La primera sensación no fue el dolor, sino el silencio. Un silencio absoluto, pesado, desprovisto del zumbido eléctrico que había sido la banda sonora de mi vida durante los últimos años. El descubrimiento del rastreador en mi nuca me había recordado constantemente que yo no era dueño de mi vida, ni de mis pensamientos, ni de mi propia existencia. Ahora, esa molesta presencia había desaparecido. O, mejor dicho, había sido sustituida por algo frío, sintético y ajeno.
Abrí los ojos. La luz blanca del techo era la misma, pero mis ojos la procesaban de una forma distinta, con una nitidez casi dolorosa. Me sentí como si hubiera estado sumergido en aguas profundas y, al emerger, mis pulmones todavía estuvieran llenos de una presión residual.
—No intentes moverte bruscamente —la voz de Aris surgió de la penumbra del laboratorio—. Tu sistema nervioso central ha sido puenteado. Hemos aislado los nodos que conectaban con la red de tu padre. Para los servidores de Volkov, sigues en la cabaña en Alaska, viviendo una vida que ya no existe.
Intenté levantar la mano y me di cuenta de que mi cuerpo se sentía más ligero, pero a la vez, extrañamente desconectado, como si fuera una armadura que apenas estaba aprendiendo a manejar. El dolor, cuando finalmente se abrió paso, fue un latido pulsante en la base del cráneo, una cicatriz que marcaría el lugar donde la derivación sintética cumplía su función.
Lorenzo Moretti estaba sentado en una silla de cuero cerca de la camilla, observando un informe médico que flotaba frente a él en una pantalla de cristal. Al notar que me movía, dejó el dispositivo a un lado.
—Has estado fuera durante treinta y seis horas, Adrián. La mayoría de los hombres que se someten a este procedimiento terminan con daños cerebrales irreversibles. Supongo que la sangre de los Volkov tiene sus ventajas evolutivas después de todo.
Me incorporé poco a poco, sintiendo cómo la sangre circulaba con una fluidez que me resultaba nueva. Era una sensación de libertad embriagadora. Por primera vez en mi vida, no sentía el aliento de quien ahora sabía que era mi padre sobre mi nuca.
—¿Sabe algo? —pregunté, mi voz sonando como un susurro de lija—. ¿Alguna reacción de su red?
Lorenzo soltó una carcajada breve, casi de satisfacción.
—Tu padre está furioso. Mis técnicos interceptaron un pico de actividad inusual en sus servidores centrales hace un par de horas. Intentó contactar con el rastreador, pero solo encontró el eco de la ubicación falsa que creamos. Él cree que te has vuelto un fantasma. Cree que sigues escondido tan profundo en el hielo de Alaska que te has borrado de la faz de la tierra.
Me toqué la nuca, sintiendo el pequeño bulto bajo la piel donde Aris había realizado el milagro tecnológico. Ya no era un perro. Era un espejismo.
—Esto es solo el comienzo, Lorenzo —dije, bajando de la camilla. Mis piernas temblaron por un segundo, pero me obligué a recuperar la postura firme. El Carnicero de Wall Street no podía mostrar debilidad, ni siquiera ante un aliado como Moretti—. Ahora que tengo acceso, necesito ver los archivos encriptados. Si soy la "llave maestra", es hora de que empecemos a abrir las puertas que él ha cerrado para el mundo.
Lorenzo se puso de pie, su expresión volviéndose más severa, más calculadora.
—Tengo algo que te interesará. Mientras dormías, mis operativos en Nueva York interceptaron un movimiento extraño. Un intento de hackeo a los servidores privados de Phantom Inc. Alguien que no es de mi red está buscando lo mismo que tú. Destruir al Clan Volkov.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del búnker.
—¿Quién?
—Eso es lo que vas a descubrir —respondió Lorenzo, entregándome una tableta—. Pero hay algo más que debes saber. Camila Méndez ha estado recibiendo llamadas anónimas. Alguien sabe que está ligada a ti y a tu imperio Volkov.
El aire se escapó de mis pulmones. La rabia, una rabia volcánica y destructiva, reemplazó el alivio de mi recuperación. Me había asegurado de que ella estuviera lejos del fuego, pero el rastro de mi propia vida la había puesto en el centro de la diana.
—Si él intenta tocarla —dije, y mi voz era una sentencia—, destruiré lo poco que queda de su imperio antes de que pueda pestañear. No me importa el costo, Lorenzo. Mi padre ya no tiene un heredero. Ahora solo tiene un verdugo.
Caminé hacia el espejo del laboratorio. Mi rostro seguía siendo el mismo, pero mis ojos... mis ojos habían cambiado. Había una frialdad nueva, una que superaba la de Moretti. La cirugía no solo me había dado libertad; me había despojado de los restos de humanidad que mi padre me había permitido conservar.
—Aris, necesito una terminal —ordené, ignorando el dolor punzante en mi cuello—. Vamos a ver qué tan profundo llega la podredumbre.
Mientras me sentaba frente al teclado, listo para desatar el caos, supe que no había vuelta atrás. Ya no era el hijo de un patriarca, ni un fugitivo del hielo. Era el hombre que iba a desmantelar la estructura misma de la realidad de los Volkov, bit a bit, hasta que no quedara ni una sola moneda de su nombre en el mercado mundial.