Cenizas en el Hielo

Capítulo 36.

El laboratorio parecía haber entrado en una fase de silencio absoluto mientras la máquina de secuenciación genética trabajaba. El zumbido de los ventiladores, un sonido sordo y constante, era lo único que llenaba el vacío asfixiante de aquella sala subterránea. Lorenzo Moretti, por su parte, se mantenía apoyado contra una pared de cristal reforzado, observando la escena con los brazos cruzados; para él, esto no era solo un procedimiento médico necesario para una cirugía, era la confirmación de si su "aliado" era una moneda de cambio valiosa o simplemente un impostor sin futuro en el gran juego de poder.

Aris caminaba de un lado a otro con una energía nerviosa, ajustando los niveles de sedación y calibrando los sensores de presión. De repente, una señal acústica resonó en el búnker, cortando el aire como un cuchillo. Los datos empezaron a volcarse en una de las pantallas holográficas, inundando la sala con hileras de números y proyecciones de doble hélice que se retorcían bajo la luz blanca.

—Resultados completos —anunció el doctor Aris con voz monocorde, casi robótica—. La comparativa de alelos, marcadores STR y haplotipos del cromosoma Y ha finalizado.

Sentí una presión insoportable en el pecho, un nudo que se apretaba conforme veía las gráficas moverse. La legitimidad como heredero era la única ancla que tenía en este mundo de mafia.

—La coincidencia con la muestra de control de los archivos Volkov es del 99.98% —continuó Aris, mientras sus dedos bailaban sobre una consola—. Eres un Volkov de sangre pura, Adrián. Los marcadores de linaje son inconfundibles.

Solté un suspiro, pero el alivio duró apenas un microsegundo. Aris se detuvo, su expresión cambiando de la frialdad clínica a una curiosidad perturbada.

—Sin embargo... hay una anomalía estadística en la comparativa de paternidad directa. He procesado la muestra contra el perfil genético de quien considerabas tu padre, Viktor II Volkov.

Lorenzo se acercó a la pantalla, su presencia proyectando una sombra alargada sobre los datos.

—¿Y bien? —exigió Moretti—. No me hagas perder el tiempo con jerga técnica. ¿Es el heredero o no?

Aris tecleó un comando, y un gráfico de barras rojo brillante apareció en el centro de la proyección.

—No hay parentesco biológico entre Adrián y Viktor II Volkov. La probabilidad de que sean padre e hijo es de cero. Pero la compatibilidad genética con el patriarca de la familia, Viktor Volkov, es... absoluta. Más allá de lo que dictan las leyes de la herencia estándar. Es una coincidencia directa, no una herencia de generación intermedia.

El silencio que siguió fue más pesado que el plomo. Sentí que el suelo, a pesar de estar a cientos de metros bajo la superficie, se abría bajo mis pies. La náusea me golpeó con la fuerza de un impacto físico.

—¿Qué estás diciendo? —pregunté, con la voz rota, mis manos apretando los bordes de la camilla hasta que mis nudillos se tornaron blancos—. ¿Dices que mi padre... el hombre que me crio, que murió en ese accidente automovilístico... no es mi padre?

—Las pruebas no mienten, Adrián —dijo Aris, sin un ápice de compasión en su tono—. Si eres un Volkov de sangre pura, pero no eres hijo de Viktor II, y tu ADN muestra una duplicidad genética casi idéntica a la del patriarca... entonces la conclusión biológica es clara. Viktor Volkov no es tu abuelo. Es tu padre.

—Soy una aberración —susurré, y la palabra resonó contra las paredes blancas como un disparo—. Todo lo que soy, toda mi vida, mis recuerdos de infancia con un padre que me enseñó a disparar mientras me decía que era un orgulloso heredero... todo fue una mentira construida sobre un incesto o una manipulación genética que ni siquiera puedo comprender.

Lorenzo Moretti soltó una carcajada cínica, una que no llegaba a los ojos, pero que confirmaba que él, al menos, encontraba cierto deleite perverso en la tragedia ajena.

—Vaya, vaya. Los Volkov realmente son una estirpe podrida desde la raíz. Resulta que el "abuelo" nunca fue un abuelo, sino el mismo hombre que te engendró para asegurar que su visión no muriera con él. Eres un experimento vivo, Adrián. Un contenedor de su propia ambición, diseñado para perpetuarse a sí mismo.

Me sentí pequeño, un peón en un tablero que ni siquiera yo terminaba de comprender. El deseo de ser libre, de dejar de ser el "Carnicero" de alguien más, se transformó en un odio punzante hacia mi propia existencia. Estaba frente a la prueba de que mi vida era el resultado de una aberración moral.

—Hazlo —dije, mis palabras cargadas de un veneno tranquilo que cortaba el aire—. Hazlo ahora. Si mi padre es el hombre al que he jurado destruir, entonces esta cirugía no es solo para quitarme un rastreador. Es para quitarme su influencia. Prefiero morir intentando ser alguien, que vivir siendo el perro, o el hijo, de Viktor Volkov.

Lorenzo asintió con un gesto solemne, ya no como un aliado que busca beneficios, sino como alguien que respeta la magnitud de la tragedia.

—Aris, tiene luz verde. Si sobrevive, tendremos mucho de qué hablar sobre las rutas de comercio de ese monstruo en el puerto. Si no sobrevive... bueno, supongo que la historia de los Volkov se habrá cerrado con una nota bastante irónica.

Aris se acercó con el anestésico viscoso. El frío de la sustancia subió por mi antebrazo como una corriente de hielo. Mientras la conciencia empezaba a resquebrajarse, vi a Lorenzo Moretti inclinarse sobre mí. Su rostro parecía deformarse bajo las luces blancas, convirtiéndose en una máscara de poder absoluto.




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