El búnker de Moretti no era simplemente un almacén común; era una compleja arquitectura de secretos estratégicos. Una vez que el acuerdo fue sellado con ese apretón de manos gélido, Lorenzo no se limitó a señalarme un escritorio. Se acercó a un panel oculto tras un estante de libros antiguos y, con un movimiento preciso, desactivó una cerradura biométrica que yo no había notado. La pared, una pesada losa de acero reforzado, se deslizó con un susurro hidráulico, revelando un elevador de diseño industrial, carente por completo de botones numerados.
—Si quieres que mi equipo trabaje en tu "problema" —dijo Lorenzo, entrando en la cabina y marcando una secuencia en una pantalla táctil—, debemos bajar a donde la luz solar no llega y donde los radares se vuelven ciegos.
El elevador comenzó a descender de inmediato. Al principio, la sensación era la de cualquier ascensor moderno, pero a medida que los segundos se convertían en minutos, el aire empezó a cambiar. Se volvió más denso, cargado de una estática que hacía que los vellos de mis brazos se erizaran. Descendimos durante tanto tiempo que empecé a dudar de la geografía de Manhattan. ¿Estábamos bajo el río Hudson? ¿O quizá bajo los cimientos de la misma isla? Tenía la firme impresión de que íbamos a llegar al centro mismo de la tierra, a un núcleo donde la ambición de los hombres se convertía en una realidad física.
Cuando la cabina se detuvo, un pitido agudo anunció nuestra llegada. Las puertas se abrieron, pero no revelaron una oficina, ni una celda, ni un búnker de armas. Ante mis ojos se desplegó un espectáculo que desafiaba toda lógica.
Era una zona de una blancura cegadora, aséptica y perfecta. Un hospital subterráneo de vanguardia, donde la tecnología parecía haber sido extraída de los laboratorios militares más clasificados. La iluminación era indirecta, sin sombras, creando una atmósfera que me provocaba una náusea inmediata. Había pantallas holográficas flotando sobre camillas ergonómicas, zumbidos de escáneres de resonancia cuántica y, en el centro, un hombre con una bata blanca impoluta que me esperaba con la precisión de un autómata.
—Este es el doctor Aris —presentó Lorenzo, su voz resonando en la inmensidad blanca—. Es el mejor especialista en neurotecnología que existe. O al menos, el mejor que ha aceptado que el dinero le importe más que la ética.
Aris no me saludó. Simplemente me indicó, con un gesto clínico, que me subiera a una de las camillas. Me quité la chaqueta de mi traje italiano, sintiendo por primera vez el peso del dispositivo en mi cuello. El contacto del metal frío de la camilla contra mi espalda fue un choque térmico. Aris se acercó con un instrumento que parecía un estetoscopio de fibra óptica, recorriendo la zona de mi nuca con una delicadeza invasiva.
—El rastreador de los Volkov no es solo un dispositivo de posición, Adrián —dijo Aris sin mirarme, concentrado en las lecturas que proyectaba una de las pantallas—. Es una interfaz de retroalimentación biológica. Si intentamos extraerlo de forma poco convencional, el sistema liberará una toxina neurovascular que te detendrá el corazón en menos de tres segundos. Es un seguro de vida... para tu clan.
Escuchar la confirmación de lo que siempre había temido me hizo cerrar los ojos. Sentí la mano de Lorenzo sobre mi hombro, firme, posesiva.
—¿Puedes extraerlo? —preguntó Moretti, con una curiosidad científica que rozaba la crueldad—. ¿O debo buscar otro método de "negociación" con su abuelo?
—No se puede extraer —replicó Aris—. Pero se puede engañar. Puedo colocar una derivación sintética, un puente de datos que envíe señales falsas de "vida y posición" al servidor central de Volkov, mientras aislamos el nodo principal de tu sistema nervioso. Es una cirugía de alto riesgo. Si el sistema detecta la intrusión, te freiremos el cerebro antes de que puedas pestañear.
Miré a mi alrededor: las máquinas, los monitores, el silencio absoluto de esa tumba blanca. Estaba en manos de un extraño al servicio de un capo que me consideraba una pieza de caza. Me sentí pequeño, un peón en un tablero que ni siquiera yo terminaba de comprender. Pero el deseo de ser libre, de dejar de ser el "Carnicero" de alguien más, pesaba más que cualquier riesgo de muerte.
—Hazlo —dije, mi voz apenas un murmullo en el espacio estéril—. Hazlo ahora. Prefiero morir intentando ser alguien, que vivir siendo el perro de Viktor Volkov.
Lorenzo sonrió, una mueca de aprobación que me hizo estremecer.
—Esa es la actitud que me gusta. Doctor Aris, tiene luz verde.
—Esperen —interrumpí, captando la atención de ambos—. Doctor Aris, hay dos condiciones más. Mientras me prepara, quiero que realice una prueba de ADN comparativa con los archivos genéticos de la familia Volkov. Necesito la validación absoluta de que soy, efectivamente, el heredero de esa estirpe. Si los resultados arrojan alguna duda sobre mi origen o mi legitimidad, quiero saberlo antes de que me abra la cabeza.
Aris asintió, tomando una muestra de sangre.
—Es un procedimiento estándar de verificación; llevará poco tiempo obtener los resultados comparativos. Es una precaución lógica si vamos a operar tu sistema nervioso central.
—Y hay una segunda condición —añadí, mirando a Lorenzo a los ojos—. Si esta cirugía sale mal, si pierdo la vida en esta mesa, quiero que se ejecute una cláusula testamentaria irrevocable. Todo mi patrimonio, mis cuentas en el extranjero, los derechos de mis empresas y lo que queda de mi legado personal debe transferirse inmediatamente a Camila Méndez. Ella será mi única heredera y beneficiaria. Quiero que tú mismo, Lorenzo, seas el albacea de este testamento. Ella no sabe nada de este mundo oscuro, pero si yo no regreso, ella debe tener la protección financiera necesaria para mantenerse fuera del alcance de los Volkov.