo la tensión que nosotros intentábamos disimular.

—Todo está listo, Adrián —dijo Elena, terminando de configurar un pequeño decodificador que se acoplaba a mi teléfono—. He creado una burbuja de interferencia. Mientras este pequeño dispositivo esté activo, serás un fantasma para los satélites de tu abuelo. Pero ten cuidado: si te acercas demasiado a cualquier nodo de comunicación del clan, el sistema de ellos intentará triangularte.

Asentí, aunque mis manos, metidas profundamente en los bolsillos de mi abrigo, apenas podían dejar de temblar. No era miedo, era la anticipación de la bestia que despertaría en cuanto pisara el terreno de mis enemigos.

—Jeb, Lobo... se quedan aquí —dije, mirando a mi amigo. El viejo cazador me dedicó una mirada de respeto, asintiendo levemente—. Si algo sale mal, si los hombres de Ivanov regresan, no quiero que estén involucrados en esto. Este es mi ajuste de cuentas, no el suyo.

Jeb dejó escapar un bufido, un sonido que era lo más parecido a una risa que le había escuchado en años.

—No te preocupes por nosotros, muchacho. Este lugar es mi fortaleza, y si esos perros vuelven, se llevarán una sorpresa que no olvidarán. Cuida tu espalda allá afuera. El mundo de los hombres de traje es mucho más peligroso que cualquier oso que hayamos cazado aquí.

Dejé la cabaña por última vez, sintiendo el peso de la soledad. Cada rincón de este valle, cada árbol bajo el que Camila y yo habíamos caminado, se sentía como una reliquia de una vida que, por un momento, me perteneció. Dejé una nota sobre la mesa para ella, ocultándola bajo una piedra. Sabía que ella estaba en Nueva York intentando sanar sus propias heridas, y no quería que mi sombra la alcanzara antes de que estuviera lista.

El viaje en avión fue un borrón de nubes y horas muertas. Mientras cruzábamos el continente, mi mente repasaba mi único plan de contingencia real: Lorenzo Moretti. El capo italiano era un hombre que operaba en las sombras de Nueva York, alguien que no debía lealtad a los Volkov. Tras los eventos en París y el colapso de los imperios, los Moretti tenían una deuda estratégica pendiente. Era el momento de cobrar esa alianza.

Al aterrizar en el aeropuerto de Nueva York, el contraste con el silencio de Alaska fue un golpe violento. Pero no fui directo al puerto. Necesitaba recuperar algo más que suministros: necesitaba recuperar mi identidad. Me dirigí a mi antiguo departamento, un refugio que los Volkov creían abandonado pero que mantenía intacto el vestidor de mi vida anterior.

Frente al espejo, el Adrián que regresaba de Alaska —con barba crecida, ropa desgastada y la mirada dura del superviviente— empezó a desvanecerse. Me afeité con precisión milimétrica. Elegí uno de mis trajes italianos hechos a medida, ajusté los gemelos de platino y me puse el reloj que marcaba no el tiempo de la naturaleza, sino el de las transacciones globales. Al mirarme de nuevo, el reflejo no era el del fugitivo. Era el del "Carnicero de Wall Street". El hombre que había hecho temblar los mercados bursátiles y que había maniobrado en las sombras de las finanzas internacionales antes de ser traicionado.

Con la presencia recuperada, me dirigí al almacén en el puerto.

Cuando crucé el umbral, el olor a salitre y combustible me recibió. Dos hombres me bloquearon el paso, pero al ver al hombre vestido con la impecable elegancia de Wall Street en lugar del vagabundo que esperaban, su actitud cambió drásticamente.

—Busco a Lorenzo Moretti —dije, con la voz templada por el mando y la frialdad de quien no admite negativas.

—El señor Moretti sabe que vienes —dijo uno de ellos, asintiendo con respeto—. Dice que el heredero de la mafia Volkov tiene una factura que cobrar por los servicios prestados en la sombra.

Al fondo, en una oficina que parecía un búnker de alta seguridad, estaba él. Lorenzo Moretti, apenas un par de años menor que yo, bebía vino con la misma calma que en París, a pesar de que el mundo financiero se había reconfigurado a su favor. Sus ojos, oscuros y penetrantes, me analizaron, reconociendo al instante al rival que había vuelto a ponerse la corona.

—Adrián Volkov —dijo, dejando su copa sobre la mesa de caoba—. He oído muchas historias sobre tu "muerte". Pero veo que el Carnicero ha decidido volver al matadero. ¿Qué trae a un hombre que lo ha perdido todo a mi puerta?

—Traigo una oportunidad, Lorenzo. Mi abuelo ha estado experimentando con tecnología que no debería existir. Me ha usado como un recipiente, pero ahora, he venido a destruir ese sistema desde dentro. Sé que tenemos una historia compartida y que, tras París, nuestras necesidades se han alineado. Usted tiene el equipo de ingeniería inversa que necesito.

Moretti se levantó, caminando alrededor de mí lentamente, midiendo nuestra altura, nuestra presencia. Éramos dos depredadores de la misma camada, entendiendo que el mundo era demasiado pequeño para ambos, pero que hoy, éramos los únicos que podíamos gobernarlo.

—Tu abuelo es un hombre peligroso, Adrián. Muchos han intentado morderle la mano y todos han terminado siendo devorados. Pero tú... tú has demostrado ser una variable que ni siquiera yo pude predecir.




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